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Regresa la Guerra Fría a Cuba

Regresa la Guerra Fría a Cuba

“Lo peor, después del paso de un huracán, es que la comida se pierde”, dice Liana, 37 años, maestra de secundaria luego de recorrer varios agromercados y tiendas en la parte antigua de La Habana.

“No hay huevos en toda la ciudad, ni siquiera paquetes de perritos. Hay un faltante de más de cien medicamentos en las farmacias y para ponerle la tapa al pomo, Trump manda a cerrar la embajada. Los que tenemos planes de emigrar a Estados Unidos, vemos a Cuba como una ratonera”, resume su frustración la profesora habanera.

Parece que ha pasado mucho de tiempo de aquel mediodía histórico del 17 de diciembre de 2014, cuando ambas naciones salieron de sus trincheras cavadas en la etapa de Guerra Fría.

La gente pasó a velocidad supersónica del mayor optimismo a la más profunda indiferencia. La autocracia castrista, en su temor patológico a las reformas auténticas que favorecieran al pueblo, no realizaron cambios estructurales en la economía ni aceptaron las dádivas de Washington a los emprendedores privados.

La junta militar que gobierna Cuba no desconectó el chip de la confrontación y estaban convencidos que la estrategia de Barack Obama era aniquilar con guante blanco el ineficaz sistema comunista.

La nueva estrategia de la Casa Blanca tuvo más amigos que enemigos. Aunque un segmento del exilio cubano y la disidencia local consideraban que Obama dio mucho a cambio de nada. Que en la Isla seguía imperando una dictadura y la represión a los que pensaban diferente se acrecentaba.

“Cuba no tiene que cambiar, Cuba ya cambió con la revolución de Fidel Castro en 1959”, sentenciaba el canciller Bruno Rodríguez. El juego de Raúl Castro era ganar tiempo y aceptar de Estados Unidos solo aquellos negocios que favorecieran a las corporaciones capitalistas del Estado. Cero negocios con Google, ‘porque afectan nuestra soberanía digital’.

No se puede permitir que los trabajadores privados reciban créditos yanquis, porque si esa gente se enriquece puede poner en peligro el estado de cosas. ¿Autorizar los ferry? Nada de eso, pues entonces los cubanos residentes en Estados Unidos entrarían a Cuba con más de 200 libras de pacotillas y las tiendas recaudadoras de divisas, con precios al nivel de Qatar, no venderían ni un tornillo.

El régimen solo acepta cash. La estrategia es gastar los dólares en la Isla y beneficiar al entramado empresarial verde olivo que administra todos los negocios que generan moneda dura.

Si Raúl Castro hubiese sido razonable y aprovechado las posibilidades que brindó Obama, la victoria electoral de Trump no lo hubiera pillado desnudo. Jugó mal sus cartas. Pensó seguir flotando en la nube del gatopardismo con el inminente triunfo de Hillary Clinton.

Pero Trump, el impredecible magnate neoyorquino, sorprendió a tirios y troyanos. Y ahora, el régimen de Castro II, se ve obligado a jugar a la defensiva. Sin gajo de donde agarrarse.

Rusia, ya no es la Unión Soviética. China es comunista solo en teoría: en la práctica quiere negocios a cambio de dinero. Venezuela está que arde. Y en la America First de Donald Trump, Cuba no aporta rentabilidad.

Trump, un mandatario que utiliza Twitter como una escopeta de caza, a priori le va ganando la partida a Castro. Y, de paso, mata dos pájaros de un tiro.

Complace al ala conservadora del exilio y pone un freno al chantaje migratorio de su difunto hermano, que en 1994 obligó a Bill Clinton a firmar un acuerdo con Cuba de 20 mil visas a cambio de frenar el éxodo ilegal de los balseros.

El pueblo cubano, como siempre, es el que sale perdiendo. Es cierto que es una decisión soberana de Estados Unidos proteger a sus funcionarios. Pero la historia del Orejagate suena a una pésima película de espionaje de la Guerra Fría.

Son demasiadas las preguntas sin respuestas. Aurelio, 28 años, que esperaba emigrar definitivamente a Miami bajo el acuerdo de reunificación familiar, siente que el gobierno de Trump lo ha traicionado.

“Los cubanos estamos solos. De verdad que no me imaginé que Marco Rubio y los congresistas cubanoamericanos iban a dejar desamparados a quienes íbamos a emigrar legalmente. Un acuerdo es un acuerdo. Espero que Trump recapacite”, señala Aurelio.

Lo dudo. Para Trump, aquel acuerdo de Clinton, igual que el legado de Obama, lo considera un mal negocio. El presidente estadounidense cree que puede hacer un mejor trato.

Los cubanos de la Isla son rehenes de una autocracia militar que no desata las fuerzas productivas internas, frena el trabajo privado a gran escala y transforma al ciudadano en un zombi.

También es rehén del exilio más conservador, que desde sus escaños en el Capitolio, como arma de presión para derrocar el castrismo, utiliza un conjunto de prohibiciones que afectan al cubano que desayuna café sin leche y que se ha visto -y comprobado- que en seis décadas esas presiones no han contribuido a traer la democracia al país.

Constantemente se están disparando al pie. Ni la fórmula Obama ni la receta de Trump van a impedir la represión a la disidencia. En un rapto de civismo, Raúl Castro no va apostar por la democracia.

La teoría de la olla de presión no va funcionar por control remoto. Más rápido se tiran los cubanos al mar en cualquier cosa que flote, que salir a las calles a gritar libertad. Las dictaduras tienen dinámicas complejas. La ineficacia congénita las corroe como un cáncer. Se caen por su propio peso.

El sueño del exilio duro, de un mar de pueblo indignado tomando por asalto el Palacio de la Revolución, mientras al otro lado del charco los agitadores políticos profesionales celebran con champán, es solo eso, un sueño.

La mayoría de los cubanos de a pie están cansados de todo. Como no tienen vocación de mártir, optan por emigrar. Y ver desde Miami, en colores y alta definición, las ansiadas ‘revueltas en las calles de La Habana’.

A los cubanos se les puede acusar de cobardes. Pero no de tontos.

Iván García

Diario Las Américas, 1 de octubre de 2017.

Nota.- Cada día, de lunes a viernes, una cola similar a la de la foto, hacían los cubanos para trámites consulares relacionados con viajes temporales por razones personales o laborales en Estados Unidos o para reunirse definitivamente con sus familias. Pero a partir de las medidas tomadas el 29 de septiembre por el Departamento de Estado, por un tiempo indefinido se paraliza la concesión de visas y el actual número de diplomáticos y funcionarios estadounidenses acreditados en Cuba, se reducirá en un 60 por ciento. A las drásticas medidas se añade una alerta para que ciudadanos de Estados Unidos no viajen a la Isla. La nueva tirantez o guerra fría en esta ocasión fue motivada por supuestos ataques acústicos que entre 2016 y 2017 habrían dañado la audición y ocasionado otros problemas de salud a diplomáticos estadounidenses y canadienses en La Habana. Aunque Estados Unidos está investigando lo ocurrido y formalmente no ha acusado a Cuba de estar detrás de las misteriosas agresiones sónicas ni tampoco ha mostrado evidencias, decidió tomar unas medidas que afectarán a los familiares de los casi dos millones de cubanos residentes en la otra orilla y, en general, a la marcha de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, restablecidas el 17 de diciembre de 2014 (Tania Quintero).

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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