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Los dictadores son dictadores

Los dictadores son dictadores

Las reflexiones de Tania Quintero Antúnez, periodista cubana y refugiada política en Suiza desde noviembre de 2003, sobre lo que considera El silencio cómplice de la disidencia y el exilio cubano, ante la Cumbre de Donald Trump y Kim Jong-un, merecen cuando menos la actitud de sumarnos a la polémica.

Pero sobre todo, a la polémica en torno a cuáles son los motivos reales agazapados en esta poética de la complicidad.

Quintero Antúnez no logra entender esa actitud de los “congresistas cubanoamericanos, de la disidencia en la Isla, del exilio miamense y también de algunos periodistas que se llaman independientes, de quedarse callados” ante un acontecimiento como el que ahora protagoniza el presidente estadounidense Donald Trump, que no aprovecha su encuentro con un cruel dictador como Kim Jong-un, “para poner sobre la mesa el tema de los derechos humanos”.

En su texto, Quintero Antúnez concluía que, “hay que criticar al castrismo, pero también hay que criticar todo aquello con lo que no estemos de acuerdo, llámese Trump o como se llame”. Tiene toda razón en sus cuestionamientos. De principio a fin.

Solo que en esta lista –que me incluye sin desagradarme– faltaría mencionar a otro de los jugadores que participan del cómplice silencio: los medios de prensa que, entre sus líneas editoriales, se pronuncian como críticos del régimen de La Habana, y a favor de una restauración de la democracia, el estado de derecho y las libertades civiles todas en la Isla. Me explico, grosso modo.

Desde hace un tiempo, no pocos medios de prensa se han tornado selectivos en la publicación de artículos realizados por periodistas independientes que ejercemos el oficio en los adentros de la Isla. Me consta que no se trata de un proceso de depuración que atañe exclusivamente a la calidad de los textos o a malas elecciones de los temas a tratar.

Resultaría imposible, ni siquiera desde la mera especulación, suponer que los periodistas independientes nos hemos puesto de tangencial acuerdo para escribir, al mismo tiempo, malos artículos o elegir malos temas ya sean estos de opinión, de reportaje, de crónica o sencillas notas de prensa.

Se puede corroborar que, al menos en los últimos tres meses, los periodistas independientes que realizamos nuestro trabajo desde la Isla, han experimentado un descenso en sus publicaciones en casi un 70%. Temas puntuales en la Isla se han dejado pasar de largo. Temas que son realmente noticias y que narran, a tiempo real, la desmesura, invalidez y crueldad del régimen cubano lucubrado a instancias del Partido Comunista [PCC].

No hemos preguntado: ¿y sobre qué temas querrán que escribamos si ninguno les interesa? Suponemos que si no han querido publicar trabajos sobre Castro o Díaz-Canel, mucho menos querrán publicar nuestros criterios sobre Trump. Es solo nuestra suposición, aunque no es descabellada, dadas las circunstancias.

Los artículos que escribimos, además de denunciar las realidades que acontecen a lo largo y ancho de Cuba, son también nuestro trabajo, nuestra única vía de salario. Si a los editores o directores de las publicaciones no les interesa el tema sobre el “tremendísimo descaro” de Trump, qué hacemos: ¿le enviamos el texto a Granma, a Cubadebate, a La Jiribilla, o le pedimos esponsor al PCC o la UJC?

El pasado 8 de junio publiqué en mi perfil de Facebook algunas de las razones por las cuales me siento cómodo, comodísimo, con ser catalogado de ‘mercenario’: mi lucha por la democracia y la reinstauración del estado de derecho en Cuba es desde el corazón y desde la dignidad.

Pero hasta el más preclaro de los cubanos, José Julián Martí Pérez, entendió que ninguna lucha, revolucionaria o libertaria, podría llevarse a cabo con los pies descalzos y el estómago vacío. Seamos francos, la libertad de Cuba –o de Corea del Norte– requiere entrar al juego por el centro, no necesita de más utopías o de fabricar mártires.

Que Donald Trump ahora se besa en los labios con Kim Jong-un es de escándalo. Eso es innegable. Pero es un beso de la misma magnitud que aquel otro protagonizado por Barack Obama y Raúl Castro. Y cosa curiosa: los mismos medios de prensa que, por razones no explicadas, rechazaron artículos de opinión respecto a la coreografía Obama-Castro, reiteran su rechazo de opiniones en referencia al danzón de Trump-Jong un.

¿Mis opiniones sobre Trump? Muchas, incluso desde mucho antes de coronarse presidente de los Estados Unidos.

De hecho he tenido opiniones sobre presidentes, vicepresidentes y altos funcionarios norteamericanos. En algún oscuro y olvidado rincón de internet se podrá encontrar, al menos un texto (La paz se vende, quién la compra), sobre mis criterios referidos a Henry Alfred Kissinger, a George Walker Bush, a Albert Arnold Gore, a Barack Obama.

Digamos que a Trump “le conozco de antes”, como decimos los cubanos.

