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Las últimas horas de un condenado a muerte, narradas por Ricardo González Alfonso

Aunque fue enviado en 2005 desde el Hospital de Reclusos de la prisión Combinado del Este, en este relato el periodista independiente y prisionero político y de conciencia, Ricardo González Alfonso, se refiere a los días de marzo y abril de 2003, cuando estuvo detenido en una celda de Villa Marista, cuartel general del Departamento de Seguridad del Estado.

Con su título original, Emigrar al patíbulo, fue publicado el 21 de octubre de 2005 en Encuentro en la Red. Al reproducirlo en el blog, queremos recordar a Lorenzo Enrique Copello Castillo, Bárbaro Leodán Sevilla García y Jorge Luis Martínez Isaac, tres habaneros que el 11 de abril de 2003 fueron fusilados por haber intentado secuestrar la lancha Baraguá, para en ella irse a los Estados Unidos.

Por estos días, familiares de cinco sancionados en el mismo caso (cuatro de ellos a cadena perpetua y uno a 30 años de privación de libertad), infructuosamente solicitaron al Ministerio de Justicia la revisión de la causa.

El 25 de abril de 2003, en una comparecencia de cuatro horas por la cadena nacional de radio y televisión, Fidel Castro justificaba así las ejecuciones: “Había que cortar radicalmente aquella ola de secuestros. Había que aplicar, sin vacilación alguna, las sentencias impuestas por los tribunales y ratificadas por el Consejo de Estado”.

Tania Quintero


Convivir en un calabozo con un condenado a muerte es intrincarse en el laberinto de una vida ajena, que comienza a pertenecernos, a dolernos.Cuando abrieron la puerta de la celda tapiada y vi por primera vez a Lorenzo Enrique Copello Castillo, no imaginé que lo fusilarían en una semana, tras uno de esos juicios sumarísimos de la primavera de 2003.

Lorenzo era un negro de treinta y tantos años, de buen aspecto, que caminaba cojo por la golpiza que le propinaron cuando lo arrestaron en el Puerto del Mariel, al oeste de La Habana. Los zapatos negros y sin cordones tenían marcas de salitre, y sus ojos reflejaban la extenuación de los náufragos, de esos que aún huelen a mar. Nos saludó con una sonrisa doble: la de sus labios y la de sus ojos. Se acostó, y al instante dormía con la inmovilidad de los difuntos.

Mis compañeros de celda -el Chino, un joven acusado de vender drogas, y un muchacho condenado por asesinato e involucrado en un tráfico de emigrantes- nos sentimos desilusionados. Nos sabíamos de memoria nuestras respectivas historias o leyendas y esperábamos del recién llegado una de estreno.

En los calabozos de Villa Marista, sede nacional de la Seguridad del Estado, no hay espacio para caminar; y la única opción, entre interrogatorio e interrogatorio, es conversar sobre cualquier tema, para no pensar. Por la mañana, descubrimos que Lorenzo era un criollazo.

Nos relató, como quien cuenta una película, que a medianoche abordó con varios amigos y amigas la lancha “Baraguá”, una de esas que cruzan con pasajeros la bahía habanera. El grupo de piratas debutantes llevaba oculto en sus mochilas recipientes con combustible; y, además, contaban con un arsenal de desconsuelo: un revólver y un cuchillo.

Lorenzo apoyaba su narración con mímica teatral. “Llegué hasta la cabina y disparé dos veces. Una contra la proa y otra al mar. Entonces grité: ‘¡Esto se jodió, nos vamos pa’ Miami!’”. Al principio todo resultó a pedir de sueños. Entre los pasajeros había dos extranjeras -magníficas piezas de cambio- acompañadas por un par de rastafaris. En total, tenían una treintena de rehenes. La Bahía de La Habana quedaba atrás, y la embarcación se adentraba en el anchísimo Estrecho de la Florida.

Lorenzo cerró los ojos para disfrutar mejor de sus palabras. “Oigan, ya nos veíamos en las costas de Cayo Hueso enseñando unos carteles que habíamos hecho con frases contra el comunismo, para que los americanos nos dieran asilo político”. Lorenzo sonrió, como un chiquillo que recuerda una travesura. Al abrir los ojos, despertó de su aventura onírica. Su expresión se transformó en la de un adulto en peligro.

Nos contó, siempre auxiliándose con su gestualidad criolla, cómo el mar -un mar histérico- cambió de humor repentinamente. Imaginé las olas como cascadas continuas, la lancha a la deriva, a merced de ascensos y descensos bruscos y constantes. Vi en el rostro del negro el terror que sintieron aquellos cachorros de mar -secuestradores y rehenes- al saber que en esa situación de espanto se había agotado el combustible, incluido el de reserva.

