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Cubanos indiferentes a las elecciones

Cubanos indiferentes a las elecciones

El 8 de mayo de 1959, en un extenso discurso pronunciado en la Plaza Cívica de La Habana, el líder guerrillero Fidel Castro, respaldado por los aplausos de sus seguidores, reveló al pueblo cubano su particular concepto de democracia.

El entonces Primer Ministro justificó en nombre de la revolución, los numerosos fusilamientos y por qué no se celebraban elecciones libre: “Cuando en una entrevista de prensa me preguntaron por qué no dábamos unas elecciones inmediatas dije, entre otras razones, que el pueblo no estaba interesado en elecciones… además expliqué que para que hubiera elecciones tenían que existir partidos políticos. Si no había partidos políticos, ¿cómo íbamos a hacer elecciones sin partidos políticos?”, expresaba Castro.

En las doctrinas del joven abogado de 33 años, la democracia occidental era una auténtica aberración. ¿Para qué elecciones cada cuatro años si el 90% del pueblo cubano apoyaba a la naciente revolución? En su opinión, los sufragios no tenían sentido. Y si se hacían elecciones eran para ganarlas. Castro fue un narcisista terrible. Un mentiroso patológico. Orador capaz de cautivar a millones de personas con discursos improvisados de varias horas o como protagonista de maratónicas entrevistas a corresponsales extranjeros. Un fabulador excepcional.

Cualquier investigador perspicaz puede demostrar las contradicciones y mentiras en su trayectoria política. Desde el panfleto La historia me absolverá, ahora mismo considerado disidente en el país, su amor por la violencia cuando aseguró en marzo de 1954 que “en Cuba hacen falta muchos Robespierres” o cuando en abril de ese mismo año le escribió desde la prisión a Melba Hernández, refiriéndose a la oposición política que ya “habrá tiempo de sobra de aplastar a todas las cucarachas juntas”.

Cuatro años después, en la primavera de 1958 declaraba sin sonrojarse: “No he sido nunca ni soy comunista, si lo fuese, tendría el valor suficiente para proclamarlo”. Meses antes de ocupar el poder a punta de carabina aseguraba que “nunca ha hablado el Movimiento 26 de julio de socializar o nacionalizar la industria. Ese es sencillamente un temor estúpido hacia nuestra revolución”.

En los años 70, ya ejerciendo como dictador, alardeaba de haber sido comunista toda su vida. Descifrar a Fidel Castro, que es el hilo conductor del sistema disparatado vigente en Cuba, siempre será un arduo ejercicio de abstracción. Y hablar de democracia y elecciones libres en Cuba es un absurdo. Las estructuras políticas, institucionales, económicas y de control social fueron traspoladas, con ligeros retoques, de la extinta URSS.

Desde la Constitución de 1976, un copia y pega de la carta magna estalinista de 1936 y los juicios auto inculpatorios hasta el diseño del aparato represivo, se implementaron siguiendo el patrón del Buro Político del PCUS y la tenebrosa KGB.

Solo la izquierda trasnochada y los tontos útiles al castrismo dicen que las elecciones en Cuba son un ejercicio soberano. El régimen ha desplegado una puesta en escena cuyo objetivo es aparentar independencia jurídica y parlamentaria. Ni lo uno ni lo otro. En la Isla todo lo controla el omnipresente partido comunista. O mejor dicho, Raúl Castro y tres o cuatros mandamases que la prensa oficial denomina los históricos.

El resto cumple órdenes. Son utileros., incluyendo a Díaz-Canel y su corte de impresentables funcionarios. En Cuba no hay elecciones libres. Todas las decisiones o proyectos llegan a golpe de ucases dictados desde el Palacio de la Revolución. Los sufragios son para ratificar el proyecto delineado por la cúpula castrense.

El Poder Popular fue una idea de Fidel Castro y Blas Roca intentando empoderar al ciudadano. “En teoría era una propuesta democrática orientada para que el delegado fuera un líder de la comunidad con capacidad suficiente para gestionar o administrar autonómicamente las deficiencias de la circunscripción”, expresa Jacinto, ex funcionario del Poder Popular.

Pero nunca funcionó. “No representan los reclamos de la mayoría. Yo soy uno entre más de un millón de jubilados que quisiera ver en la Asamblea Nacional a un delegado que le exija al gobierno que suba las pensiones. La miseria que nos pagan no nos alcanza ni para comprar un cartón de huevos”, afirma Guillermo, jubilado que fuera delegado de una circunscripción.

Le preguntó a 18 personas (9 mujeres y 9 hombres), todos residentes en La Habana y doce respondieron que no pensaban ir a votar el domingo 26 de marzo, dos dijeron que anularían sus boletas y tres confesaron que “si iban a votar era por compromiso».

