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Gabriel García Márquez canta un bolero

A mí la muerte que me duele es la de Gabriel García, aquel viejo reportero de Aracataca que se dejó el bigote para parecerse al cantante Bienvenido Granda.

Un hombre que le gustaba soñar y escribir novelas, agudo y generoso, que descubría la belleza cada vez que miraba por primera vez a una mujer, trataba de usted a las palabras y al que la vida le dio toda la gloria literaria del mundo -hasta un Premio Nobel-, pero lo dejó morir sin permitirle escribir la letra de un bolero.

Como su obra sacó a Gabriel García Márquez de las fronteras terrenales es bueno ahora y siempre recordarlo dentro de sus guayaberas, sus liquiliques y sus pasiones. Y la música era el centro de su universo. Estaba convencido de que Cien años de soledad era un vallenato de 450 páginas y que El otoño del patriarca se escribió con la estructura de un concierto de Bela Bartok, porque era lo que estaba escuchando antes de sentarse a escribirlo.

Confesó hace tiempo que se pasó un año con Armando Manzanero encerrado en estudios y bares para tratar de escribir un bolero. Después hizo otros talleres con Silvio Rodríguez en La Habana, pero no le salió.

Eso sí, los cantaba. Yo lo escuché entonar el bolero Usted en un cabaret de Santo Domingo, en el verano de 1979. Lo acompañó un conjunto local, un ventú, que lo seguía leal y desacompasado. El locutor lo había presentado como el cantante colombiano Gabriel García. Al final, lo aplaudieron hasta la locura el poeta Pedro Mir, el ensayista Manuel Maldonado Denis y otros intelectuales que estaban en su mesa. El público, que nunca identificó al bolerista con el escritor, lo despidió con una armoniosa mezcla de indiferencia y abucheos.

García Márquez comenzó su carrera como músico en el París de los 50. Cantaba a dúo con el pintor venezolano Jesús Soto un repertorio de rancheras y boleros. Ya había escrito La hojarasca. Y se sintió mejor en ese camino.

Éste es el momento de volver a revisar también su periodismo, que está obligado a renacer porque la obsesión por el debate técnico, la muerte del papel y los nuevos soportes han pasado a un olvido apresurado y peligroso, donde las piezas para llenar la hoja moribunda y las pantallas flamantes tienen que ser historias humanas interesantes, atractivas y bien escritas, con más entrega a la invención y la magia que a organizar con disciplina y buena memoria una colección de lugares comunes. Se impone un repasón a aquellas columnas que García Márquez sólo entregaba a los diarios después que su maestro Álvaro Mutis le pasara el lápiz rojo.

Como esta vez es verdad que se ha muerto, en mi caso particular, lo voy a recordar, además, con una gratitud que viene de las claridades que se añoran en las celdas de castigo. Porque sé bien que gracias a la intervención de su amigo el escritor y Plinio Apuleyo Mendoza, García Márquez hizo gestiones en el entorno de su otro amigo, Fidel Castro, para que me sacara de la prisión cubana donde cumplía una condena de 20 años por escribir periodismo sin mandato.

Es casi imposible aceptar que un hombre brillante, culto y sensible haya sido leal a una amistad de esa categoría, pero, desde luego, nadie puede elegir los amigos de otras personas. Es un tema complejo que algunos han justificado con el carácter telúrico de las relaciones amistosas en América Latina y que el mismo García Márquez llevó más lejos: «Mi sentido de la amistad es tal que recuerda un poco al de los gánsters».

Estoy seguro de que a pesar de esas fidelidades macondianas, el humor y la tolerancia le permitían al autor de Vivir para contarla, su autobiografía, ciertas fragilidades en la coraza de bambú que se inventó para almorzar con dictadores y gorilas, con la ilusión de que esos comensales le enseñaban el hielo -la Revolución en América Latina- y le permitieran compartirlo con ellos antes de que se hiciera agua tibia y después vapor.

En la primavera de 2005, poco después de llegar a España con mi familia, vinieron de visita a Madrid Gabriel García Márquez y su esposa Mercedes. Nos invitaron a Blanca y a mí a cenar. Después de una larga sobremesa en la que estuvieron Eliseo Diego y Heberto Padilla, entre otros amigos, el escritor y yo nos pusimos de pie y avanzamos hacia la puerta. Allí, se volvió hacia las mujeres y dijo en voz alta: «Qué clase de foto se está perdiendo Granma».

Voy a poner unos boleros.

Raúl Rivero

El Mundo, 18 de abril de 2014.

Foto: García Márquez con su esposa Mercedes Barcha, con quien se casó en marzo de 1958 y madre de sus dos hijos, Rodrigo, nacido en 1959 y Gonzalo, en 1962. Tomada de El Universal de México.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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