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Cuba, un año después de aquel 17 de diciembre

En un sótano ennegrecido por la humedad y el hollín, junto a dos trabajadores, Leonardo Santizo elabora galletas, dulces y turrones de maní de manera privada.

Al fondo de la habitación, amontonados en sacos de nailon, cientos de kilogramos de maní sin tostar, bidones de aceite vegetal y harina de castilla. En una mesa estropeada y sucia, un termo de café recién colado. Mientras trabajan, fuman un cigarrillo tras otros.

“Estamos en pie desde la cinco de la mañana y trabajamos hasta la cuatro de la tarde. En cada jornada elaboramos 600 pasteles, 100 paquetes de galletas marineras y 400 tabletas de maní molido. La ganancia promedio es de cuatrocientos pesos diarios. A veces un poco más. Vendemos las galletas y dulces al por mayor a negocios privados minoristas”, cuenta Leonardo.

Como en todo negocio privado, aplican una doble contabilidad y compran la materia prima en el mercado negro. “Hay un balance financiero amañado para la ONAT (institución que gestiona el trabajo privado en Cuba) y otro que lleva el dueño del bisne, con los gastos y beneficios reales. Eso funciona así en todos los negocios particulares”.

El 17 de diciembre de 2014, recuerda Leonardo, los tres estabámos almorzando y escuchando música salsa en un radio de batería cuando un locutor anunció que el presidente Raúl Castro pronunciaría una importante alocución.

“Nos quedamos sin palabras. Después de tantos años con la matraca del imperialismo yanqui, ambos presidentes cuadraban sus diferencias. Por la tarde hicimos una colecta y compramos un litro de ron Havana Club Añejo siete años, y nos pusimos a hacer planes. Pensábamos que las cosas mejorarían y podríamos adquirir materias primas en el norte. Ha pasado un año y las cosas siguen igual de jodidas», confiesa Leonardo.

Luego de tomar un poco de café, continúa con su descarga. «Y nosotros le podemos dar gracias a Dios que en un día ganamos lo que un profesional gana en un mes. No soy optimista. Estos tipos (el gobierno) no tienen la intención de que la gente viva mejor. Todos los negocios los quieren administra ellos”.

El 17 de diciembre fue un parteaguas en la vida nacional. Es muy difícil que las personas en Cuba no recuerden qué estaban haciendo justo al mediodía cuando estalló la bomba informativa.

Luis Carlos, taxista privado, estaba manejando uno de los miles automóviles híbridos que circulan por La Habana, con chasis de coches facturados en los talleres de Detroit en la década de 1940-50 y ahora ruedan con motores y piezas de autos modernos.

“Como todo el mundo en Cuba, creí cosas. Me dije, coño, ya se acabó la jodedera y el dime que te diré entre los yanquis y el gobierno. Esa noche, ya en la casa, pensé que pronto llegarían los restaurantes de comida rápida, bajarían los precios del billete aéreo a Miami y las tiendas se desbordarían de alimentos y pacotillas de la yuma. Un año después, el juego de dominó sigue trancado”, dice Luis Carlos.

Si usted charla con los cubanos que desayunan solo café, más o menos ése es el registro de opiniones. En doce meses se ha pasado de las expectativas exageradas al peor de los pesimismos.

El balance tras un año de relaciones diplomáticas y la hoja de ruta del presidente Obama para empoderar al pueblo cubano y extender el uso de las nuevas tecnologías es magro.

Cuatro decenas de plazas públicas donde por dos pesos convertibles la hora (el salario de dos jornadas de un profesional), se puede acceder a internet de manera inalámbrica.

Un contrato de la empresa de telecomunicaciones estadounidense IDT con ETECSA. Un aluvión de estadounidenses famosos que han visitado Cuba y poco más.

Del atasco porque en un año no haya habido un intercambio comercial más amplio, el régimen verde olivo culpa al embargo económico, a la base militar de Guantánamo, a Radio y TV Martí, a la Ley de Ajuste Cubano o cualquier otro comodín,

En estos doces meses, la autocracia en la Isla solo ha sabido quejarse. O escuchar solo propuestas de futuros negocios con agrupaciones estatales. Casi todas en la órbita de empresas militares.

La génesis del plan Obama, de tender un puente con emprendedores privados y los cubanos de a pie, ha sido dinamitado por el gobierno de Raúl Castro.

No es un secreto que el ejecutivo isleño no sienta simpatía por los pequeños negocios familiares. En uno de los primeros acápites de la biblia económica del régimen, los llamados Lineamientos Económicos, se expresa que el Estado no admitiría concentración de capitales en manos de particulares.

De ahí parte la estrategia de no permitir que los cubanos de la Isla puedan invertir en su propio país o los trabajadores privados establecer importaciones o negocios con empresas extranjeras.

Mientras los negocios privados sean percibidos como nidos de delincuentes, las buenas intenciones tras el 17 de diciembre se quedan solo en eso.

La mayoría de los cubanos se sienten preparados para una reforma económica de calado, acceder al capitalismo moderno y la economía de mercado.

La ingeniera Yohanna creció convencida de los beneficios del socialismo marxista y creyó en las utopías del comunismo científico. La noche que antecedió al 17D, caminaba de rodillas a la entrada del santuario de San Lázaro, al sur de La Habana, para pagar una promesa a uno de los santos más populares en Cuba.

“Le pedí al viejo que además de salud nos bendijera, pues mi esposo y yo teníamos planes de marcharnos a Estados Unidos por vía terrestre desde Ecuador. A la mañana siguiente, tras escuchar la noticia del restablecimiento de relaciones, aplazamos los planes pensando que las cosas mejorarían. Pero viendo el panorama actual, la única puerta que queda abierta es la de emigrar. Cómo y cuándo no sé, pero ya estoy convencida que mientras gobiernen los mismos, hay que largarse de Cuba”, cuenta Yohanna.

Es evidente el divorcio entre el deseo popular y la narrativa oficial. Mientras las optimistas noticias oficiales nos dicen que el país crece, un segmento amplio de cubanos decepcionados, se sienten atrapados en un callejón sin salida.
La economía sigue haciendo agua, los salarios son un chiste y hacer dos comidas caliente un acto de prestidigitación. Y el gobierno ni se entera.

Iván García

Foto: Tomada de BBC Mundo.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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