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Un poeta con la fortuna del espanto

Las hambres, la sed, las pasiones y las exigencias de la carne de Reynaldo Arenas le dieron abrigo y un pan extraño al poeta que escribía con sus manos. Y le dieron aire y delirio al novelista que hacía reventar en su cabeza de guajiro oriental las historias más estrafalarias, imaginativas y graves de la literatura cubana de los últimos 50 años.

Todas esas carencias y ambiciones, esas emergencias y otros reclamos que dejaron sin respiración a amigos y a enemigos, lo llevaron, poco a poco, en silencio y a empujones, hasta un piso alto de Nueva York. Allí, lejos de su casa, ya sabemos a quién llamó para que se lo llevara.

Arenas vivió sus 47 años sin regatear un minuto. Entregado a sus compromisos. A las que consideró que debían ser sus obligaciones como ciudadano. Y a procurar, como escritor, dejar una obra que le diera a los lectores el retrato de un tiempo, de unos hombres, de una sociedad en la que estaba (está) prohibido decir la verdad y cantar sin acompañamientos.

Se sabe que algunas veces, muchas a lo mejor, halló el amor y fue feliz. Él se encargó de sufrirlo y contarlo con esa prosa gráfica a la que siempre habrá que quitarle unos centímetros a una fruta y bajarle (o subirle) unos grados a ciertas temperaturas. Lo narró con un lenguaje duro servido en almíbar para que el aroma de las historias durara más que el impacto de los juegos y las musarañas.

A pesar de esos cuidados, de esa dedicación a la alquimia de la línea de verso y de los párrafos, por encima del deseo de hacer lírico lo que podía parecer salvaje, muchos de sus seguidores le encienden más velas al joven de las hazañas sexuales, al señor que esperaba los amaneceres en las playas de Mariano en rondas de amor y rebatiñas con soldados, que al escritor consagrado y tranquilo, sin prensa ya, callado en los estantes de las librerías y en el silencio de las bibliotecas.

Otras candelas arden en sus altares de hombre político. Están encendidas las 24 horas del día en muchos puntos de la geografía cubana y en todos los territorios del exilio. Y es que el Reynaldo Arenas rebelde, irreverente y transgresor también le hace sombra al artista.

Sus temporadas en las cárceles y en los campos, perdido en las arboledas de un parque habanero que, aunque se llama Lenin, le sirvió para esconderse de la policía, alimentan a esas personas agradecidas que no dejan de verlo como un opositor radical a la dictadura. Como alguien que puso su talento y la fuerza de su nombre y de su literatura en el lado en donde están los más débiles y desguarnecidos.

Arenas había nacido en 1943 en un poblado llamado Aguas Claras que, según su paisano Guillermo Cabrera Infante, pasaba por las ventanillas del tren de Holguín a Gibara, en la zona oriental. Se mudó para La Habana en los primeros años 60. Consiguió un trabajo en la Biblioteca Nacional y, en sus horas libres, en condiciones muy difíciles, escribió su primer libro: Celestino antes del alba.

La novela, lo único que pudo publicar en su país natal, le dio nombre enseguida y fuerzas para comenzar a trabajar en El mundo alucinante (1966). Y eso fue el fin de su carrera como autor en un medio en que ya estaban descritos y trazados los canarreos por los que debían pasar las carretas y los bueyes.

En 1973 fue a la cárcel por dos años. Arenas se quedó solo, desarmado y pobre en el campo de tiro de la policía. Como se dice allá, cuando no estaba preso, lo seguían de cerca los oficiales de búsqueda y captura.. Pasó semanas, meses y años escondido o en el trabajo de rescribir libros perdidos o despedazados. Preparó dos fugas clandestinas y, en una de ellas, en las inmediaciones de la base naval de Guantánamo, por poco muere bajo el fuego de las ametralladoras.

Marginado y perseguido, el escritor abrió con su imaginación las fronteras del quicio que le dejaron para moverse. Muchos críticos y estudiosos ven en esa necesidad de ensanchar la realidad la maestría que alcanza Arenas cuando mezcla la áspera naturaleza de la vida con sus sueños y sus mundos increíbles.

Es cierto que Reynaldo Arenas respondió con entereza, coraje y originalidad al rigor que le aplicó durante décadas la dictadura.

Por eso, y porque creo que él nunca quiso dividirse y usar una camiseta por la mañana y otra por las noches, dentro y fuera de su país este escritor arrastra a muchos cubanos que si no lo han seguido página por página leyeron y guardan en sus casas este texto que escribió en Nueva York el 7 diciembre de 1990:

«Queridos amigos: debido al estado precario de mi salud y a la terrible depresión que siento al no poder seguir escribiendo y luchando por la libertad de Cuba, pongo fin a mi vida. En los últimos años, aunque me sentía muy enfermo, he podido terminar mi obra literaria. Me siento satisfecho por haber podido contribuir aunque modestamente al triunfo de esta libertad. Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esa decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país. Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la isla los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy».

Ese no es el fin. A casi 20 años de ese documento estamos con Reynaldo y su aventura. El lance de un muchacho campesino que luchó contra Fulgencio Batista y después contra Fidel Castro y, en realidad, lo que quería era escribir en libertad de sus amores y de la gente de su pueblo, que se comía la tierra y fornicaba con calabazas cálidas y tiernas.

Quería contar esos mundos de los brujos que mueven los árboles del campo y salen en las noches en las seibas y los algarrobos como luces para anunciar una botija que nada más encuentran los valientes porque a los cobardes que encienden un quinqué les aparecen huesos, carbón y flores amarillas.

Quería que esas historias conmovieran y que los adolescentes recibieran la música de su poesía y se aprendieran los sonetos y los epigramas. Que los lectores captaran su vena de humor y los cuchillos escondidos en las páginas y que en eso se le fuera la vida. Si acaso se tenía que ir.

Cabrera Infante dijo que Reynaldo fue un rebelde con varias causas. Un hombre expansivo y barroco. «Decir que Reynaldo Arenas atravesó como un cometa la literatura cubana», escribió, «y no decir que fue un bólido salido del infierno es mentir a medias».

Reynaldo Arenas, al que con éxito dio vida en el cine Javier Bardem (Antes de que anochezca, filme de Julian Schnabel), es un fenómeno. Un tipo que quizás sólo quería enseñarnos esto: «Todo lo que pudo ser, aunque haya sido/ jamás ha sido como fue soñado».

Raúl Rivero

Foto: Lázaro Gómez

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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