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Cuba y su realismo mágico en política

En la literatura latinoamericana, el realismo mágico tiene autores de peso como Alejo Carpentier, Arturo Úslar Pietri o el genio de Aracataca, Gabriel García Márquez, que con Macondo retrató a un continente de bribones, atorrantes y caudillos ampulosos.

En la política, el realismo mágico tiene en Fidel Castro a su exponente líder. El anciano cubano no tiene comparación con ningún estadista a la hora de vender humo.

Probablemente solo el siniestro Adolfo Hitler le hizo sombra en el arte de encantar y poner a marchar y aplaudir a todo un pueblo. La economía real en Cuba dejó de funcionar hace 54 años.

Se vivió del cuento, de campañas y ráfagas que tenían más de ilusión óptica que de fundamento. La estatización y planificación absurda de la producción de fósforos, croquetas y cepillos de diente mató la creatividad.

Todos los cubanos éramos un cupón de la libreta. Un número en la Oficoda. Seis libras de arroz al mes y dos camisas anuales de algodón. La economía era un espejismo apuntalado por un torrente de rublos que llegaban desde el Kremlin.

Se diseñó un sistema de salud universal, vigoroso y efectivo, con dinero ajeno. Se explotó de manera intensiva e irracional la tierra con fertilizantes, petróleo y tractores que llegaban de Moscú o Siberia.

Cuba era una fábula. Una burbuja. Un país hipertrofiado. Sin mantequilla ni camarones, pero con un racimo de campeones olímpicos y una vaca sagrada que producía 110 litros de leche.

Deslumbrado, dos veces al mes, Castro inauguraba obras como “la textilera más moderna del mundo” en Santa Clara, una fábrica de quesos que arruinaría al queso francés en Cumanayagua y enterró millones de dólares en construir una central nuclear en Juraguá.

Cuando el comunismo soviético dijo adiós, Cuba tuvo un aterrizaje forzoso. Durante 30 años estuvimos encaramados en una nube. La realidad era otra. Un cuento de hadas. La producción era chapucera e ineficiente. Y había más comisarios políticos, burócratas y profesionales que obreros y campesinos.

No se supo capitalizar los miles de millones de rublos y entramos de golpe en un agujero negro eufemísticamente nombrado «período especial en tiempos de paz». Una guerra sin bombardeos ni el rugir de los obuses.

Desaparecieron las mudas de ropa y los zapatos plásticos que aprecio de ganga nos vendía el generoso Estado verde olivo.

Era el sálvese quien pueda. El teléfono se convirtió en un arma eficaz: en dos horas, parientes de Miami, los otroras odiados ‘gusanos’, te giraban por Western Union te giraban una ‘tabla’ (100 usd). Y con el dinero del ‘enemigo imperialista’, comprabas alimentos ‘suntuarios’ como leche en polvo, aceite o salchichas.

Cuba zigzagueaba entre la indigencia y la inflación. Carlos Solchaga, asesor del presidente español Felipe González, en los 80 llegó a La Habana para soplarle consejos a Fidel Castro.

Despacio, el desconfiado Castro se abrió al capitalismo. Una simbiosis extraña. Al populacho, discursos de resistencia, nacionalismo barato y antiimperialismo. Mientras, en las alcantarillas del poder se fraguaba un entramado empresarial de corte militar.

La Isla pasó del socialismo castrense al capitalismo regentado por generales y coroneles. Un cambio mágico y silencioso. Con la llegada a Miraflores del paracaidista de Barinas, cuajó el mejor escenario posible.Otro bolsillo extranjero para sostener las tonterías ideológicas.

En cualquier Estado, la ideología siempre será un pretexto, una trampa cazabobos. Si se quiere funcionar y ser eficiente, se deben tener las cuentas claras, trabajar duro e invertir en educación y nuevas tecnologías. No hay otra fórmula.

Mientras exista el dinero habrá capitalismo. El gran pecado de los hermanos Castro no es ser autócratas groseros. No. Su error es no ser dictadores modernos capaces de fundar una economía decente.

La censura por muchos años de internet le ha pasado factura a la economía, los negocios y el talento profesional. Cuba se abre al mundo repleta de fobias, inexactitudes y mentiras.

La economía, según nos cuentan, crece todos los años. Es como inflar un globo de feria. Los números nunca cuadran con la realidad.

Mientras el zar financiero Marino Murillo se nos apea con el discurso de que el PIB creció un 4,7% en el primer semestre de 2015, los cubanos de café sin leche se rascan la cabeza ante los precios exagerados de los alimentos en el agromercado.

La prosperidad económica de la que hablan los medios oficiales no aterriza en las mesas de los hogares cubanos. No se percibe en un mayor consumo de bienes.

El realismo mágico político de los Castro es una hazaña para contar. Nunca antes se ha vendido tanto sin tener nada.

Iván García

Nota.- El 28 de julio, Jorge Bello Domínguez, de la Red Cubana de Comunicadores Comunitarios, reportaba y fotografiaba las condiciones en que vivía Gladys Marta Gálvez, de 66 años, en la Calle 82-A No. 7909 entre 79 y 81, Güira de Melena, municipio de la provincia de Artemisa, a unos 50 kilómetros al este de La Habana. Dos días después, Bello Domínguez informaba que tras el paso de una tormenta con lluvias y vientos severos, la «vivienda» se derrumbó y perdió las pocas cosas que tenía. En la foto que le hizo pueden ver cómo quedó su choza de tablas:

Estado en que quedó la casa de Gladys Marta _ab

Ella se encontraba en casa de los vecinos, pero debido al retraso mental que padece, dentro de poco deambulará por las calles, como tantos cubanos a lo largo de la isla y de lo cual muchos ministros del régimen no se enteran o no se quieren enterar. Gladys Marta recibe una pensión mensual de 200 pesos (unos 8 cuc), no tiene familia en Cuba, su único hermano se fue por el Mariel en 1980 y nunca más supo de él (TQ).

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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