Un guardacostas cubano se aproximó. A través de un megáfono uno de los guardafronteras los conminó a entregarse. “Pero nosotros, de eso nada. Respondí a gritos que teníamos a dos extranjeras. Que nos dieran combustible o la cosa iba a terminar mal”. Llegaron a un acuerdo. El guardacostas remolcaría a la “Baraguá” hasta el Puerto del Mariel. Allí le proporcionarían lo necesario para llegar a Estados Unidos, a cambio de que no lastimaran a los rehenes.

Lorenzo intentó esgrimir una sonrisa de consuelo, pero, errático, emitió un suspiro triste. “Era una trampa. Muy cerca del muelle, un hombre rana del Ministerio del Interior le hizo una seña a las extranjeras para que se lanzaran al agua. Una de ellas se tiró. Traté de impedir que la otra hiciera lo mismo, pero un pasajero -después supe que era un militar vestido de civil- me empujó, caí al mar y perdí el arma.

Varios hombres ranas me atraparon. En el agua comenzaron a golpearme. Continuaron en el muelle. Mis compañeros también estaban dominados”. “La cosa fue grande. Vino hasta Fidel. Nos dijo que si nos hubiéramos ido, dentro de unos años hubiéramos querido regresar”.

Lorenzo movió la cabeza seguro de su negativa. “¡Qué va! Yo hubiera hecho como mi padre, que se pasó la mitad de la vida preso, pero en el 80, cuando lo del Mariel, se fue a Estados Unidos, se cambió el nombre, estudió y se hizo ingeniero. Sí, yo iba a hacer lo mismo. Después reclamaría a Muñe, mi mujer actual; y a Rorro, mi hija, que es del primer matrimonio”.

Muñe -apócope de muñeca- vendía pizzas en su casa. Lorenzo la describía como una Venus de Milo, pero con brazos, cálida y cándida. Al hablar de Muñe la expresión del negro se asemejaba a la de un amante primerizo. Pero ella, como Rorro, desconocían que Lorenzo vivía dos existencias paralelas, y que con esa doble vida recorría su laberinto personal. Él era una moneda que giraba por el aire a cara o cruz, a mal o bien.

Lorenzo trabajaba días alternos como custodio de una policlínica del municipio de Centro Habana. Allí su actitud era ejemplar, nos aseguró. Mas sus días libres eran libertinos. Se dedicaba al proxenetismo y a la estafa, que ejercía a veces a través de juegos de azar. Otras, como “guía” de turistas inexpertos.”

“Una vez -nos relató entusiasmado- viajé a Pinar del Río con un francés. “¡Ah, qué vida! El francés lo pagaba todo: un apartamento que alquiló, bebida de la buena y las mejores jineteras. Allá el tipo conoció a una temba (mujer de mediana edad) y se quedó con ella. No sé qué le vio. Era un buen hombre, aunque muy confiado. Yo siempre me porté bien, jamás me aproveché de él”.

Nos miró con picardía y añadió: “¡Pero a otros…!”. En una ocasión Lorenzo me dijo: “Ricardo, qué lástima que te dio por la política. Con tu pinta y facilidad de palabra, serías un estafador de primera”. También nos hablaba de Rorro. Una linda adolescente que sabía valerse por sí misma. “Es como yo, pero honrada”.

El sobrenombre surgió cuando era una bebé, pues la madre y Lorenzo le cantaban para dormirla: “A rorró mi niña, a rorr mi amor”. La muchacha estudiaba la enseñanza media en Miramar, un reparto de la antigua -y actual- clase alta. “Papi, allá los autos son cómicos, la gente se viste cómico, las casas son cómicas. En fin, Miramar es una comedia”.

El día que a Lorenzo le entregaron la petición fiscal, le dijo al guardia que servía la comida: “Échame más, ¡qué soy un pena de muerte!”. Y se rió. Pero un rato después nos miró serio y comentó en voz baja, casi consigo: “Quién lo hubiera dicho, ¡yo deseando una sanción de 30 años!”. ´

Lorenzo regresó del juicio muy optimista. “Mi abogado dijo que cómo se iba a pedir sangre, si no se derramó una gota de sangre”. Y repetía a cada rato estas palabras, con el fervor con que un moribundo invoca a Dios. También nos comentó: “Ustedes no me van a creer, pero sentí más miedo cuando en el juicio vi el vídeo de la lancha subiendo y bajando en aquel mar furioso, que cuando yo estaba allí mismito, jugándome la vida”.

