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Promesa a Raúl Rivero
Raúl Rivero e Iván Garcia en una cafetería de Miami el 17 de septiembre de 2016

Promesa a Raúl Rivero

Ya estaba cayendo la noche, cuando después de presagiar cómo sería el futuro de Cuba sin los hermanos Castro, le pregunté al poeta y periodista Raúl Rivero qué le gustaría hacer cuando la democracia aterrizara en la Isla. Estaba fumando un cigarrillo en el balcón del apartamento que compartía con Blanca Reyes, su esposa. A ratos miraba al horizonte donde se distinguían las chimeneas de algunas industrias y, a lo lejos, las Tetas de Managua (dos lomas a unos veinte kilómetros al sur de La Habana)

Expulsó el humo del cigarro, apuró su taza de café fuerte y respondió: “Dirigir un periódico en una Cuba libre, escribir poesía de vez en cuando, jugar billar con mis amigos y escuchar boleros de Olga Guillot”. Era el verano de 2001 y desde hacía seis años formaba parte de Cuba Press, agencia de prensa independiente fundada por Raúl Rivero el 23 de septiembre de 1995.

Una mañana fría de diciembre de 1995 por primera vez subí los 57 peldaños hasta el apartamento de Raúl y Blanquita, en un tercer piso, en Peñalver entre Francos y Oquendo, en la barriada habanera de La Victoria. Las manos me temblaban. En el bolsillo del pantalón llevaba las dos notas deportivas que Raúl me había pedido. Días antes mi madre, Tania Quintero, ex periodista oficial y ahora independiente, le había preguntado si yo podía escribir para Cuba Press. “Sabe de deportes, también domina los temas sociales”, le comentó Tania. Raúl, lacónico, contestó: «Dile que escriba un par de cosas, luego veremos».

Aquella mañana me recibió en short, chancletas de cuero y camisa de cuadros. Nos sentamos en viejos sillones de madera pintados de blanco. Con un plumón rojo en su mano derecha comenzó a revisar las notas. Subrayó media cuartilla y cambió los títulos. Al final me dijo: “Escribe una crónica a la semana sobre temas sociales, que me interesan más. En el periodismo libre que está surgiendo en Cuba se abusa del columnismo político y los artículos de opinión. Quiero historias en tercera persona de los aseres del barrio, los burles (casas ilegales de juegos), las jineteras y toda esa lacra marginal que los medios estatales ignoran y jamás mencionan. Es un terreno virgen que debemos explotar. Además, me haces un resumen de noticias deportivas que si te parece bien se titularán Minideportivas de Cuba Press. ¿Estás de acuerdo?”.

A Raúl no le importaba si me acostaba a las cuatro de la madrugada o me tomaba media caja de cerveza diaria. Los viernes, sin falta, tenía que entregar los trabajos. Te dejaba hacer. No te censuraba ni te cortaba las alas. Tenía una capacidad si límite para poner títulos, cortos, de dos palabras, tres a lo sumo. En los días previos a la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II, el Washington Post me pidió un texto con opiniones callejeras. Lo redacté y con su toque original, Raúl lo tituló Papa por la libre.

Una noche de diciembre de 2002, en víspera de Navidad, Raúl y yo veníamos en un taxi desde la casa de Ricardo González Alfonso, quien junto con Raúl había fundado la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling y con la colaboración de Luis Cino, habían lanzado el primer número impreso de la Revista De Cuba. Ricardo residía en la Calle 86 entre 7ma. y 9na., Miramar, al oeste de la ciudad. Las circunstancias eran tensas. El dictador Fidel Castro, un día sí y otro también, comparecía en cadena de la radio y televisión nacionales, amenazando con encarcelar a disidentes y periodistas independientes. Raúl Rivero vio venir la ola represiva que se avecinaba.

Nos bajamos en el Barrio Chino, en Centro Habana, y fuimos a un bar. Raúl pidió un trago doble para mí y otro para él. Me extrañó. Hacía tiempo no bebía. “Este hijo de puta (Fidel Castro) me quiere preso, no me queda la menor duda. Me preocupan tu madre y tu. Quiero que se vayan. Nos van a meter presos a todos”.

Quería saber mi opinión. Coincidí con él que mi madre, que acababa de cumplir 60 años, debía marcharse cuando comenzaran las detenciones. A Raúl le preocupaba si ell tendría tiempo de exiliarse con mi hermana y mi sobrina de ocho años. Intentaba calmarlo. «Quizás no lleguen a tanto», Raúl. El poeta estaba convencido de lo contrario.

Le argumenté que mi razón para quedarme en Cuba no era fanatismo. «No soy un héroe Raúl, mi mujer está embarazada y vamos a tener una niña. Ni siquiera se lo he dicho a mi madre. Tú eres uno de los pocos que lo sabe. Tengo que enfrentar lo que venga. Quiero ver crecer a mi hija en el país donde nací, donde nacieron mis padres y mis abuelos», le confesé, citando una frase suya.

Raúl era de lágrima fácil. Intentó contener la emoción y solo atinó a decirme: «Cojones, esa noticia hay que celebrarla». Estaba de acuerdo que nada ni nadie podía impedirme estar al lado de una hija. «Tu madre te entenderá y lo agradecerá’.

En marzo de 2003, durante la conocida Primavera Negra, había sido sancionado a 20 años de prisión. Cumplió año y medio. Gracias a la presión internacional, la dictadura se vio obligada a excarcelarlo en diciembre de 2004, alegando problemas de salud. Había perdido veinte kilos de peso. A inicios de 2005 fui a su casa, a despedirme de Raúl y Blanquita. La cuadra estaba tomada por la Seguridad del Estado. Después del saludo inicial me dijo: “Nos vamos a España. Es un destierro, el régimen me ha dejado sin opciones. Parquearon el avión en la prisión de Canaleta para que me marche del país. Ojalá no sea un viaje solo con boleto de ida”.

El 17 de septiembre de 2016 nos reencontramos en una cafetería de Miami, ciudad a la que se fueron a vivir tras jubilarse Raúl como columnista del periódico español El Mundo. Residían en un apartamento cerca del Teatro Manuel Artime, en la Pequeña Habana.

No quería publicidad. Ni reconocimiento. Solo le importaba un espacio para escribir sus soberbias crónicas. Recuerdo que ese día le pregunté: «¿Cuando Cuba apueste por la democracia te espero en La Habana?». No vaciló en responder: «Ya no me importa si podré jugar billar con mis amigos o dirigir un periódico. Todos los días sueño con mi patria. Nadie sabe cuánto la extraño». Siempre pensó que sobreviviría al castrismo. No pudo ser.

No te preocupes, Raúl. Desde La Habana, un grupo de periodistas independientes reportaremos el final de la dictadura. Te lo prometo, poeta.

Iván García

Foto: Raúl Rivero e Iván Garcia en una cafetería de Miami el 17 de septiembre de 2016.

Sobre admin

Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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