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La dictadura de los cojones

Cuba: La dictadura de los cojones

“Usted es mi papá”. Una pausa. Y el eco de la frase rebotó en la acústica del salón. Era el 29 de octubre de 1987. Un grupo de estudiantes del quinto año de la carrera de periodismo de la Universidad de La Habana, imbuidos por el impacto en la Isla de la perestroika y la glasnost en la entonces Unión Soviética, con sus preguntas frecuentes y las inquietudes propias de sus edades y a instancias de la profesora Lázara Peñones, provocaron que el jefe del Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central del Partido Comunista en aquel tiempo, Carlos Aldana, les organizara una reunión en la cual, para sorpresa de todos, apareció Fidel Castro.

Los estudiantes de periodismo pretendieron (o soñaron) que de aquel encuentro con el Comandante único, se valoraran una batería de propuestas salidas de sus opiniones. Pero como siempre sucede en Cuba, tras esa reunión se encendieron las alarmas. Los servicios especiales chequearon a fondo al grupo de jóvenes, recuerda un ex oficial de inteligencia que en esa época utilizaba el seudónimo de Máximo. “Casi todos procedían de familias revolucionarias. No tenían contacto con la incipiente disidencia. Tampoco nexos con el exilio de Miami. Pero leían Novedades de Moscú y otros medios de la antigua URS, los cuales promovían la democratización del socialismo. “Las altas instancias del gobierno decidieron plantarle cara”, recuerda el ex oficial de inteligencia.

Fidel Castro diseñó la puesta en escena. Se cambió la sede inicial donde tendría lugar el encuentro, del Anfiteatro Enrique José Varona, en la Universidad de La Habana, para el intimidante salón plenario del Comité Central situado en la Plaza de la Revolución. El ideólogo Aldana presidía la sesión. Desde una pantalla de televisión en un cubículo contiguo, Castro observaba el debate. Luego, en la segunda parte, hizo su entrada al escenario dando una patada violenta a una silla, para mostrar su enojo con todas las preguntas que habían planteado los estudiantes de periodismo.

Justo en el momento en que uno de esos jóvenes, Alexis Triana, iniciaba su exposición con la peculiar frase «Usted es mi papá», fue interrumpido por el mismísimo Fidel Castro. Triana no se amedrentó. “No me interrumpa, déjeme terminar”, le dijo a Castro. Y sin que se le quebrara la voz, desarrolló su intervención sobre el culto a la personalidad. Y para pedir autonomía universitaria, citó al líder estudiantil Julio Antonio Mella (1903-1929).

Posteriormente, Máximo vio el video que le pasaron a oficiales de la Seguridad del Estado y a miembros del Partido Comunista. Cuenta que Fidel le lanzó una mirada amenazadora a Alexis Triana. Se acarició lentamente su barba y dijo: “Patético”. Durante dos horas, Castro habló sin parar e intentó convencer a los estudiantes. O, al menos, los dejó lo suficientemente agotados como para no continuar el debate. Treinta y tres años después, muchos de los participantes en aquel encuentro han abandonado el país. Otros ejercen profesiones ajenas al periodismo.

Después de graduado, Alexis Triana fue enviado a cumplir el llamado “servicio social” a una emisora de radio en un municipio de la oriental provincia de Holguín, a unos 700 kilómetros al este de La Habana. Probablemente como escarmiento por su rebeldía y la impertinencia mostrada ante el Comandante. En su biografía en EcuRed, una especie de Wikipedia local, no se menciona el suceso. Al parecer, Alexis pasó la página. Tal vez algún día cuente el calvario que sufrió. O sencillamente rectificó y decidió apoyar el estrafalario modelo cubano de gobierno.

Triana fue director de Cultura de Holguín durante catorce años y coordinador de las Romerías de Mayo, evento cultural celebrado anualmente celebrado en la oriental provincia. Un escritor holguinero lo describe como un burócrata engreído, insoportable y oportunista. “Era un nazi. Aparentaba ser más revolucionario que Fidel Castro. ‘Chivatón’ como no te puedes imaginar. Es un tipo mezquino, tóxico y acomplejado. Un extremista”.

El pasado 27 de enero, en el linchamiento verbal y físico ejercido contra un grupo de jóvenes artistas e intelectuales que reclamaban un diálogo con Alpidio Alonso, ministro de Cultura, entre los funcionarios presentes se encontraba Alexis Triana, director de comunicación en dicho ministerio. Al día siguiente, Triana aparecía en un programa televisivo conducido por el vocero Humberto López, quienes dieron una versión oficialista de lo ocurrido frente a la sede del Ministerio de Cultura, en Calle 2 entre 11 y 13, Vedado. Tal vez a Triana el inusitado acto de repudio, mezclado con golpes, palabrotas y consignas trajeron a su memoria la etapa cuando soñaba con la autonomía universitaria y una Cuba diferente, donde cupiéramos todos. Pero desechó los recuerdos y decidió revivir su experiencia de 1987: a la revolución se le comienza a querer desde el miedo, el chantaje y el escarmiento.

Alpidio Alonso (Sancti Spiritus, 1963) llegó a la burocracia política de otra forma y por otra vía. Como todos los bardos mediocres, en su biografía le gusta destacar que es poeta y editor. En los corrillos de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) y del Ministerio de Cultura, empleados y funcionarios a sus espaldas, critican en duros términos su obra. “Es un poeta malo de solemnidad. Rima mal, piensa mal y habla mal. El cartelito de intelectual le queda grande. Uno puede discrepar ideológicamente de Nicolás Guillén, Miguel Barnet y otros intelectuales que han ocupado cargos administrativos o políticos, pero eran poetas o escritores. Decir que Alpidio es poeta es ofender a la poesía. Es la mierda que ha quedado del hombre nuevo. Un comisario político con modales de camionero”, señala una artista de la plástica que en diversas ocasiones, ha conversado con él.

