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La Habana: esperando el Air Force One

Si el plan de Barack Obama era potenciar la influencia de Estados Unidos en Cuba ganó terreno. Si su doctrina era introducir un caballo de Troya sigiloso que a golpe de internet, comercio y dólares volteara al gobierno de los hermanos Castro y abriera puertas a la democracia, habrá que esperar un plazo razonable para comprobar lo certero de su proyecto.

La autocracia militar y unos cuantos miles de sus seguidores ven con ojeriza las políticas imperialistas del Norte, aunque aceptan y hasta aplauden similares estrategias de Rusia o los delirios atómicos del estado gamberro de Corea del Norte.

El pueblo, ése que hace una comida caliente al día y desayuna solo café, suele tener una visión idílica del norteño país. No faltan los que afirman que las retóricas de Fidel Castro condenando al ‘imperialismo yanqui’ se convirtieron en un boomerang. Pero la simpatía de los cubanos hacia los americanos viene de atrás.

Los líderes independentistas, casi sin excepción (aunque algunos como Martí avizoraron el peligro del naciente imperio), idolatraban a la revolución norteamericana, su modelo social y productivo.

La influencia notable de la Casa Blanca en Cuba durante la etapa republicana, sus injerencias y políticas torpes, no erosionó lo suficiente la opinión mayoritariamente favorable hacia Estados Unidos.

En enero de 1959, el 70% de los latifundios, centrales azucareros y pequeños negocios estaban en mano del empresariado local. Casi saliendo de la probeta de ensayo, en la Isla aterrizaban los últimos inventos tecnológicos, marcas de automóviles, televisores a color y hasta un remedo de transmisiones satelitales, cuando utilizando un avión comercial se difundió una Serie Mundial de Grandes Ligas.

Cuba no era una provincia estadounidense, como nos quiere vender el régimen. El peso, la moneda nacional, tenía el mismo valor que el dólar y La Habana era una de las ciudades más modernas y funcionales de América Latina. No me voy a detener en el desastre que a la economía han ocasionado los hermanos Castro.

La ruptura y el caos también llegó en lo social, estético e ideológico. El régimen castrista cambió de alianzas y fue un actor importante durante la Guerra Fría como aliado del comunismo soviético.

Cuba fue una base de entrenamiento a guerrillas latinoamericanas y Fidel Castro se inmiscuyó en la guerra civil de Angola y Etiopía. Castro tiene el mérito incuestionable de haber colonizado a intelectuales y países de la región sin disparar un tiro.

Es algo inédito en la historia universal que una nación con tres veces menos habitantes y producto interno bruto, sin una flota de guerra y un ejército que es un ripio, haya sido factor clave en Venezuela y actor de peso en Ecuador, Bolivia, Nicaragua y un ente negociador para el fin de la guerra de más de medio siglo en Colombia.

La revolución cubana siempre fue más política que económica. Las calles, infraestructuras y edificaciones son verdaderas ruinas, pero en el contexto internacional, Raúl Castro no para de obtener éxitos.

Sin ofrecer nada a cambio, prometiendo aperturas a futuros negocios y saltándose la democracia, Castro II ha logrado que países occidentales le condonen una franja importante de la deuda externa.

La guinda del pastel llegó el 17 de diciembre de 2014, tras un año y medio de negociaciones secretas. Con Obama se puede discrepar de su doctrina, pero lleva razón cuando señala que tras cincuenta años, las políticas de Estados Unidos hacia Cuba habían fracasado.

Aunque un sector de la disidencia, el gobierno y numerosos cubanos de a pie culpan o agradecen a la Casa Blanca por el nuevo guión, el debate nacional debiera ser otro.

Los desastres económicos, sociales y políticos es un asunto de los cubanos. Estados Unidos vela por sus intereses. Los cubanos debemos perfilar y resolver nuestros problemas. Entiendo la decepción de un sector de la oposición y ciudadanos desilusionados que preparan las maletas para emigrar.

Las instituciones en Cuba, su prensa y sistema político no están diseñados para canalizar criterios discordantes. El adversario no es Estados Unidos ni mucho menos Obama: el enemigo es el atrincheramiento patológico del gobierno hacia su gente.

Es bueno que en lo económico se abran puertas. Ojala que el embargo se derogue. Pero ni lo uno o lo otro, presiento, mejorará la calidad de vida o democratizará la sociedad cubana.

La noticia de la visita de Obama a Cuba, el próximo 21 y 22 de marzo, despertó opiniones encontradas. Que van desde el realismo mágico y los petitorios exagerados hasta los análisis mesurados.

Falta un mes, pero en conversaciones por las calles, las opiniones tienen más que ver con el folclor y no con la trascendencia histórica de esa visita. Con familiaridad, muchos cubanos de a pie hablan de Obama como si fuese un socio del barrio.

Ahora, sobre todo en La Habana, se ven más banderas estadounidenses que nunca en balcones y viejos taxis; mujeres y hombres de todas las edades vistiendo ropa con las barras y las estrellas, y se venden fotos trucadas de Obama fumando un habano y con una gorra verde olivo.

La gente no espera milagros y muchos imaginan que el protocolo de recibimiento será al estilo de una estrella de rock. Quizás esa forma de ver las cosas sea positivo en un mundo donde los políticos habitan en otra dimensión. Pero esa banalidad, que puede generar cintillos de prensa, no será la llave maestra que destrabe el laberinto cubano.

Entre los jóvenes, la novedad será observar a La Bestia rodando por calles habaneras y ver al servicio secreto yanqui en su habitual despliegue, corriendo al lado de la limousine.

Es lo que han visto en películas de Hollywood. Para ellos, las propuestas sensatas de Obama pasan a un segundo plano. La disidencia lo ve de una manera muy distinta. Es que en Cuba hay Obama para todos los gustos.

Al margen de opiniones y divergencias, los cubanos cuentan los días para ver por la tele al Air Force One aterrizando en La Habana.

Iván García
Diario las Américas, 22 de febrero de 2016.

Foto: Tomada de Soda Head.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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