El último remedo de elecciones, celebrado el 27 de noviembre de 2022, fue un batacazo para el régimen. Desde que en 1976 comenzará la pantomima electoral, ya sea para elegir delegados de barrio o para ratificar los candidatos a la monocorde Asamblea Nacional, la participación popular jamás había sido inferior de un 95%. 2017 fue un parteaguas, cuando votó el 82,05% con una abstención del 14%.

En las elecciones de delegados municipales del 27 de noviembre, la participación fue del 68.58% y la abstención del 31,5%. Si añadimos el 5,22 de votos en blanco y el 5,07 de boletas anuladas el porcentaje entre abstención y votos nulos alcanzó el 42,39.

3 millones 246 895 mil cubanos optaron por el voto de castigo al régimen. En La Habana estaban inscriptos para votar 1.677.456 personas. Pero solo acudieron a las urnas 916.128, lo que representa el 55% del total. Según cifras ofrecidas al periódico oficial Tribuna de La Habana por Maydelys Dupuy Zapata, presidente del Consejo Electoral Provincial, de ese total el 88% de los votos resultaron válidos, pero el resto, un 12%, fue descartado. Entre abstención y votos nulos la capital sumó el 57%.

Para el sufragio del 26 de marzo, un sector de la disidencia local promueve la abstención, mientras otro grupo pide el voto en blanco.

Rolando Rodríguez Lobaina, director de Palenque Visión, considera que “es una elección más con la misma estructuras de hace casi cincuenta años. En materia de política internacional, se debe contextualizar que un gobierno que lleva más de seis décadas con los mismos mecanismos represivos, con miles de presos políticos, cientos de personas fusiladas y asesinadas, con tres millones de cubanos en la diáspora, hay que catalogarlo de dictadura. Esa parodia de elecciones no es más que una farsa. Se van elegir candidatos, que como todos saben, es un proceso selectivo que responde a los intereses del poder político. De lo contrario no pueden acceder al parlamento».

«Como los casos de los candidatos independientes que son reprimidos, nos los dejan postularse ni siquiera ir a votar y la Seguridad del Estado les hace campañas denigrantes iguales a las que en todo este período de dictadura, le han hecho a la oposición que la han asesinado moralmente. Los medios oficiales intentan vender que se va elegir un nuevo parlamento heterogéneo, multirracial y con varias denominaciones religiosas que se pliegan al régimen. Pero en las sesiones de la asamblea no hay un debate crítico ni esos delegados expresan el sentir de la gente en la calle. Siempre es la misma arenga tediosa. Y al no existir diversidad política lo que hay es pura comedia. Pocos en Cuba creen en este mecanismo legislativo que no busca soluciones a la imparable crisis económica. La gente sabe que no resuelven nada”, subraya Lobaina

El académico Manuel Cuesta Morúa, veterano disidente, considera que la mejor “opción es la abstención. Entendida como abstención ideológica: en la que se responde plebiscitariamente a un régimen que es totalitario en su voluntad política y represiva, pero plebiscitario por el tipo de consulta que siempre le hace a la ciudadanía: o conmigo o contra mí. Fíjate que, mientras hace campaña ya individualizada, violando lo que dice su propia ley, impulsa aquel voto unido que se inventó Fidel Castro en 1992: algo así de por todos, que lo sería por el régimen.»

«Abstenerse deja clara una respuesta política de la ciudadanía sobre la ruptura del pacto o consenso totalitario que había acomodado durante décadas a un sistema político que no proviene de la representación popular sino de la representatividad selectiva: es el régimen quien escoge a quienes ellos creen deben ‘representar’ al pueblo: 470 seleccionados para 470 asientos designados. En este momento es muy importante ese mensaje porque formalmente el régimen político ha hecho una transición al modelo republicano, pero sin la transición real al modo en el que en las repúblicas latinoamericanas se elige al presidente: por el voto popular directo”.

“De modo que es importante dejar claro, desde la ciudadanía, que tendremos un presidente como representación de la existencia del Estado, pero no un presidente de las cubanas y cubanos como nación. La abstención equivale a nuestra voz, a la demanda directa de que es necesario un nuevo sistema político que exprese la pluralidad real de la sociedad cubana”, concluye Cuesta Morúa.

Las elecciones y su tediosa campaña propagandísticas implementada por la autocracia verde olivo, resultan intranscendente para los millones de cubanos, agobiados por las penurias económicas, sin futuro yjes conscientes de que es un sufragio de cara a las galerías.

Iván García

Caricatura de Fabián, tomada de Matraca, sección humorística de El Toque.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: taniaquintero3@hotmail.com

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