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Cuba, derechos a cuentagotas

Para unos, los derechos humanos en Cuba son vulnerados descaradamente. Para otros, en materia de libertades individuales se ha avanzado, aunque de forma timorata, en los últimos 40 años.

Unos y otros tienen razón. No se puede olvidar que en la década de los 60, escuchar a los Beatles era casi un delito. Escribir cartas a familiares o amigos que residían en el extranjero, un síntoma de debilidad ideológica.

Gustarte un Levi’s te marcaba como pequeño burgués. Ir a misa en la iglesia, una herejía. Criticar abiertamente a Fidel Castro, amén de una cárcel segura o un acto de repudio sonado con decenas de huevos aplastados en tu cara, una osadía que rayaba con la locura.

Por esa época, todos vestíamos iguales. Camisas al estilo de la China de Mao; botas rusas de una factoría de Minsk o zapatos plásticos de fabricación nacional.

El Estado bienhechor otorgaba premios o dádivas de acuerdo a méritos laborales o la conducta revolucionaria. Como un padre. Si cortabas 500 arrobas de caña, podías ganarte una moto de dos velocidades o un televisor Krim-218 en blanco y negro facturado en la URSS.

Si las hazañas eran repetidas y grandiosas, entonces el gobierno te posibilitaba un viaje turístico por la isla. O te vendía, a plazos, un coche Lada o un Moskovich. El Estado también te ofrecía un ticket para cenar en un restaurante o ver en un cine con aire acondicionado las cinco partes del filme soviético Liberación.

Castro era como Dios. Daba o quitaba, según su estado de ánimo. Si trabajabas mucho y bien, la única organización sindical permitida en Cuba, la CTC, te concedía una casa en la playa por una semana. O un palco en los carnavales, un ventilador, una nevera o un reloj despertador.

El premio gordo era un apartamento en Alamar o un viaje por dos semanas a un país socialista de la Europa del este. De una forma u otra, todos nos debíamos al Estado.

Al amplio aparato de vigilancia oficial no se le escapaba nada. Ni siquiera los ‘tarros’ (infidelidades). Si usted era uno de los gloriosos soldados que “cumplía misión internacionalista en Angola” y su mujer aburrida y sola se acostaba con un vecino, un ‘compañero’ del partido comunista, muy serio, se lo hacía saber al marido.

En caso de perdonarle los cuernos a su mujer, el hombre podía perder el carnet rojo del partido y ser tildado de ‘flojo’ o de maricón. Aunque cueste creerlo, sucesos como ésos eran cotidianos en la Cuba de finales de los 70.

Si los comparamos con los primeros cinco años de revolución, eran un ‘paso de avance’. Entonces, por ser opositor te podían fusilar. Y por ser gay te podían mandar a la UMAP, siglas de un campo de trabajo forzado.

A fines de los 80 algunas cosas cambiaron. La gente en las bodegas despotricaba contra el régimen y los soplones lo pasaban por alto. Ya en esa época, los antiguos ‘gusanos’ (emigrados) eran un factor valioso. Aparte de  ingresar dólares frescos a una economía derrochadora e ineficiente, permitía a la ciudadanía el contacto con los cubanos de la otra orilla.

Los talibanes ideológicos nunca vieron con buenos ojos a los ‘gusanos’. Con la llegada del período especial, en 1990, el gobierno tiró al cesto el libro verde del fundamentalismo castrista y se aprestó a sacar agua del barco que se hundía.

Llegaron los negocios con los denostados capitalistas y aperturas en el trabajo privado. Se legalizó el dólar, la moneda del ‘enemigo imperialista’, y el Estado perdió una cuota importante en el control e intimidación  sobre las personas.

Así  y todo, habían y aún existen, un puñado de libertades inalienables en cualquier ser humano que la gerontocracia dirigente quiere soslayar. Desde 2008, el general Raúl Castro dio el visto bueno para que los cubanos puedan tener móviles y alquilar coches y habitaciones en hoteles vedados a los cubanos.

De ser personas de tercera categoría, pasamos a ser ciudadanos de segunda. Es muy poco todavía. La gente quiere más. Internet para todos. Entrar y salir de la isla sin permiso estatal. No perder tu casa si decides emigrar. Y tener la posibilidad de adquirir legalmente un auto o una vivienda. Puede que los apremios de una mayoría se cumplan.

Pero siempre quedarán libertades civiles y políticas ignoradas. En materia de derechos, éstos nunca sobran. Aunque el gobierno de los Castro los recete a cuentagotas.

Iván García

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

2 comments

  1. Gracias, por tu visita y tu comentario. Ojalá te gusten otro artículos publicados en este blog. Cuando puedas, te sugiero leas en mi blog (http://taniaquintero.blogspot.com) la serie de siete trabajos titulados Treinta días viviendo como un cubano, escritos por un periodista estadounidense.

  2. Muchas veces he leido artículos sobre Cuba que son exagerados; PERO este es una excepción de la regla. VERDAD PURA!

    SIempre he dicho que para criticar a Cuba no hay que invertarse los cuentos; porque de lo contrario solo caemos en la misma porquería de los otros.

    FELICIDADES por escribir una VERDAD ADSOLUTA!

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