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Los enemigos de la democracia moderna
Los enemigos de la democracia moderna

Los enemigos de la democracia moderna

¿En qué se parece la autocracia de los hermanos Castro, el solemne Vaticano, los fanáticos seguidores del Islam y el manicomio de Corea del Norte? La respuesta es simple: en los dogmas, la escasa transparencia y el poder ilimitado de una casta.

En teoría, el comunismo es una música agradable al oído de un obrero que trabaja ocho horas y su salario nunca llega a fin de mes. Visualice el panorama: no hay clases, tampoco se necesita dinero ni presupuestos para mantener a un ejército.

Es un aparente vergel de armonía. Pero en la práctica nunca va funcionar. Por una razón: el mundo, como lo conocemos, está habitado por seres humanos caprichosos, imperfectos, ególatras, ambiciosos y competitivos.

Unos pocos son solidarios y ayudan al prójimo. Pero a la mayoría solo les interesa sus allegados. Si el mundo no es un matadero sanguinario y los más poderosos barren a los más débiles, es gracias a un concierto de leyes que sancionan con largos años de cárcel, en algunos países hasta con pena de muerte, el homicidio y las actitudes criminales.

En el plano internacional sucede algo parecido. China no ocupa a la fuerza a Taiwán por temor a las represalias. Rusia o Estados Unidos no inician un ataque nuclear porque destruye el planeta.

Sucede otro tanto con Corea del Norte y Corea del Sur o la India y Pakistán en su litigio por Cachemira. En este siglo XXI existen menos conflictos entre naciones que hace un siglo.

Hay guerras civiles, grescas de mediana intensidad entre dos o más Estados y un extravagante Califato Islámico que ha ganado terreno en el Medio Oriente por la desidia de los centros mundiales de poder.

Existen zonas de influencia: Rusia coloniza una región de Ucrania, Gran Bretaña es dueña de las Malvinas y ninguna potencia atómica incordia al poderoso ejército estadounidense en el continente americano.

A pesar del peligro que engendran las armas nucleares, tienen un carácter disuasorio. Las autocracias políticas o religiosas son una tendencia congénita del hombre.

Da igual la ideología o la mística de fe que representen. No importa si ésta es de derecha o izquierda. Católica, islamista o judía. Su entramado es dogmático y antidemocrático.

El Papa reina hasta que muera o fuerzas poderosas dentro del Vaticano lo aparten, como sucedió con Benedicto XVI. El estado gamberro de Corea del Norte será gobernado por la dinastía Sung hasta que un día su pueblo se harte.

El castrismo en Cuba y la plutocracia comunista en China o Vietnam acabarán cuando facciones políticas reconozcan que el modelo democrático es más funcional, genera mayor cantidad de riquezas y una mejor calidad de vida.

En sociedades totalitarias, las revoluciones populares no son frecuentes. El miedo y el control social enajenan a los gobernados. Esas tendencias de ejercer el poder omnímodo siempre se rodea de corrupción.

La avaricia es otra desagradable cualidad humana. En países democráticos, a pesar de tribunales independientes, transparencia, elecciones, parlamentos diversos y prensa libre, a políticos, empresarios y banqueros les gusta meter la mano en el saco.

Pero cuando un fiscal o un avispado reportero de investigación lo pesca, pueden ser procesados. Vea el caso de la FIFA, la Federación Internacional de Atletismo o los escándalos de corrupción en Petrobras.

Los que viven en naciones democráticas perciben que es una batalla perdida. Por cada uno que va a la cárcel por robar dinero público o enriquecerse ilegalmente, media docena vive a todo trapo.

Pero existen instituciones y medios para denunciarlos. En los sistemas autocráticos ni eso. En la Cuba de los hermanos Castro, los escándalos de corrupción clamorosa son ventilados únicamente por el Estado.

Nunca salpican a pesos pesados. La prensa es un aliado obediente. Los tribunales, otra rama del poder. El parlamento, una broma, donde se vota unánimemente y por encargo del ejecutivo.

En el Vaticano, su gobernanza autoritaria también genera problemas. Los antecedentes del papado, con sus luchas fratricidas, crímenes y guerras en nombre de una religión, forman parte de la historia moderna.

¿Pudieron Juan Pablo II y Benedicto XVI democratizar al Vaticano? No pudieron o no quisieron. Francisco lo intenta. Pero los casos de pederastia y corrupción tratan de barrerlos debajo de la alfombra.

Emiliano Fittipaldi, reportero italiano que ha investigado las entrañas financieras y negocios sucios de la Santa Sede, espera ser procesado por la jurisdicción del Vaticano y puede ser sancionado hasta con ocho años de prisión.

¿Su delito? Sacar a la luz un libro, Avaricia, donde recoge esas denuncias. No es culpa de Dios que los seres humanos tengamos la manía de establecernos en el poder dinásticamente o robar lo ajeno.

Es un asunto de los hombres. Reformar al ser humano o pretender erigir un individuo sin defectos allana el espacio para las dictaduras de nuevo cuño. Cuba es buen ejemplo. Entonces, la mejor y única opción es apostar por la democracia. En todas las instituciones.

Iván García

Foto: Tomada de BBC Mundo.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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