Esa noche nos llevaron a una oficina. A los cuatro por separado. Cuando llegó mi turno, un capitán me explicó que aunque a Lorenzo le pedían la pena de muerte, eso no significaba que lo fusilarían. “Pero -puntualizó el oficial- algunos condenados a la pena capital se desesperan y se suicidan por gusto, pues la sanción  es ratificada por el Tribunal Supremo o por el Consejo de Estado”.

Con este argumento solicitó mi cooperación para impedir -dado el caso- que Lorenzo atentara contra su vida. Accedí. Después me enteré que a mis otros dos compañeros de celda le pidieron lo mismo. Nunca supe qué le dijeron a Lorenzo. Desde entonces, la ventanilla de la puerta tapiada la mantuvieron abierta. Y afuera, un policía permaneció de guardia.

Al otro día por la tarde vinieron a buscar a Lorenzo. Regresó muy contento. “La Seguridad del Estado trajo en un auto a Rorró, a la mamá de ella y a mi madre. Me dijeron que el director del policlínico le iba a escribir al Consejo de Estado hablándole de mi buena actitud laboral”. Al rato vinieron de nuevo por él.

Ya a solas , el Chino, el otro muchacho y yo comentamos que esa visita era la despedida final. La policía política -y la otra- no acostumbra a traer a nuestros familiares para que nos visiten. Estábamos equivocados. No era la última despedida, sino la penúltima. Lorenzo retornó feliz. Dos oficiales fueron a buscar a Muñe y había tenido una visita con ella.

A discreción, mis compañeros de celda y yo nos miramos consternados. Comprendimos que Lorenzo sería ejecutado próximamente. Aquella tarde, la comida fue diferente a la habitual: medio pollo, arroz con moros, ensalada, vianda, postre y refresco. Lorenzo sospechó. “¿Medio pollo para cada uno?”.

El guardián lo tranquilizó argumentando que habían traído tantos pollos que no cabían en las neveras, y a todos los detenidos les estaban sirviendo la misma ración. Lorenzo le creyó -o simuló creerle. Era su última cena. Horas después, Lorenzo sintió un dolor en el pecho. Avisé al guardia. Se lo llevaron inmediatamente a la posta médica. Regresó al rato.

Nos aseguró que se sentía mejor después que lo inyectaron. Estaba soñoliento. Obviamente lo drogaron. Transcurridos unos minutos, dormía otra vez con la inmovilidad de los difuntos. Recordé la noche que lo conocí. Apenas -y a penas- había pasado una semana.

Sería medianoche cuando abrieron la puerta. En el pasillo vi a seis guardias. Uno entró y despertó a Lorenzo. Se levantó aturdido. Se calzó con torpeza sus zapatos sin cordones. Me miró como preguntándome: “¿Qué ocurre?”. Se lo expliqué con una mirada. Le di una palmada en el hombro, y lo vi partir a la muerte.

Foto: Frider, Flickr

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

2 comments

  1. Que HP los asesinos de los Castros, estos cabrones son los que merecen que los capen primero y después los cuelguen al sol hasta que se disequen.
    Si estos jóvenes hubieran tendidos otras oportunidades de vida en Cuba no hubieran cometido este error que les costo la vida , las llenas malditas sedientes de sangre no pudieron perdónales la vida .
    Me duele ese relato, y me hace sentir más repugnancia contra los tiranos
    Que decir , los cubanos llevamos luto ene el alma de por vida y todo por estos dejenrados que aun siguen ahi acabando con cuba y su pueblo.

  2. Yo no puedo aceptar la pena de muerte bajo ninguna circunstancia. La vida nos fue dada por la madre natura; por eso la sociedad no tiene ningún derecho para quitársela a alguien por ninguna razón. Peor aun, veo tanto sadismo en el proceso desde la declaración hasta la ejecución. Se mantiene el condenado en las mejores condiciones, con los máximos cuidados y se le privilegia en su alimentación como si se buscara el máximo placer sádico maximizando el cambio entre la vida plena y la muerte del condenado. Me recuerda mi infancia cuando yo mataba una pulga tratando de hacerla sonar lo más fuerte que podía como buscando placer de la venganza en el estampido.La condena a muerte es una muestra del salvajismo que las sociedades aun conservan.Este acto brutal es menos comprensible contra las personas que pretenden salir de estados forzados.

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