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Emigración cubana, ¿diálogo o enfrentamiento?
Emigración cubana, ¿diálogo o enfrentamiento?

Emigración cubana, ¿diálogo o enfrentamiento?

La Casa Bacardí es un salón anexo a tiro de piedra de la Universidad de Miami. Una mañana de otoño de 2016 sería la sede de un evento donde participaron el analista político y escritor Carlos Alberto Montaner, Agapito Rivera, quien peleó en el macizo montañoso del Escambray contra el ejército de Fidel Castro a mediados de los años 60 y el poeta y ex preso político Ángel Cuadras, que cerró el programa. El público estaba constituido mayormente por jóvenes activistas disidentes y periodistas independientes que residían en Cuba y desconocían las interioridades de aquella oposición que enfrentó al régimen castrista con las armas y la subversión.

El aparato propagandístico manipuló y tergiversó ese trozo de la historia. Los combatiente de Bahía de Cochinos eran burgueses que venían a recuperar sus propiedades confiscadas por la revolución verde olivo de Fidel Castro y las guerrillas del Escambray una banda de asesinos. Mi amigo Carlos Alberto Montaner, cuyos artículos leía a hurtadillas en el preuniversitario, según la historiografía oficial, con solo 16 años era un viejo zorro de la CIA y terrorista confeso. Ángel Cuadras era un ‘contrarrevolucionario’ y no se publicaba en Cuba, suficiente para borrarlo de la cultura cubana.

Con esa tarjeta de presentación cualquiera pensaría que Carlos Alberto, Agapito y Ángel eran personas intolerantes e intimidantes. Nada más lejos de la realidad. Eran tres ancianos con sus achaques a cuestas que coincidían en un punto: la guerra contra Castro se perdió, pero ellos dieron batalla. Los tiempos cambiaron. Ahora la oposición es pacífica. Pero el plan se mantiene en pie, la aspiración de una Cuba democrática.

Mientras la voz quebrada de Cuadras declamaba que en Playa Girón ambos bandos que peleaban eran cubanos y ambos grupos iban a la batalla ondeando la bandera de la estrella solitaria y cantando el himno nacional, muchos de los presentes nos preguntábamos cual sería la mejor estrategia para negociar con el régimen un futuro diferente.

Eran los años de la doctrina Obama, que contaba muchísimos partidarios en la población y la disidencia. ¿En qué consistía el plan de Barack Obama? La respuesta, simple: cambiar de política, porque la línea dura de otras administraciones estadounidense no había funcionado. Incluso los que estaban en desacuerdo con Obama pensaban que, como en toda negociación, la táctica debió ser proud quid pro.

La autocracia castrista, con su relato de víctima, del David frente a Goliat, del país sitiado por los yanquis, de pronto, se quedó sin argumentos. El castrismo fue capaz de ganar en Bahía de Cochinos, pero perdió la narrativa del diálogo y la tolerancia. Solo le quedaban las quejas, repetir el viejo discurso y las exigencias absurdas.

Quedaron en evidencia ante su pueblo. No les interesó apostar por la democracia. Nunca les importó pactar con el exilio. No se sentían a gusto teniendo relaciones normales con Estados Unidos. Y es que la piedra filosófica del castrismo es mantener de forma perpetua un enemigo. Como los vampiros viven de chupar sangre. El sistema cubano se alimenta del discurso imperialista, siempre que sea estadounidense, pues jamás han condenado las agresiones chinas o rusas.

¿Era correcta la estrategia de Obama? ¿O las medidas restrictivas de Trump son más eficaces? Cada bandería tiene sus argumentos sensatos. Pero, dudo, que cualquiera de las dos estrategias pueda provocar un cambio en Cuba. Las reformas en nuestra patria van a llegar más temprano que tarde.

Quizás por otras vías. Ojalá que no sea a través de un estallido social. Pero el cambio viene en camino. No necesariamente será un proyecto democrático. Probablemente no lo sea. Depende del balance de fuerzas.

La oposición interna, desunida y desenfocada, ha cometido un delito capital. Transferir el liderazgo a las organizaciones del exilio en Miami. Es imposible que funcione una disidencia a distancia. Una nueva oposición debe instalarse en la Isla y de manera autónoma trazar los proyectos que se entiendan puedan ser los más efectivos.

Los grupos del exilio deben ser voz acompañante. No los que diseñan las estrategias. Mientras desde Miami te soplen por WhatsApp que se debe o no se debe hacer, la oposición cubana seguirá siendo irrelevante. Las batallas, proyectos y petitorios no se ganan con pleitos en las redes sociales. Se ganan con los pies y el oído puesto en la tierra. Haciendo proselitismo entre los cubanos y logrando capitalizar el amplio descontento social que ahora mismo existe en Cuba.

Cuentan que durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin estaba con sus generales disponiendo algunas estrategias de combate, cuando un edecán le dijo al dictador que el Vaticano le había declarado la guerra a la URSS. Stalin miró a la maqueta y quiso saber cuántas divisiones de tanques podía poner esa gente en el campo. Ninguno, le respondieron sus generales. Y siguió preparando la próxima batalla contra Alemania, el enemigo real.

Mientras la oposición interna no sea capaz de convocar a cinco o seis mil cubanos a una marcha de protesta, el régimen no negociará nada con ellos. El arma de la disidencia para enfrentar al gobierno es el pueblo. De su capacidad para movilizar a la gente, depende que la autocracia los tome en cuenta.

Las cruzadas en las redes sociales y los proyectos disidentes que solo son conocidos por sus partidarios, mientras beben café en la sala de su casa, jamás van a tener éxito. El exilio miamense no debiera desgastarse en una polémica contra Haila por besar a Fidel Castro o si el ex pelotero Víctor Mesa fue un delator. Son cosas menores.

Lo razonable y fecundo es exigir en foros internacionales el derecho a entrar y salir de su patria sin pagar gabela ni utilizar visado. Reclamar su derecho a participar en la vida política nacional, a elegir y ser elegido. A poder invertir y pagarle directamente a los trabajadores. A ser escuchados como cubanos que también son.

Aunque el régimen pretenda ningunearlos, el poder económico y político de los emigrados es considerable. Las estadísticas oficiales intentan silenciar una realidad aplastante: las remesas constituyen la segunda industria en Cuba, después de la exportación de servicios médicos. Al ser las remesas un capital importante, empresas militares del régimen han diseñado un tejido comercial para captar esas divisas y reinvertirlas en la construcción de campos de golf y hoteles de lujo.

Los exiliados tienen dos canales para demandar sus derechos: negociar con el régimen o enfrentarlo. No con balas. Viajando a la Isla y haciéndose escuchar. Sería más eficaz que miles de compatriotas organicen una marcha de protesta en Cuba y no en las redes sociales. Si la oposición interna no funciona, el exilio vociferante debiera dar la cara.

De aquel evento en la Casa Bacardí de Miami me quedó algo claro. Que la incipiente oposición cubana perdió la guerra, pero arriesgó el pellejo. En la caliente. No desde un apartamento en Brickell. Fuera del ring, cualquiera es guapo.

Iván García

Foto: Tomada de AATS.

Sobre admin

Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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