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Más de 125 mil cubanos partieron desde el puerto habanero del Mariel rumbo a las costas de la Florida

Los indeseables de Fidel Castro

Primavera de 1980, La Habana. No había amanecido cuando un grupo de gendarmes atropelladamente entraron a las celdas de castigo del Combinado del Este, conocidas como la ‘pizzería’. Después de poner a los reclusos de espalda a la pared en un angosto pasillo, un oficial del Ministerio del Interior les habló en voz alta y sin rodeo.

“Fue tajante: o se montan en una guagua que está esperando allá afuera y se marchan a Estados Unidos, o dentro de tres días se les duplicará la sanción, ustedes escogen. Imagínate, yo estaba condenado a 20 años de cárcel por asesinato. Irme pa’la yuma fue mi pasaporte de libertad”, recuerda Randolfo, sentado en un parque de la barriada habanera de La Víbora.

“No sé si mis pecados pueden ser purgados. He robado, matado y provocado daños. Desde que tengo 16 años, la cárcel ha sido como una casa. En enero de 1980 me trasladaron de la prisión de La Cabaña a la del Combinado del Este, que todavía estaba en construcción. Cuando ocurrió lo de la Embajada de Perú -que antecedió a la estampida por el puerto del Mariel- estaba en una celda de castigo. No me lo pensé dos veces para marcharme”, rememora Randolfo.

1980 fue un año tremendo en Cuba. El 1 de abril, un ómnibus de la ruta 79, que hacía el trayecto Lawton-Playa, a toda velocidad, se proyectó contra el cordón de seguridad de la sede diplomática de Perú, en 5ta. Avenida y 72, Miramar, provocando, a causa del fuego cruzado de sus propios compañeros, la muerte del custodio Pedro Ortiz Cabrera.

Fue una época donde Fidel Castro y su régimen tenían un control rotundo en la vida ciudadana. La simulación y doble moral estaban en su apogeo. Mucha gente que con fuerza aplaudía un discurso en la Plaza de la Revolución, deseaba marcharse de aquel entorno gris y uniforme y en el cual un Estado absoluto premiaba o castigaba a sus gobernados mediante ucases.

Las cárceles estaban repletas. Cualquier cosa era delito punible. Tener dólares, marcharse en una balsa de goma hacia la Florida o contarle a un vecino que en un sueño Fidel había muerto. Y también habían tipos peligrosos como Randolfo. Individuos de mecha corta que caminan por la vida con un cuchillo apretado entre los dientes.

Tras el error de cálculo de Castro -jamás pensó que más de 10 mil cubanos en unas horas penetrarían en la Embajada de Perú tras su decisión de quitar la protección policial- la estrategia a seguir fue activar una auténtica limpieza social en el país. Y tupir la sociedad estadounidense con asesinos, dementes y convictos violentos. Un lote humano que no tenía cabida ni en el Arca de Noé.

En un centro de procesamiento, cerca de la carretera del Lucero, al sur de capital, rumbo al Mariel, con premura se despachaban homosexuales, disidentes silenciosos, prostitutas, roqueros e inadaptados sociales.

Castro los etiquetó como ‘escoria’. Y los convoyó en las embarcaciones de cubanos residentes en la Florida que venían a buscar a sus parientes. Antes de marcharse, ‘los repulsivos gusanos’, recibían andanadas de huevos, ofensas y golpes en mítines de corte fascista, donde alegremente participaban sus vecinos del barrio o colegas de trabajo.

Para Randolfo la historia fue otra. Lo trasladaron de la cárcel al centro de procesamiento y en poco más de una hora lo embarcaron en un yate rumbo al norte. “Una tarde lluviosa, a fines de mayo de 1980, llegué a Cayo Hueso. Más o menos 4 mil reclusos y dementes peligrosos fueron enviados por el gobierno. En un centro de detección de la Florida nos procesaban oficiales de Inmigración y del FBI. Los que no teníamos familia en Estados Unidos, o por sus indagaciones supieron que éramos reclusos o enfermos siquiátricos, fuimos directo a la prisión de Atlanta”, recuerda Randolfo.

En 1987, Randolfo participó en un motín masivo en la cárcel en el estado sureño de Georgia. “Aquello fue de película. Tomamos rehenes y la cosa se puso fea. Muchos presos cubanos no deseábamos regresar a la isla. Queríamos cumplir la sanción y quedarnos a residir en Estados Unidos. Pero no fue posible, al menos en mi caso”.

Randolfo era uno de los 2,746 nombres que conformaban una lista de personas que debían ser repatriadas hacia Cuba tras los acuerdos entre Ronald Reagan y Fidel Castro en 1984.

“Aterricé en un aeropuerto habanero una noche cerrada de 1990. Me quitaron las esposas y me entregaron a los guardias cubanos, quienes me volvieron a esposar y me trasladaron al Combinado del Este. Estuve preso un año más. Desde 1978 no era un hombre libre. De Estados Unidos solo conocí las prisiones. Ya he cambiado. Tengo una familia y mi anhelo es emigrar a esa nación, trabajar duro y progresar. Es una sociedad que te da esa posibilidad. Pero mi pasado es un lastre. Las autoridades migratorias estadounidenses jamás me darán visa”, confiesa Randolfo.

Treinta y cuatro años después de los sucesos de la Embajada de Perú y el éxodo masivo por el Puerto del Mariel, la policía de Inmigración y Aduana de Estados Unidos sigue deportando reos y dementes peligrosos enviados por Fidel Castro en 1980. Quedan 502 por repatriar.

Iván García

Foto: En embarcaciones como éstas, más de 125 mil cubanos partieron desde el puerto habanero del Mariel rumbo a las costas de la Florida, entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980. Tomada de Martí Noticias.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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