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Cuando en Cuba no habían navidades

La primera vez que Juan Carlos, 43 años, vio un árbol de navidad fue en casa de un alto oficial de la  contrainteligencia, donde laboraba como albañil.

“Eso fue hace 19 años. Se vivían los años duros del período especial. La gente no tenía que comer. El aguacate era un lujo y una libra de arroz costaba 60 pesos. Hombres y mujeres se enfermaban por falta de vitaminas y perdían hasta los dientes. Entonces yo era trabajador civil del Ministerio del Interior y nos mandaron a pintar y remodelar la residencia de un gerifalte de la Seguridad. El tipo vivía a todo trapo. Su cocina era más grande que el cuarto del solar donde vivo. Allí fue donde por primera vez vi un árbol de navidad”, cuenta Juan Carlos.

Y no es que los cubanos fuésemos ateos o musulmanes. No. Antes de la autocracia de Fidel Castro, los ricos y pobres que habían en la sociedad celebraban las navidades según su bolsillo.

También el día de reyes y la semana santa. Pero el comandante radical inició una cruzada contra todo aquello que consideraba ‘rezagos de la burguesía’. Abrió fuego a la iglesia, el libre pensamiento y la pintura abstracta. Abajo los tres reyes magos. Ahora el rey mago iba vestido de verde olivo.

En 1959, Fidel Castro se subió a bordo de una avioneta y tiró juguetes a niños pobres de la Sierra Maestra que jamás habían tenido uno. De un plumazo, a finales de los 60, eliminó los pequeños negocios y las navidades.

Gustavo, 72 años, jubilado, recuerda: “Solo quedaron en pie las fiestas de fin año, que en lo adelante serían dedicadas a celebrar un nuevo aniversario de la revolución. El pretexto para eliminar las navidades y los carnavales en el mes de febrero, fue que esas celebraciones paralizaban la zafra azucarera. En su delirio, Castro desvió todos los recursos de la nación para intentar producir 10 millones toneladas de azúcar. No fue posible. Y la economía del país pagó tamaña locura”.

Al igual que el Estado condenaba abiertamente la religión afrocubana o católica -la única religión autorizada era el castrismo- hasta nuevo aviso se suspendieron las festividades navideñas. Por supuesto, la fe no se puede voltear con decretos.

“Había vecinos que discretamente colocaban arbolitos de navidad en la sala de sus casas. Cerraban las ventanas, para que las lucecitas no las vieran los chivatos de los CDR. Cuando asaban una pierna de cerdo, cuidaban de que el olor no los delatara y con el audio muy bajo, en un tocadiscos escuchaban villancicos”, rememora Aida, 69 años, ama de casa.

Fue una larga marcha por el desierto. Hasta las fiestas debían ser autorizadas por el Estado. El gobierno intentaba administrar cada detalle de tu vida.
Para no señalarte de ‘contrarrevolucionario’, tenías que participar en mítines y marchas gubernamentales. Si deseabas aspirar a una vivienda, un televisor ruso
o un reloj despertador, debías enumerar tus méritos laborales y hazañas revolucionarias.

Lograbas puntos a favor si habías tomado parte en las guerras civiles de Angola o Etiopía. Eras miliciano o acumulabas una buena cantidad de horas extras en trabajo voluntario. Y eras capaz de repetir trechos de los discursos del máximo líder.

Si tenías una Biblia, asistías a la iglesia, recibías cartas de tu familia en Miami, escuchabas a los Beatles o Led Zeppelin y te gustaban los vaqueros Levi’s, no clasificabas para comprarte un refrigerador Inpud o una moto Karpaty de dos velocidades.

Si un vecino envidioso o extremista informaba a los servicios especiales que celebrabas las navidades y  dabas juguetes a tus hijos el 6 de enero, día de los reyes magos, te tachaban de ‘no confiable’.

Pero para mantenerse en el poder, Fidel Castro tuvo que hacer unas cuantas piruetas ideológicas. En Europa, el muro de Berlín se vino abajo y desapareció la URSS, la meca del manicomio comunista. Entonces había que asirse a cualquier rama.

El régimen pactó con una mansa iglesia católica y la gente pudo poner detrás de la puerta sus resguardos
de la santería. En diciembre de 1997, por la visita del Papa Juan Pablo II, volvieron las navidades.

Aunque la nomenclatura oficial nunca dejó de celebrarlas. Con lechón asado, turrones y vinos.
Ellos siempre se han considerado diferentes.

Iván García

Foto: Portada del número extraordinario que con una criolla imagen navideña publicó la revista Carteles en diciembre de 1959. Todavía en ese año, la Navidad estuvo presente en la isla, como la postal Felicidades Cubanas con buena lectura, saludando los festivales del libro cubano; el cartel Navidades para un niño cubano, impreso por la Dirección General de Cultura, con los tres reyes magos pintados por René Portocarrero o el libro Recetas Cubanas, editado por el Ministerio de Educación y que en la introducción decía: “En estas primeras Navidades Cubanas no podía faltar un libro de recetas cubanas que instalará en las cocinas de nuestras jóvenes mujeres de las ciudades, los viejos platos que todavía en extensas regiones del país se conservan y son parte de nuestra
nacionalidad”. A partir de los 60, la Navidad fue desapareciendo de la vida de los cubanos, solo unos pocos siguieron manteniendo la tradición, a puertas cerradas (Tania Quintero).

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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