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El Comandante se queda sin amigos

Cuando se trata de Gabriel García José de la Concordia Márquez (Aracataca, Colombia, 1927) el mito y la realidad se funden. La primera vez que escuchó el nombre de Fidel Castro, creía recordar el Gabo, fue en el barrio Latino de París, en 1955.

Se cuenta que el poeta cubano Nicolás Guillén le habló de un inexperto abogado recién salido de la cárcel. Se llamaba Fidel y había asaltado un cuartel en Santiago de Cuba. Lo que no se sabe en qué términos se refirió Guillén a Castro.

El autor de Negro Bembón, comunista convencido y miembro del Partido Socialista Popular (PSP), probablemente describió al sedicioso de Birán como un pequeño burgués, un comegofio o un pichón de gánster. Al menos ése era perfil que el PSP le encajó al entonces desconocido Castro.

En 2002, a raíz del lanzamiento de Vivir para contarla, libro autobiográfico del Gabo, el barbudo, mitómano de libro, publicó en Juventud Rebelde su mejor crónica periodística, al intentar demostrar que un joven reportero que se empecinaba en desbaratar una máquina de escribir Underwood a patadas, tras la muerte de Eliécer Gaitán en Bogotá, era Gabriel García Márquez.

Castro, según su crónica, fue en su ayuda y le solucionó el problema de la manera más fácil: estrellándola contra una pared. En las tantas madrugadas que Fidel Castro y García Márquez charlaron tomando termos de café en la residencia de Protocolo número 6, en El Laguito, al oeste de La Habana, el Comandante siempre le intentaba colar sus peregrinas teorías.

El colombiano, que solo hizo revolución con la pluma, por cortesía, no contradecía al guerrillero. Es que de aquella Bogotá lejana, él solo recordaba las tertulias literarias, la redacción del diario El Espectador, las putas y las farras de tres noches y cuatro días bebiendo como un cosaco con sus amigos, entre vallenatos y boleros.

Gabo contó que vio por vez primera a Castro en el aeropuerto de Camagüey, provincia a 500 kilómetros al este de La Habana. Sea como fuese, la realidad es que los dos hombres fueron amigos.

En 1959, Gabriel se buscaba la vida haciendo periodismo y desde Caracas recaló en la isla, en busca de noticias frescas sobre la revolución. Entonces, García Márquez aún no había parido a Macondo ni a don Aureliano Buendía. Algunos cuentos menores y una novela corta, Hojarasca, eran todo su curriculum literario.

Junto a su amigo Plineo Apuleyo fue corresponsal de Prensa Latina. Luego, ya un gigante, tras su Nobel en 1982, cuando enalteció el realismo mágico de América Latina y demostró que Macondo no era un invento, sino un continente en tiempo real que nacía después del Río Bravo y se extendía hasta la Patagonia, más que amigos, Fidel y García Márquez fueron cómplices.

Un par de veces, Castro utilizó sus favores para mandarle recados a Bill Clinton. A la residencia del Gabo, en las afueras de la capital, Castro llegaba sin avisar. «Siempre me envía los borradores de sus libros», escribió una vez el Comandante.

En cambio, el hombre fuerte de Cuba, le soplaba primicias que un periodista de primera línea como el Gabo sabía utilizar. Operación Carlota, sobre la participación de tropas cubanas en Angola o Naúfrago en tierra firme, acerca del niño balsero Elián González, fueron fruto de esas confidencias.

Criticado por sus adversarios por su amistad con un autócrata, contra todas las tempestades, García Márquez mantuvo su afecto a Fidel Castro. Pero no se entusiasmó demasiado con los nuevos caudillos y revoluciones del siglo 21. Mantuvo distancia con Chávez, Evo Morales y comparsa.

Al Gabo no le gustaban los clones. Prefería a los originales. Y Castro, gústenos o no, lo era. Su muerte impactó en la isla. Aunque tal vez se tenga la impresión de que la gente siguió en lo suyo. Intentando comprar papas, conseguir leche en polvo o polemizando sobre el fin de la temporada de béisbol. Pero no. Su partida caló.

El cubano de a pie tuvo el privilegio de leer sus libros a precios módicos. Siempre el de Aracataca donaba a Cuba sus derechos de autor.

Cuando en La Habana vendieron Amor en tiempos del cólera, las colas para adquirlo eran de cuadra y media. No pocos marginales de barrios habaneros, por tres vasos de azúcar prieta, dos cajetillas de cigarros y una lata de leche condesada (todo un lujo en una cárcel cubana), alquilaban en la prisión Noticias de un secuestro o El coronel no tiene quien le escriba.

Los cubanos lo veían como suyo. Fue amigo de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Tenía una colección antológica de música cubana. En diciembre de 1986, en San Antonio de los Baños inauguró la Escuela Internacional de Cine y Televisión, filial de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, su legado en Cuba.

Fidel Castro vuelve a perder otro amigo. En un año, Dios se ha llevado a Nelson Mandela y Hugo Chávez. Ahora se va el Gabo. Un amigo en toda la extensión de la palabra.

El único pleito conocido fue un desmentido que le exigió Castro cuando García Márquez contó que una tarde con un sol de plomo, Fidel llegó a su casa y se comió 18 bolas de helado.

A Castro no le gustó. En esa crónica de 2002 en Juventud Rebelde dijo: «Protesté con la mayor energía posible». Y exigió que lo enmendara. Gabo no lo hizo. Como tampoco él a Castro le pidió que corrigiera el error histórico, al querer introducirlo en el escenario de las revueltas del Bogotazo.

Al Comandante la vida se le hace larga. Socios y adversarios de la Guerra Fría ya están en el otro mundo. Y él sigue aquí, en la capital del Macondo caribeño.

Nadie mejor que el Gabo perfiló un continente de atorrantes, iluminados, fiesteros y borrachines. Por estos lares, el que no sepa bailar, cantar sin llorar al escuchar un bolero o una ranchera, beber sin embriagarse un litro de aguardiente, contar historias de putas y respetar solo a la mujer de sus amigos, a todas luces, no es oriundo de la América hispana.

Un sitio donde la democracia suele ser una palabra ajada que cada cual manipula a su antojo. El Estado, un trofeo de caza. Y mirar el reloj o concertar citas de media hora es cosa de gringos y europeos.

García Márquez pedía paciencia a la vieja Europa. En su discurso al recibir el Nobel de Literatura, contaba que la democracia y las instituciones se establecieron en Europa luego de 300 años de barbarie. Suiza, decía, es lo que es hoy, tras siglos de soldados mercenarios y pobreza abrumadora.

El mundo perdió a uno de los mejores escritores de habla castellana. Una referencia para periodistas y un suceso para sus lectores. Fidel Castro perdió más. Tal vez su último amigo.
Iván García

Foto: La Habana, 3 de marzo de 2000. Fidel Castro y Gabriel García Márquez conversan animadamente durante la cena por el Festival Internacional del Habano. Tomada del diario dominicano Hoy.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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