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José Martí: rescatemos al prócer

Pepe Martí (1853-1895) estaba marcado para morir. Hay hombres demasiado grandes para ser interpretados en vida. Sus dotes de orador y político estaban a un siglo de distancia de aquellos recios y anárquicos mambises.

Probablemente nunca lo comprendieron. Aunque la historia oficial intenta barrer el hollín debajo de la alfombra, Martí fue un extranjero en su propia patria.

Gigantes como Máximo Gómez y Antonio Maceo desconfiaron de aquel alfeñique vestido de negro que cuando se inspiraba hablaba como Dios, pero nunca había participado en una carga al machete.

El Apóstol fue más útil muerto que vivo. Algo de eso debió intuir Martí aquella mañana aciaga del 19 de mayo de 1895, cuando en un arrebato de heroísmo, espoleó a su caballo Baconao directo al fuego enemigo.

Su muerte en una escaramuza absurda, 120 años después, todavía duele. De su caída en Dos Ríos se ha especulado lo suficiente.

Las hipótesis son diversas. Que van desde el suicidio político, sustentada por Cabrera Infante, a inmolarse por la sencilla razón de que solo muerto era capaz de unir a los cubanos.

Nadie puede saber qué premonición dantesca pasó por la cabeza de Pepe, cuando vestido como para una boda recibió un disparo mortal. Nunca fue el típico héroe americano. El espadón y el máuser no eran su fuerte.

Sus dotes de guerrero no eran comparables con el Libertador Simón Bolívar, Antonio José de Sucre o San Martín. Tampoco tuvo la habilidad militar de un George Washington o la agudeza jurídica de los Padres Fundadores, quienes en un salón de Filadelfia plasmaron una breve y fabulosa Constitución.

Nos quedamos con su loable visión política, su amor a prueba de bombas por Cuba y la capacidad de unir a los ególatras guerreros de nuestra Independencia.

Sus crónicas americanas, poesía modernista y su programa político son una cátedra de estudio que un siglo después aún transciende. Los despojos a Martí y la manipulación de su narrativa son casi una ciencia exacta para el régimen. Fidel Castro transformó al Apóstol en un auténtico marketing político. Una marca registrada de la casa.

También algunos opositores lo monopolizan a placer. Las referencias martianas, sacadas al bulto, se han vuelto de uso obligado. Disidentes y seguidores del gobierno lo emplean como pie forzado para sustentar su ideario político. Es el héroe de los dos bandos.

Lo mismo lo pueden citar en una lid de boxeo, la apertura de un festival de cine, que en un simposio sobre flora y fauna. Si algo sobra en Cuba son citas martianas.

Tanta letanía aburre a la generación del iPhone y los videojuegos. Los maestros emergentes no se han ocupado de bajar del pedestal a José Martí. La imagen que tienen muchos adolescentes es la de un tipo grave que nunca sonreía y vestía como funerario. Un prócer sin gancho.

Los jóvenes quieren conocer a un José Martí de carne y hueso. Como si fuese su vecino del barrio. Saber que fue un hombre adúltero en sus relaciones amorosas y que bebía más ginebra de lo recomendable lo hace un héroe más cercano.

Pero los medios del gobierno siguen apostando por vendernos a un Martí de atrezzo. Infalible, antiimperialista y perfecto. Cosa que no era. Percibió las apetencias imperiales de la naciente y pujante Unión Americana. Pero también admiró sus raíces liberales y el juego democrático.

La falta más grave del régimen de los Castro, intentando demostrar que su revolución es la continuidad de la obra martiana, es alistarlo coqueteando con la ideología marxista. Lo manejan a conveniencia. A sabiendas de que José Martí vislumbró el peligro que engendraba la ideología del alemán Carlos Marx.

Me quedo con una cita: «Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas y el de la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos de poder, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados».

Traernos de vuelta a un José Martí creíble es la tarea de los que velan por su obra. Sobre todo para convencer a la nueva generación de que aquel hombre formidable fue mucho más que un poeta o político vestido de luto y mirada triste. Debemos rescatar al prócer.

Iván García

Foto: Estatua del Apóstol, obra del escultor italiano Giovani Nicolini, que desde el 10 de octubre de 1906 preside el Parque José Martí de la ciudad de Cienfuegos, a 256 kilómetros al sureste de La Habana. Tomada de Mountain Travel Photos.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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