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Cubanos opinan sobre Miguel Díaz-Canel

Cubanos opinan sobre Miguel Díaz-Canel

Verano de 1993. Cuando caía la noche en Falcón, poblado al borde de la Carretera Central, atravesado por los ríos Sagua la Chica y Jagüeyes, la gente se sentaba en la puerta de sus casas a contar historias y beber ron casero destilado con heces de vaca.

Eran los años duros del período especial y en Falcón, como en el resto del territorio nacional, durante los extensos apagones programados de doce horas que por decreto oficial transformaban a Cuba en una isla oscura y silenciosa, los cubanos mataban así el tiempo e intentaban hacer más llevadero el calor veraniego.

En una finca particular de Falcón, en el municipio Placetas, Villa Clara, a unos 320 kilómetros al este de La Habana, el 20 de abril de 1960 nació Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, bisnieto del asturiano Ramón Díaz-Canel, quien a mediados del siglo XIX emigró a Cuba en busca de una vida mejor.

Buena parte de los casi 6 mil habitantes de Falcón, un sitio idilico donde a los lejos se escucha el cantío de los gallos, se dedican a la ganadería, la cosecha de tabaco y la siembra y recogida de viandas y hortalizas. La fiesta principal son las parrandas, que enfrenta a dos barrios, sagüeros y jagüeyeros. Todavía los falconeros, entre ellos Díaz-Canel, recuerdan la inundación del 18 y 19 de agosto de 2008, cuando por las intensas lluvias de la tormenta tropical Fay, muchos vecinos tuvieron que correr hacia una loma cercana. No hubo muertos ni heridos, pero sí importantes pérdidas materiales.

Antonio, jubilado, oriundo del lugar, cuenta que “unos años atrás, Díaz-Canel era flaco, se dejaba el pelo largo y le gustaba la música americana. Él y su familia eran y son buenos ciudadanos. Antes de ser elegido primer secretario del Partido en Villa Clara -una suerte de alcalde- tuvo un puesto importante en la Unión de Jóvenes Comunistas. Pero el hombre llegaba con el apagón a su hogar y si le tocaba, hacía la guardia del CDR o se ponía a hablar de deportes con cualquiera”.

En los nueve años que administró Villa Clara, una provincia con 13 municipios y poco más de 800 mil habitantes, la valoración popular fue de notable. “El brother andaba en bicicleta china por toda la ciudad y a pesar de las carencias, siempre se preocupaba por los villaclareños. En la radio local inauguró el programa Alta Tensión y los oyentes podían hacer llamadas y reportar sus quejas. Fue el primer político cubano que autorizó un centro nocturno con actuaciones de homosexuales y travestis”, rememora Elpidio, residente en La Esperanza, Ranchuelo, Villa Clara.

En 2003 fue promovido a primer secretario del Partido en la provincia de Holguín, a 800 kilómetros al noreste de La Habana. “En Holguín, Díaz-Canel no fue tan espontáneo como en Villa Clara. Dejó de sonreír y engordó como otros dirigentes partidistas y funcionarios estatales. En sus intervenciones incorporó la jerga de los apparatchiks”, señala el holguinero Daniel, hoy viviendo en la capital.

En Holguín conoció a su actual esposa Lis Cuesta Peraza. Hizo algo poco habitual en el comportamiento machista de los burócratas comunistas: en vez de tenerla como amante, se divorció de la madre de sus dos hijos y se casó con Cuesta, una profesora que laboraba en el Instituto Superior Pedagógico José de la Luz y Caballero. “Ojalá se convierta en primera dama, le daría más caché, porque no es lo mismo ver a los presidentes solos, como si fueran solteros o viudos, que acompañados de una mujer, sobre todo si está preparada como ella”, expresa Mercedes, maestra retirada.