Desde sus primeros periplos en la misma época donde Kissinger jugaba a las marionetas con el dictador sirio Háfez- al Assad. El mismo Kissinger que dos años antes, en 1973, había sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su participación en las negociaciones de paz con Viet Nam. Premio que compartió con el norvietnamita Le Duc Tho, pero que a este último la dignidad le conllevaría a renunciar del galardón dado que la guerra se prolongaba a pesar de los acuerdos.

En 1975, mientras Kissinger ponía a prueba, en Damasco, su estrategia de “ambigüedad constructiva” –fracturar el poder de los países árabes provocando divisiones para quebrar alianzas–, Trump negociaba, en Nueva York, la mayor rebaja de impuestos en la historia de esta ciudad por un valor de 160 millones de dólares.

Era la época, como excelentemente relataría Adam Curtis en su documental “HyperNormalisation”, que puso a relieve una pregunta crucial: “cómo gestionarse el mundo sin necesidad de la política”. Eran los mismos tiempos en que la artista Patti Smith comprendió el surgimiento de un nuevo individualismo que no podía encajar con la idea de acción política colectiva.

Por esas mimas fechas, Trump coincidió en que ya no había futuro en la construcción de viviendas para gente común y corriente porque todas las subvenciones del gobierno se habían ido. Entrevió otras maneras para obtener grandes sumas de dinero fuera del Estado y comenzó a comprar edificios abandonados en Nueva York, anunciando que transformaría la ciudad con hoteles y apartamentos de lujo. Lo lograría, sin que él tuviese que pagar prácticamente nada.

Los políticos tradicionales creían que las crisis solían resolverse mediante la negociación y los ofrecimientos. Pero tanto Trump como los banqueros, discreparon con estas ideas y explotaron su visión: ser los representantes de lo único que no puede negociarse: la lógica del mercado.

Confieso que sobre Trump no había tenido –ni tengo realmente– ánimos de opinar. Ya estoy cansado y harto. Se cansa uno de jugar a los intereses de editores y directores de noticias.

¿Mis opiniones sobre Jong-un? Creo tener toneladas. Y también sobre su padre y sobre su abuelo

Mi hijo, adolescente de 16 años, cursa el décimo grado en un preuniversitario llamado Kim Il-sung, en Arroyo Naranjo. Como dice el refrán, quien no quiere caldo le dan dos tazas.

¿Cuántos estudiantes de este pre saben, a ciencia cierta, quién fue y lo que representa Kim Il-sung? ¿Cuántos familiares de estos estudiantes, si es que realmente lo saben, se han interesado en enterar a sus hijos sobre esta verdad?

Tanto Fidel como Raúl Castro, así como Kim Il.sung y su Kim Jong-il, fueron dictadores. Eso no admite discusión alguna. Tampoco admite discusión ninguna, por supuesto, de que Kim Jong-un es también un dictador.

Donald Trump no eligió -en su criterio- irse a la cama con un dictador menos malo que Raúl Castro. Trump sabe bien que no existen dictadores buenos o malos, del mismo modo que sabe bien que no existen banqueros buenos o malos: existen dictadores y banqueros.

En definitiva, ¿por qué debo criticar a Trump por encima de Obama, o por encima del propio Jimmy Carter, a quien Bill Clinton utilizaría en 1994 para negociar con Kim Il-sung la crisis provocada por la expulsión de los investigadores del organismo internacional de Energía Atómica?

Desde mi perspectiva de periodista independiente pregunto: ¿qué hay de diabólico o de complicidad en mi silencio sobre la Cumbre de Donald Trump y Kim Jong-un, cuando mi opinión al respecto no interesa a editores y directores de noticias? ¿Por qué debo trabajar de gratis?

No soy comunista. Pude serlo por el simple hecho de nacer -en 1973- y de vivir en Cuba, pero la cuenta, en este sentido, no me cuadró. En mi lectura personal, son los medios de prensa quienes deben reconfigurar su mancomunidad con quienes estamos involucrados -dentro de la Isla en este caso particular- en conducir a Cuba hacia la senda de la democracia y del resurgimiento de la sociedad civil con voz y con votos.

Casi el 95 por ciento de los periodistas independientes tenemos restricción de salida al exterior. Tenemos familia y una vida personal. Tenemos un oficio por el que obligatoriamente debemos ser remunerados. Vivimos bajo asedio, a tiempo real, por la Seguridad del Estado en la Isla.

Documentos utilizados por las Fuerzas Armadas durante los ejercicios militares Bastión 2016 indicaron que los periodistas independientes serían “el primer objetivo a inmovilizar”, al considerarse que serían la “amenaza número uno (y) un arma que puede hacer mucho daño, desprestigiar al Gobierno (y que) transmitirían al mundo una imagen de que el Gobierno cubano no cuenta con el apoyo del pueblo”.

En esas circunstancias, insisto: Trump, Jong-un o Díaz-Canel… Voy corto de tiempo.

Jorge Enrique Rodríguez

Caricatura tomada de Solo en Venezuela.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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