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Cuba naufraga entre crisis económica e inercia política
Cuba naufraga entre crisis económica e inercia política

Cuba naufraga entre crisis económica e inercia política

Martes 7 de noviembre de 1989. En La Habana una pertinaz lluvia otoñal auguraba la llegada de un frente frío.

La autocracia verde olivo preparaba una gala cultural para conmemorar el 72 aniversario de la Revolución de Octubre, acontecimiento que precedió el surgimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), un compendio de estados subyugados por Rusia, con capacidad nuclear y actor importante en el tablero geopolítico mundial durante el siglo XX.

Ni las huelgas obreras en Polonia lideradas por el Sindicato Solidaridad, el descontento en Praga o la apuesta por una economía de mercado en Hungría suponían que el bloque socialista europeo desaparecería en los próximos veinticuatro meses.

No eran tiempos de internet. El sistema totalitario controlaba el flujo de información casi sin fisuras. Para estar informado, había que tener un radio de onda corta o leer la prensa extranjera, entonces prohibida en la Isla.

Probablemente Fidel Castro conocía el temporal que se avecinaba. El 27 de noviembre de 1988, al inaugurar en la provincia de Camagüey, 550 kilómetros al este de La Habana, una industria para producir fusiles AK-M con tecnología soviética, contempló esa posibilidad cuando dijo que si algún día desapareciera el campo socialista, nosotros -con esa manía compulsiva de hablar en nombre de todos- aseguró que “seguiríamos construyendo el socialismo”.

Desde luego que ni Castro ni los servicios secretos occidentales intuyeron el alcance del monstruoso terremoto que se avecinaba. Cuarenta y ocho horas después que el cuerpo diplomático soviético acreditado en Cuba y la plana mayor de las fuerzas armadas revolucionarias celebraban con vodka y canapés de jamón el inicio de la revolución rusa, el legendario Muro de Berlín se venía abajo por una marea incontrolable de personas decididas a escapar del infierno rojo.

El disparate comunista se extendió por toda la URSS durante 74 años. Pero su disolución duró unas pocas semanas. La Cuba de Fidel Castro, como Corea del Norte, entonces apostó por la épica y el numantismo.

Una serie de factores, desde geográficos a políticos, pero sobre todo el impecable control sobre la sociedad de los servicios secretos cubanos, dieron al traste con una transformación ordenada y racional hacía un sistema democrático y de economía libre.

Veintiocho años después del desplome del muro berlinés y veintiséis del adiós al comunismo ruso, la Isla de los hermanos Castro se debate entre revivir el pasado y tratar de arrinconar el futuro.

En un depurado ejercicio de amnesia política, la maquinaria de propaganda del régimen, catapultada por la muerte de Fidel Castro, pretende atenuar el naufragio económico, la estampida migratoria, desmotivación política ciudadana y el imparable envejecimiento de la sociedad con crónicas edulcoradas y panegíricos al ‘Comandante Supremo’.

La revolución cubana ya es historia. Las proezas en el terreno de la salud pública, educación y deportes es periódico viejo. A duras penas, el Estado garantiza cobertura universal de salud para todos y una discreta educación pública ideologizada.

No nos llamemos a engaño. El pasado no va a regresar. Ninguna potencia mundial va a extender un cheque en blanco sin menoscabar nuestra soberanía.

Ha quedado demostrado que el sistema no funciona. Hay que liberar las fuerzas productivas. Crear un marco adecuado para los negocios privados, ya sean cubanos o extranjeros. Y democratizar la sociedad.

El régimen no tiene un líder carismático que pueda conectar con el cubano de a pie, cansado de falsas promesas sobre un futuro luminoso que nunca llega. La gente ha dicho hasta aquí, aunque en apariencias manifiesta una supuesta lealtad al gobierno.

La autocracia militar todavía tiene los hilos del poder. Controla cada estamento de la sociedad y el miedo siempre suele tocar primero a la puerta del cubano común. La mayoría de las estadísticas en Cuba están en números rojos.

Solo aumenta el marabú en el campo, la emigración y la corrupción. La válvula de escape es huir o montar un negocio particular, aquéllos que pueden, para sobrevivir en las duras condiciones del socialismo real cubano.

Para vivir decentemente, con desayuno, almuerzo y comida, hacen falta treinta salarios mínimos de 250 pesos. Son muy pocos los matrimonios jóvenes que pueden planificar una futura familia como propietarios de sus casas.

La realidad económica de Cuba es alucinante. Para comprar un televisor de pantalla plana un obrero necesita trabajar casi dos años. Tener un auto propio es una quimera.

Hace 28 años, desde la caída del Muro de Berlín, el país vive una crisis económica estacionaria. Un futuro mejor solamente es posible en los discursos engañosos de las autoridades.
No creo que debamos esperar cien años para que el pueblo perciba el engaño oficial. Cuba necesita un cambio. Ya.

Iván García
Hispanopost, 7 de enero de 2017.

Foto: Tomada del fotorreportaje que hizo Juan Suárez en Centro Habana y publicada el 10 de abril de 2016 en Havana Times.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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