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‘Oficios’ que puedes encontrar en Cuba

En una callejuela a medio asfaltar, estrecha y polvorienta, muy cerca de un viejo matadero de reses con un cartel desteñido que anuncia Socialismo o Muerte, vive Reinerio, un señor que además de reparar cremalleras (zippers) y sombrillas, vende calandracas.

En una sala oscura reposa un piano sin afinar y una cotorra muda bebe agua con desgano de una lata de refresco cortada a la mitad. En un rincón, tirados al bulto, una montaña de paraguas, pantalones y bolsos esperan para ser reparados. Con unas gafas de tosca armadura, Reinerio destraba con pericia el zipper de una cartera.

“Mi oficio es típico de países pobres, donde la gente por necesidad debe reciclar las cosas y extender su uso hasta lo imposible. Parece una bobería, pero muchos bolsos, paraguas y pantalones no pueden ser utilizados cuando se le estropea la cremallera o se parten los flejes de la sombrilla”, dice en un tono didáctico.

El hombre sabe de todo un poco. Reinerio vive de resolverle problemas a la gente. “Unos pesos por aquí, otros por allá, nunca es suficiente, pero me siento orgulloso de reparar cosas que pensaban tirar al cesto de basura”, comenta, mientras despacha medio kilogramo de calandracas a unos chicos del barrio.

Por las calles de la Cuba republicana, una legión de vendedores se anunciaba con originales pregones o sonidos, como los amoladores de tijeras y cuchillos, tamaleros, heladeros…

En 1968, por decreto, Fidel Castro prohibió los pequeños negocios informales. Dejaron de escucharse los pregones de los vendedores ambulantes y los zapateros remendones pasaron a la clandestinidad.

Luego que el comunismo ruso fue barrido por la historia, a la Isla regresaron oficios rústicos que permiten alargar la vida útil de una fosforera de gas o una maquinita desechable de afeitar.

La Habana tiene más de Macondo que de urbe moderna. Daniel, repara fosforeras en la Calzada 10 de Octubre. “Un amigo que vive en Costa Rica me envía gas comprimido y piedras de fosforeras. Cuando a las desechables se les acaba el gas, se perfora por abajo con una pequeña aguja diminuta y se vuelve a llenar. No tienen muerte”.

Remberto recupera las maquiniltas plásticas de afeitar desechables. “Con un afilador especial le vuelvo a dar filo a las pequeñas hojas de afeitar. La gente me lo agradece, recuerda que un paquete de estas maquinitas puede costar hasta 11 cuc”.

En cualquier localidad de la geografía nacional, encuentras personas cuyo ‘negocio’ es la compra de envases vacíos de cristal, pomos plásticos, ropa de uso o prendas de oro, ya sea el pedazo de una cadena o un arete suelto. También, reparadores de colchones, vendedores de santos y figuras de yeso o de paleticas de helado.

José vende bolsas de hielo a cinco pesos. “Casi todo el mundo tiene refrigerador, pero a mucha gente le gusta comprar hielo para hacer batidos, preparar tragos o bajar una inflamación”.

Teresa, una anciana medio ciega y encorvada, complementa su magra pensión de 8 dólares mensuales vendiendo durofríos de frutas a dos pesos. “Los niños me compran una cantidad increíble. Con este calor de espanto siempre es bienvenido un durofrío”.

Rosa, antigua costurera, recolecta toallas y sábanas viejas. Después de recortar las partes más desgastadas, en su vieja máquina Singer, empata los pedazos mejores de una toalla o una sábana. «Trato de que los tejidos y colores combinen. Lo que sobra no lo boto, se lo vendo a un reparador de colchones, que lo utiliza como guata».

Durante un tiempo, Luisa ‘escogía’ (limpiaba) arroz a domicilio. «Cobraba dos pesos por cada libra de arroz. Ahora me dedico a bañar y pelar perros, el precio oscila entre 50 y 100 pesos».

Pero ninguna tan popular como Magalis. Aunque su rostro no salió, se volvió famosa cuando la edición digital de Cubaencuentro del 9 de enero de 2009, publicaba una foto del exterior de su vivienda y de su ventana con un cartel que decía: Se sacan piojos y liendras. Magalis.

Probablemente en barrios la capital y en el resto del país, se mantenga el oficio de ‘sacadoras de piojos’. Tener en cuenta que en Cuba, las altas temperaturas y la falta de agua, champú e higiene del cuero cabelludo, propician la aparición de estos insectos.

La Habana parece un bazar gigante de oficios estrafalarios. En las esquinas, carretilleros ofertando aguacates, boniatos y plátanos burros. Y por doquier, ancianos vendiendo maní tostado y cigarrillos sueltos.

La nigromancia ha provocado una explosión de cubanos enrolados en la santería. Dunier dejó el primer año de bachillerato para dedicarse a vender animales utilizados por los babalaos en sus ceremoniales.

Eulalia, con una indumentaria de varios colores, ha hecho de las barajas españolas un medio de vida. Con ellas ‘consulta’ a transeúntes en la concurrida calle Obispo, en la parte antigua de la ciudad.

“La gente quiere escuchar buenas noticias. Que le va entrar dinero, van a poder viajar al exterior o se van empatar con un yuma (extranjero). Por avizorar el futuro cobro 20 pesos, a los turistas 2 cuc (50 pesos)”. Y con la agilidad de un póker profesional, despliega un mazo de naipes.

En la capital también son habituales los ‘buquenques’, reconvertidos en ‘gestores de pasaje’ por la burocracia oficial. Tipos que se dedican a organizar las colas de personas que esperan taxis privados. Reinaldo gana 200 pesos diarios en la Avenida de Acosta, voceando y buscando clientes en la ruta Víbora-Vedado.

La escasez de agua en muchos barrios habaneros ha provocado la proliferación de ‘aguateros’. Niosber es uno de ellos. Llegó a La Habana hace 6 años, huyendo de la miseria rural y la falta de futuro en un caserío montañoso de Santiago de Cuba.

«Lo de aguador me viene por herencia. Mi padre fue aguador en los cañaverales. Y ahora mi hijo mayor y yo nos dedicamos al negocio de vender agua», señala, sentado en el portal de una bodega apuntalada.

Niosber utiliza de carretilla un armatoste primitivo con ruedas de cajas de bolas y dos tanques plásticos azules que alguna vez fueron de aceite vegetal, reciclados como depósitos de agua.

«A las 5 de la mañana me llego con mi cachivache a un surtidor de agua que hay al costado de un antiguo centro deportivo en la barriada La Victoria. Cada día recorro tres o cuatro kilómetros desde el solar donde vivo. Cobro 50 pesos por llenar un tanque de 55 galones. Tengo más demanda que oferta», apunta.

Hay que ser demasiado creativo para etiquetar como pequeños empresarios a personas que de manera clandestina o legal sobreviven trabajando en oficios informales.
Por toda La Habana pululan músicos ambulantes que arman una serenata mientras los turistas cenan. Tipos que arreglan cremalleras y paraguas como Reinerio. O que sacan piojos como Magalis.

Iván García

Foto: En Cuba, muchas personas viven de lo que se encuentran en la basura y en la calle, sean pomos plásticos o latas vacías de refresco y cerveza o ropa y calzado viejos, como este hombre fotografiado por Juan Suárez para un reportaje sobre la recogida de materias primas publicado en Havana Times.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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