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El Estado y yo

Hace unas semanas, llamé a diferentes ministerios de la rama económica pidiendo datos y cifras. De manera humillante me dijeron que esos asuntos no eran de mi incumbencia. “Confía en Fidel y Raúl, ellos siempre ejecutarán lo mejor para el país,” me respondió un tecnócrata en tono de discurso.

Nací en 1965 y desde que aprendí a leer, en todos los manuales escolares imperaba el gastado eslogan marxista, de que el pueblo era el verdadero y único dueño de la propiedad y los medios de producción.

Entonces me sentía un niño importante. Cuando estudiaba en la secundaria, ingenuamente pensaba que tenía derecho a recabar información sobre la economía y las finanzas de mi país. Todo resultó una estafa. Ya adulto, me dí cuenta que en una sociedad socialista de corte marxista, el papel del Estado es parecido al de un señor feudal del siglo 18.

Para mí, democracia es que los líderes sean elegidos y depuestos por los votos de su ciudadanía. Y un presidente, parlamentario o ministro debe realizar una función pública, transparente a más no poder, y está obligado a rendir cuentas.

En “dictaduras del proletariado” como la cubana, no sucede así. Los jerarcas están por encima del bien y del mal. Son una especie de dioses. Reportan a medias. Esconden números. Trucan las cifras. O no  informan nada.

Si un tipo, supuestamente más brillante que toda una nación, se considera superior al resto de sus ciudadanos, y cree posible diseñar un modelo social y económico novedoso, extravagante y mejor a cualquier otro conocido, y cuando llega al poder piensa que de forma individual puede satisfacer las necesidades de la gente, entonces, ¿no le resultaría más simple proclamar una monarquía y regir los destinos de una nación por los siglos de los siglos?

En Cuba, al ser el Estado propietario de las industrias y todos los bienes del país, imponen festinadamente impuestos y pesados gravámenes al dinero, la propiedad y el consumo. Sin dar explicaciones.

Les pongo ejemplos. De buenas a primera, suben los precios de productos de alta demanda como aceite, jabones y gasolina, sin consultar con la población. “Al diablo, soy el dueño de la finca”, pensarán. De esa forma, cavilando como vulgares terratenientes y sin sonrojarse, imponen una pesada renta de circulación a artículos que el Estado considera suntuarios.

“Estos analfabetos económicos no entienden mi estrategia”, rumiarán. Ahora, en el caso de los nuevos impuestos al trabajo por cuenta propia, éstos pueden ser de hasta un 40%. Arbitrariamente lo han acordado, argumentando que servirá para mejorar el desempeño de la burocracia estatal y aligerar sus colosales gastos.

Ha quedado demostrado. El Estado cubano es  altamente ineficiente. No suele generar ganancias. Y en pos de mantener ciertos logros sociales, clava entre la espada y la pared a la gente emprendedora que crea riquezas. Los castiga por su talento.

Los políticos rigen el mundo. Son un mal necesario. Pero deberían tener claro que ellos se deben a su gente y no al revés. Y recuerdo lo que me dijo ese funcionario, que debo confiar en Fidel y Raúl.

Prefiero seguir en mis treces. Exigir que no se me oculten cifras ni presupuestos económicos. De lo contrario, no puedo creer en las buenas intenciones de los hermanos Castro. Y lo es lo que está aconteciendo. Hace muchos años.

Iván García

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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