Jorge Enrique Rodríguez, periodista independiente de Diario de Cuba y el rotativo español ABC, fue promotor musical en la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y director de La Madriguera (sede de La Casa del Joven Creador, en La Habana), opina que Alpidio Alonso es un tipo agresivo, machista y abiertamente homófobo. “Comencé a trabajar con Alpidio, a raíz de una peña que yo hacía en La Madriguera, cuando aún no pertenecía a la AHS. Un día, una funcionaria me dijo que estaban buscando un promotor de rap. Redacté un curriculum y ella se lo entregó a Alpidio, en ese momento presidente de la AHS. En el curriculum, puse algunos premios literarios que había ganado y Alpidio, quien necesitaba un promotor literario, me mandó a buscar. Tuvimos una entrevista de trabajo y me contrató. Para serte franco, personalmente nunca tuve problemas con él”, confiesa Jorge Enrique y añade:

“Pero Alpidio es el clásico machista que cree que las mujeres son un búcaro. Está convencido de que el sexo femenino es inferior al masculino en todos los sentidos. Y, a partir de ahí, él se proyecta. Era el típico jefe que le gritaba a las mujeres en las reuniones. Hilda Landrove Torres, especialista de música en la AHS que después pasó a dirigir La Madriguera (yo fui quien la sustituyó), en muchas reuniones Alpidio la hizo llorar de impotencia. En aquellos tiempos, Alpidio vivía en Fontanar, un reparto al sur de la capital. Su homofobia era constante. Cuando tenía que contratar a alguien, tenía una fijación: saber si era homosexual. Siempre él pensó que Luis Morlote, su sustituto en la AHS y actual presidente de la UNEAC, era gay”.

El manotazo del Ministro de Cultura al periodista independiente Mauricio Mendoza para arrebatarle el celular, las ofensas verbales y las golpizas de funcionarios y agentes de la policía política, forman parte de una estrategia de vieja data del Departamento de Seguridad del Estado, perteneciente al Ministerio del Interior. Una estrategia que intenta enviar al mundo un falso mensaje: ‘En Cuba, el pueblo odia a los opositores, a los cuales califica de mercenarios y lamebotas; subordinados al imperialismo yanqui y por eso, en un arranque de ira, la población los insulta y agrede físicamente. Y son los agentes de la policía y de la Seguridad del Estado los que deben separar al opositor del ímpetu popular para que no terminen linchándolo’.

Pero esa vieja treta ya no cuela. Se comenzó a poner en práctica en 1980, cuando más de 120 mil cubanos emigraron a la Florida por el Puerto del Mariel. Máximo, el ex oficial de inteligencia, explica que «en la práctica, los actos de repudio eran para amedrentar al contrario. Se le tiraban huevos o piedras a su casa, se le golpeaba y le pintaban carteles en las paredes de su domicilio. Pero la violencia se excedió. Hirieron a personas, e incluso hubo tres o cuatro fallecidos. Después, esos mítines de repudio comenzaron a utilizarlos para reprimir a los disidentes. Siempre entrañan peligro, porque en las aglomeraciones se dan casos de vandalismo o violencia extrema y después no se pueden precisar los ejecutores”.

Las palabrotas y golpes para descalificar al oponente han constituido un arma estratégica del castrismo en sus 62 años de existencia. Tratan de involucrar a ciudadanos en la violencia grupal para comprometerlos. Operarios del Puerto de La Habana participaron en el hundimiento del Remolcador 13 de marzo que, el 13 de julio de 1994, costó la vida a 41 cubanos, entre ellos 10 niños, por el supuesto delito de querer marcharse de Cuba. Teófilo Stevenson, tres veces Campeón Olímpico, y ya fallecido, en el Aeropuerto de Miami, golpeó a un emigrado cubano porque gritó ¡Abajo Fidel! Fue puesto en una lista negra y jamás pudo visitar Estados Unidos.

La autocracia verde olivo está en franca decadencia, pero los actos de repudio siguen siendo utilizados para enfrentar a quienes piensan diferente. Y lo mismo los realizan en una Cumbre de las Américas en Ciudad Panamá que a la entrada del Ministerio de Cultura en La Habana. Para poder dialogar con funcionarios del régimen, en Cuba hay que ser ‘revolucionario’. De lo contrario no hay diálogo. Solo ofensas y golpes. Si lo dudan, pregúntenle a Alexis Triana. O a Alpidio Alonso.

Iván García

Foto: Fidel Castro hablando con Alexis Triana durante el primer Consejo Nacional de la Asociación Hermanos Saíz, celebrado en el Palacio de las Convenciones de La Habana en marzo de 1988. Por la expresión y gesto del ‘comandante’, evidentemente le está diciendo algo a Triana, pero no deben ser disculpas por la mirada amenazadora hacia Alexis durante el encuentro de estudiantes celebrado en octubre de 1987: el Comandante en Jefe no se caracterizó por perdonar ni disculparse ante nada ni nadie. Tomada de un artículo de Alexis Triana publicado en Cubarte en 2018.

Sobre admin

Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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