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Monólogo de dos balseros

Ha sido un boomerang. Carlos y Ariel tienen ambos 41 años. Crecieron con la idea de que Estados Unidos era el peor de los países. Los perros y blancos racistas, vestidos con sus capuchas blancas, estaban al acecho en cualquier esquina para acuchillar a un negro indefenso.

Las cárceles repletas de emigrantes latinos y minorías étnicas. El sueño americano era una estafa. Cualquier loco peligroso y desempleado empuñaba un AK-47, comprado a precio de saldo y liquidaba a media docena de personas en la parada de un bus.

Carlos y Ariel, como muchos cubanos nacidos con la revolución de Fidel Castro se hicieron adultos convencidos que el capitalismo en Norteamérica y el mundo tenía sus días contados. Castro, el gran estadista, nos lo repetía en sus apocalípticos discursos. El futuro pertenecía por entero al socialismo.

A la vuelta de los años sucedió lo contrario. El partido inmortal, el de los comunistas soviéticos, hizo agua. El Kremlin cambio de color. Y las sociedades totalitarias de Europa del Este dijeron adiós a una ideología estrambótica que no funcionaba.

Ya siendo unos hombres, con hijos y una familia que atender, Carlos y Ariel, a golpe de vista notaban que la revolución erigida por Castro, ladrillo a ladrillo, era -y sigue siendo- una sociedad estresante.

Todas las mañanas, un problema nuevo. Desayuno, una tacita de café.  La pasta dental, infame. El arroz tan sucio, que se necesita un par de hora para limpiarlo antes de ponerlo en la candela.

Las guaguas (ómnibus) pasan cuando les da la gana. Comer carne de res o camarones, una fantasía. Navegar por internet, ciencia de ficción. Tener coche, antena satelital y aire acondicionado en sus casas, equivale a levantar sospechas en las autoridades policiales.

Cuba es la patria de Carlos y Ariel. No la niegan. Pero están hasta el tope. Se cansaron del discurso duro y la propaganda triunfalista de la opaca y dócil prensa nacional.

Por la televisión ven que crece la agricultura y las cifras de carne de cerdo aumentan. Pero los precios siguen por las nubes. Y llevar cuatro platos a la mesa de cena es una labor digna de Superman.

A diferencia de muchos de sus coterráneos, Carlos y Ariel no creen que Estados Unidos es el paraíso. No. Pero si trabajas duro, no se vive mal y puedes girar dólares para la necesitada familia que dejan atrás.

Saben que en la Yuma (USA en el argot popular) fabrican buenos ordenadores y excelentes cuchillas de afeitar. Es una nación capaz de lo mejor y lo peor. La gente es libre de decir lo que le plazca y no hay cartilla de racionamiento. Y se puede vivir sin la fastidiosa carga política de los medios oficiales cubanos.

Cuarenta y un años, los mismos que tienen, les ha costado a Carlos y Ariel decidirse a marcharse de su país. Ahora preparan una precaria balsa. Antes de que llegue la temporada de huracanes, esperan poder atravesar el Estrecho de la Florida. Saben los riesgos. Uno de cada tres personas es merienda de tiburones.

Van a vivir una cultura diferente. Ya el discurso de los hermanos Castro les parece un chiste de humor negro. Están hartos. Y se van al Norte. A probar fortuna.

Iván García

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

One comment

  1. Es una locura. Pero sólo ellos saben si les merece la pena o no. No soy quién para juzgarlo, sólo les deseo suerte y que lleguen sanos y salvos.

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