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Las siete etapas de Fidel Castro
Las siete etapas de Fidel Castro

Las siete etapas de Fidel Castro

En un país esculpido con consignas, intolerancias y símbolos, la partida de Fidel Castro, caudillo absoluto y padre fundador de la revolución cubana, cambia el juego en el tablero de ajedrez.

Ya nada volverá a ser igual. Ningún futuro autócrata podrá movilizar un millón de personas en una plaza, ni prometer zafras grandiosas, decir mentiras voluminosas o diseñar guerras emancipadoras lejos de nuestras costas.

Con la muerte de Fidel Castro se firmó el acta de defunción de su revolución. El propio Castro la desnaturalizó en 1976, cuando institucionalizó el país al estilo soviético. Dentro del proceso totalitario verde olivo hay siete etapas diferentes.

La primera etapa fue romántica, donde Fidel y sus barbudos eran una suerte de reyes magos y su narrativa política era simple: democracia, elecciones generales y justicia social.

La mayoría del pueblo aplaudió al tramposo. Fidel engañó a la opinión pública desmarcándose aparentemente del comunismo y seduciendo a un segmento amplio de intelectuales del mundo.

Luego vino su particular Toma de la Bastilla. Mareas rojas, confrontaciónes, fusilamientos a opositores y un amago de guerra civil en Bahía de Cochinos y siete años de lucha contra los alzados en el Escambray.

Se nacionalizaron las grandes industrias y el astuto Fidel Castro invirtió la alianza geoestratégica de Cuba afiliándose a la URSS. Fue la etapa de mayor violencia castrista. Con 50 mil presos políticos, gobernó el país como su finca privada y transformó a La Habana en la meca de la subversión mundial y de los movimientos guerrilleros descolonizadores.

Algún día, cuando se abran los archivos secretos del templete estatal y sin apasionamientos se juzguen sus contenidos, comprenderemos que Castro fue un irresponsable durante la Crisis de los Misiles.

Exhortar a Kruschov a que disparara primero un cohete atómico, condenando a su pueblo al exterminio, no fue un detalle cualquiera. De 1968 a 1976, Fidel Castro comenzó su etapa de mayor radicalización. Confiscó pequeños negocios, anestesió el arte y la cultura y acaparó todo el poder.

Desde esa fecha hasta 1991, comenzó a edificar una Cuba soviética. El ejército llegó a tener un millón de hombres sobrelas armas, cuatro mil tanques y doscientos cincuentas aviones Mig de caza.

Se profesionalizaron los servicios de espionaje y el control social comenzó aplicarse con protocolos científicos. La inteligencia cubana llegó a tener agentes en medio mundo y alrededor de cinco mil solo en la Florida.

Con la llegada de Mijaíl Gorbachov al Kremlin, y sus políticas de perestroika y glasnost, comenzó el declive del particular imperio castrista. Ya en la quinta etapa, Cuba aterrizó de golpe en la realidad: una nación empobrecida por los delirios económicos y las guerras de Castro I en países africanos y latinoamericanos.

Comenzó un doloroso período de indigencia. La gente se desmayaba de hambre en las calles, los bueyes sustituyeron a los tractores y los apagones diarios se extendían durante doce horas y más.

Una etapa que a pesar de los miles de balseros, por mar, aire o tierra y un conato de protesta popular en agosto de 1994, Fidel Castro pudo gobernar sin mayores contratiempos debido a la eficacia de su aparato de propaganda e inteligencia.

La sexta etapa fue un regalo de Santa Claus: Hugo Chávez, un ex paracaidista de Barina, de discurso atolondrado y manías de prócer iluminado, que jugaba a revivir el socialismo combinando un puñado de tonterías teóricas de Heinz Dietrich con supercherías religiosas y odas a Bolívar.

En su ocaso a Fidel Castro le llegó su obra cumbre, Venezuela. Quizás comparable a la victoria de Cuito Cuanavale, cuando dirigió a diez mil kilómetros de distancia esa batalla clave contra el ejército sudafricano.

El caso venezolano es para estudiar en escuelas de ciencias políticas y academias de espionaje. Castro conquistó a Caracas sin disparar un tiro. ¿Su receta? Ideología y asesoría en la sombra.

Fidel se transformó en una especie de Rasputín tropical. Jamás en la historia de la humanidad, un país con tres veces menos habitantes, cuatro veces menor PIB y un ejército de antiguallas logró colonizar a una nación extranjera.

Su simbolismo y narrativa fue suficiente. Chávez le abrió las puertas del Palacio de Miraflores a los asesores militares cubanos. Y el país sudamericano recibió treinta mil médicos y profesionales de diversas ramas.

La mitad de esa ayuda se pagaba con petróleo. El resto con dólares. La actual crisis venezolana, una tormenta perfecta, nace de la caída de los precios del petróleo, pero se agudiza por la interferencia de Cuba.

La séptima etapa, la actual, se inicia con la muerte política de Fidel Castro el 31 de julio de 2006. Su hermano Raúl, elegido a dedo, intenta desmontar el tinglado y enderezar las estructuras productivas.

En el contexto internacional, Cuba se guarda las pistolas y comienza la diplomacia. Raúl Castro, siempre detrás de la cortina, negoció con la iglesia católica y la cancillería española la liberación de un puñado de presos políticos; conversó secretamente con Estados Unidos e hizo posible el restablecimiento de relaciones con el viejo enemigo; ejerció de mediador para el fin de la guerra en Colombia; aligeró las excesivas deudas financieras internacionales y permitió que los cubanos fueran turistas en su propio país. Creánme que no es poca cosa.

Todo eso sin dejar de reprimir a la disidencia. El modelo represor de la era raulista es diferente y probablemente más eficaz. Los opositores pueden viajar al extranjero y si los detienen, suelen permanecer solo unas horas en calabozos policiales, salvo contadas excepciones.

Éste era el panorama de Cuba cuando en la noche del 25 de noviembre, por causas aún desconocidas, falleció Fidel Castro: un cuarto de millón de cubanos que han emigrado por diferentes vías en los últimos cuatro años, una economía que naufraga, corrupción estampada como un sello postal en la vida nacional, una bomba demográfica que se nos viene encima, apatía y descontento de la mayoría de los cubanos y una disidencia amateur tan descolocada como despistada.

Con la muerte de Fidel Castro, forzosamente, las cosas van cambiar en Cuba. No se puede seguir esperando buenos resultados con las viejas recetas económicas, políticas y sociales.

Fidel Castro era el pasado. Cuando llegó al poder no existía telefonía celular, internet ni matrimonios homosexuales. Habían naciones colonizadas y el comercio electrónico era un chiste de ciencia ficción.

La Unión Europea era un sueño en la cabeza del general francés Charles de Gaulle y nadie presagiaba el fin del comunismo ruso. Raúl Castro anunció que se retirará en febrero de 2018, dentro de un año y dos meses.

Según los cubanólogos, los posibles escenarios van desde neo castrismo, capitalismo de Estado a una dinastía. Y cualquiera de los tres, auguran, a mediano plazo desembocarían en una democracia.
La razón es sencilla: ya tocamos fondo.

Iván García
Martí Noticias, 7 de diciembre de 2016.

Foto: Esperando el comienzo del acto en la Plaza de la Revolución el martes 29 de noviembre. Foto de Mauricio Lima tomada de The New York Times en Español.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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