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Transporte en la capital: asignatura pendiente

El transporte público siempre fue una asignatura pendiente del gobierno de Fidel Castro. En particular en La Habana, donde después que quitaron los tranvías, a principios de la década de 1950, el servicio de autobuses estaba a la altura de las más importantes ciudades del mundo.

En los años 80, cuando el país tenía conectada una tubería de recursos directa del Kremlin, Hungría y otros países del antiguo bloque socialista, en el poblado de Guanajay, a 60 kilómetros de la capital, montaron una factoría que ensamblaba ómnibus de la marca Ikarus. Eso no impidió que trasladarse de un punto a otro de la ciudad fuera una calamidad.

En los momentos de más abundancia material de la revolución de verde olivo, donde se podía comprar yogurt y leche sin cartilla de racionamiento, en la capital rodaban 2.500 ómnibus y cerca de 5 mil taxis. Pero ni así paliaban el déficit del transporte urbano.

Con la llegada de esa guerra silenciosa llamada “período especial”, andar por la ciudad en transporte estatal era una proeza digna de una aventura de Indiana Jones. Hubo momentos que algunas rutas de ómnibus pasaban dos veces al día. Entonces hicieron su aparición los famosos “camellos”, camiones con grandes remolques, que cargaban hasta 300 personas apiñadas como sardinas. Verdaderas saunas, sitios de carteristas y pervertidos sexuales.

La gente caminaba hasta 20 kilómetros diarios para ir a resolver un asunto, visitar a un amigo o familiar. Las principales avenidas estaban desiertas y oscuras pues el fluido eléctrico se cortaba hasta 16 horas diarias. En ese caos, hicieron acto de presencia las pesadas bicicletas chinas, que provocaron que los accidentes mortales de tráfico crecieran en flecha.

Sin contar la escalada de violencia. Las calles de La Habana competían con las de Medellín o Rio de Janeiro. Por robar una bicicleta, los cacos lo mismo te podían destrozar a machetazos, que degollarte con una soga puesta a lo ancho de una oscura calle, cuando pasabas en tu ciclo.

Como pasaban de tiempo en tiempo, a los ómnibus y “camellos” les pusieron “el cometa Halley”. Castro I, preocupado en sus desvaríos de ayudar a los países del Tercer Mundo y dilapidar el exiguo erario público en disparates económicos y planes sin sentido, en el año 2004 aterrizó en la realidad. Y con cara de tonto preguntaba en las Asambleas del Poder Popular, qué hacía el Ministro del ramo para resolver la crisis del transporte.

Como siempre, el comandante descargó los fracasos en otros. Pero se dio cuenta de que si quería que la economía creciera, había que sacar dinero del banco para adquirir ómnibus, camiones y locomotoras. En China y Rusia se compraron cerca de 5 mil buses y un número igual de camiones.

El transporte urbano, en estado de indigencia, vio el maná cuando comenzaron a rodar por la ciudad unos 460 ómnibus articulados de la marca Yutong, Liaz y Maz. La empresa de metrobuses comenzó a gestionar 17 rutas denominadas con la sigla P, que hoy recorren las principales arterias habaneras.

En las horas pico, las rutas P tienen una frecuencia entre 5 y 10 minutos. Siempre van llenas a reventar y tan calurosas como un horno. Pero a falta de pan, casabe. La tan mentada mejoría de la que se vanaglorian los dirigentes de la ciudad es puro espejismo.

Hoy ruedan por la capital un tercio de los ómnibus que circulaban en 1988. Es lógico que una ciudad de más de dos millones de habitantes, como La Habana, si se quiere que funcione mínimamente, tiene que tener un servicio de ómnibus capaz de trasladar el millón de personas que diariamente se mueven en la urbe.

A falta de un metro o un tren suburbano y donde el servicio de taxis estatal en moneda nacional ha desaparecido, la única opción viable de la ciudadanía es andar en las atestadas rutas P. Ya moverse desde las avenidas más céntricas hasta una barriada en las afueras es una historia complicada.

El servicio de ómnibus en los grandes barrios y repartos periféricos es una calamidad. Con la vuelta de tuerca en la economía, debido a las dos crisis, la mundial y la que padecemos desde hace 21 años, producto del período especial, los planes de expansión del transporte público se han visto frenados.

Al recortarse la frecuencia de los viajes, salir a pasear con la familia un fin de semana es bastante incómodo. Los ómnibus conocidos como P van abarrotados y demoran hasta 30 minutos sábados y domingos.

Por si fuera poco, entre el personal de la empresa de metrobuses se rumora que debido al impago habitual del gobierno cubano, los proveedores no garantizan piezas de repuesto para los años venideros.

Ir de una zona a otra de la ciudad podría convertirse en un infierno. Y volver a los años duros de la década de los 90, donde una guagua (ómnibus) era un ave tan rara como una nave espacial. Aunque nunca, a decir verdad, andar La Habana en bus ha sido fácil ni grato.

Iván García

Foto: DCvision2006, Flickr. Una de las líneas de tranvías que circulaban en La Habana en los años 40.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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