En 2009, Díaz-Canel fue nombrado Ministro de Educación Superior, cargo que ejerció hasta 2012. Ya para entonces, solía vestir con la típica guayabera blanca, el uniforme de los mandarines criollos. “En esos tres años como ministro, no recuerdo ninguna normativa novedosa o atrevida de Díaz-Canel. Al contrario, continuó con la misma muela del socialismo, citas de Fidel y el estribillo de que la universidad es solo para los revolucionarios”, apunta Sergio, ingeniero.

La autocracia verde olivo, un sistema disparatado donde prevaleció el personalismo, nunca propició que se engendraran políticos de calibre. Gobernaba Fidel. El resto aplaudía y cumplía órdenes. En julio de 2006 a Castro se le reventó el intestino y en un ‘dedazo’ histórico, nombró sucesor a Raúl, un conspirador nato con manías dictatoriales, pero que tenía por costumbre trabajar en equipo y escuchar otros puntos de vista.

Según las malas lenguas, a Castro II le agradan las personas bien parecidas. Sea por su físico o por su curriculum, lo cierto es que cuando releva a su hermano, ya le había echado el ojo a Díaz-Canel, un tipo por el cual suspiraban algunas cuarentonas. En 2012, al designarlo vicepresidente del Consejo de Estado, Raúl lo ubicó a un escalón de la presidencia. Han pasado seis años, pero Díaz-Canel sigue comportándose con cierta timidez en el escenario público.

“Parece como si aún viviera en Falcón”, señala el jubilado Antonio. “A veces se le ve cohibido, apendejado”, dice Yadira, estudiante universitaria. “Su comportamiento es contradictorio. Me acuerdo que fue el primer dirigente en aparecer con una tableta en una reunión del partido”, añade Víctor, también universitario. Rogelio, taxista privado, opina que “Canel un día habla como si fuera un político liberal y al día siguiente hace un discurso propio de los dictadores”.

De buena tinta, en La Habana se rumora que gracias a Díaz-Canel, el ICRT transmite en vivo los partidos de fútbol del Real Madrid y el Barcelona. “El socio es culé (barcelonista) a morirse. De ésos que cuando pierde el Barça le sube la presión. Creo que cuando coja confianza en la presidencia, hará gestiones para que se trasmitan partidos en vivo de la NBA y las Grandes Ligas. Es muy amante de los deportes”, comenta un productor de la televisión estatal.

El periodista puertorriqueño Benjamín Morales, de El Nuevo Día, el pasado 17 de abril escribía: “Placetas, donde la localidad de Guaracabulla ostenta una ceiba que marca lo que se supone sea el centro de la isla, a partir de esta semana podrá decir que es también el epicentro de la dirigencia cubana, cuando Miguel Díaz-Canel, su hijo más célebre, se convierta en el primer presidente que no se apellida Castro Ruz ni fue guerrillero”.

Después de recoger opiniones a pie de calle -y entre las cuales no figuraba la de Antúnez, conocido opositor de Placetas- Morales resumía: “El entusiasmo embarga a los pobladores, pero ellos no se dejan cautivar en exceso, pues entienden que los cambios son buenos, siempre y cuando no afecten lo que es beneficioso para el pueblo”.

Para la mayoría de los habaneros, ocupados en llevar cada día un plato de comida a la mesa familiar y tratar de sobrevivir a las penurias del socialismo caribeño, la cacareada sucesión presidencial no ha colmado sus expectativas.

“Es más de lo mismo. Lo veo como una extensión del fidelismo, con otro nombre, tal vez instaure el ‘canelismo’. No espero grandes cosas de él. Si logra salvar el desastre en que se ha convertido Cuba, habrá que erigirle un monumento”, manifiesta Diana, empleada bancaria.

Miguel Díaz-Canel igual puede transmutarse en un Adolfo Suárez que convertirse en otro Nicolás Maduro. Habrá que esperar.

Iván García

Foto: Miguel Díaz-Canel (camisa blanca y brazo levantado) y su esposa Lis Cuesta, rodeados de segurosos, se dirigen a votar a su colegio electoral de Santa Clara, el domingo 11 de marzo de 2018. Tomada de USA Weekley.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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