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El fuego que avivaron

A siete años del batacazo de la dictadura para acabar con la oposición interna -mediante un festín de 75 condenas, peticiones de pena de muerte y una movilización nacional-, el régimen recibe la contracandela de aquel fuego que organizó para dejar a los demócratas cubanos aislados por el humo o hechos ceniza.

La intención era sacar del escenario a un grupo de personas que con paciencia y dedicación, pacíficamente, en cualquier sitio de la geografía, hacían activismo por los derechos humanos, organizaban bibliotecas independientes, escribían crónicas, reportajes y noticias o se dedicaban a estructurar los primeros colegios de profesionales libres en territorios ganados al totalitarismo.

Ponerlos en las cárceles y así debilitar las pequeñas instituciones en las que trabajaban y, con las condenas extravagantes destinadas normalmente a criminales, asesinos y corruptos, enviar a la sociedad un mensaje de advertencia, de miedo directamente, para tratar de contener el rumor de una ola de rebeldía popular.

Esa parte destinada a distribuir sin miseria el temor tuvo el respaldo de una campaña difamatoria en los panfletos estatales, entrevistas relámpagos a indignados patriotas seleccionados en las calles y un documento suscrito por la élite del arte y la literatura.

Además, las operaciones policiales para realizar los arrestos de los opositores se hicieron con un gran despliegue de fuerzas y medios (una decena de carros, filmaciones de los registros) y, algunos, llegaron a prolongarse hasta diez o doce horas.

Lo que pasó, en realidad, es que los grupos se adaptaron a los nuevos tiempos. Se empezó un trabajo lento de recomposición, y junto a las figuras que llevaban ya casi dos décadas en la oposición, comenzaron a aparecer nuevos nombres. Como los nuevos pies de firma surgidos enseguida en las corresponsalías de las agencias alternativas. Los nombres y apellidos de una nueva generación de informadores.

Y otra cosa, aquel gesto brutal hizo que un grupo de mujeres, familiares de los presos, constituyeran en los bancos de la iglesia de Santa Rita, en caminatas por la Quinta Avenida, en la casa de Laura Pollán, en Centro Habana, la Asociación de las Damas de Blanco.

Ellas, que no siguen ninguna ideología porque trabajan y luchan por la libertad de esposos, hermanos, hijos y padres, son parte importante de ese rebote con sus protestas y reclamos en las calles. Las fotos de las golpizas y maltratos que han recibido están en el mundo entero y una sola tiene más fuerza que los teques políticos de los escribidores criollos y de sus cómplices en el exterior.

En otro punto, ya sin geografía física está Orlando Zapata Tamayo, apresado durante aquellas jornadas de odio de la Primavera Negra del 2003. Lo encerraron para desaparecerlo y el activista de base sin ínfulas de líder ni afán de relevancias, le dio un giro definitivo al proceso de desaparición de sus verdugos.

La contracandela produce quemaduras, muertes, heridas y sufrimientos, pero tiene su paso y su tiempo.

Raúl Rivero

Foto: Damas de Blanco caminan por la Calle 23, en el Vedado, una de las avenidas más céntricas y concurridas de la Habana.

El Nuevo Herald

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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