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Mandarin Oriental - HongKong

Crónica de viaje: de Hong Kong a Pekín (I)

A modo de introducción. En mayo y junio de 2013, Charlie Bravo y su esposa estuvieron varios días recorriendo localidades de Hong Kong y China. Todos los gastos los costearon de su bolsillo. Charlie nació en La Habana y desde hace veinte años vive en Estados Unidos como refugiado político. A diferencia de los opositores, periodistas independientes y blogueros residentes en Cuba, que gracias a la reforma migratoria puesta en vigor por el régimen el 14 de enero de este año, han podido viajar a Estados Unidos y otros países, Charlie fue tomando notas y cuando regresó a su casa, se sentó en la computadora y redactó este excelente testimonio. Originalmente lo tituló Tras el muro y el bambú, pero me tomé la licencia periodística de cambiárselo. Sirva su ejemplo a esos disidentes que viajan a costa del dinero desembolsado por otros, y lo menos que pudieran hacer es plasmar en blanco y negro sus experiencias. Y no limitarse a dar titulares, tirarse fotos y autopromoverse.  Tania Quintero

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Después de 16 horas de vuelo se llega a una de las grandes metrópolis del Asia contemporánea, donde la expresión ‘lujo oriental’ es algo redundante: si es lujoso, y oriental -sin que por un instante falte lo occidental- entonces usted está en Hong Kong. Las diversas islas y otros territorios que conforman Hong Kong fueron absorbidos de facto por la China comunista a partir del 1 de julio de 1997 con la expiración del arriendo del enclave británico. La población decididamente anti-Pekín ha sobrevivido todo estos años gracias a su ingenio y su tesón.

Es una ciudad extensa, con gran densidad de población y con áreas verdes maravillosas. Grandes boutiques de lujo sirven a los habitantes y al turista, y al lado de éstas hay callejones con mercados tradicionale asiáticos, el pescado y el marisco, el huevo, la carne, los vegetales y productos tradicionales se ven por todas partes, al lado de restaurantes microscópicos que presentan sus platos con una presencia y calidad que provocan la envidia de los más exclusivos restaurantes de lujo.

La cocina local es excelente, abundante, la presentación es exquisita y la atención es impresionante. En Hong Kong todo el mundo parece amistoso y tranquilo, con excepción de la anciana que se molestó de mala manera cuando quise fotografiar a su gata, que comía tranquilamente en su tarima del mercado. Paso por el hotel Mandarin Oriental y me doy cuenta que el nombre le viene muy bien al chino viejo de Birán, Raúl Castro, el vice dictador suplente de Cuba.

Las  cocinas de los restaurantes de esos callejones tan típicos de las viejas películas de Bruce Lee parecen salidas de la obra de Dickens en los días de la revolución industrial: son pequeñas, claustrofóbicas, humeantes y con las llamas que salen del wok (sartén típica asiática, abombada en el fondo, hechas de acero y hierro fundido) cuando se incendia el aceite o riegan los ingredientes con licor de jengibre. Uno puede pasar por la más pintoresca y estereotípica escena hongkonesa, o frente a uno de los más exclusivos joyeros del mundo o un importante banco y todo está limpio, con abundantes arreglos florales.

Una visión típica es la del propietario del pequeño negocio barriendo constantemente fuera de su local y la de los verduleros de los mercados al aire libre, que limpian todo como posesos. Otro de los contrastes más interesantes son los andamios de construcción hechos de varas de bambú. Nada más curioso que este antiguo método empleado para escalar por la piel de edificios modernos. Se ven muchas mujeres que vienen a trabajar como domésticas y niñeras, filipinas e indonesias, que pasan sus días de asueto en los parques de la ciudad. Pero la historia de éxito entre los inmigrantes pertenece a los ‘boat people’ vietnamitas, sumamente emprendedores.

El hotel donde nos hospedamos está en la península de Kowloon, llamada “the dark side” por las guías turísticas, no sin razón, ya que es la meca de comerciantes árabes, africanos, malayos, paquistaníes, indonesios e hindúes, dedicados a la venta de artículos falsos que sólo compran los turistas, para disgusto de los nativos. Uno de ellos trató de venderme copias de artículos de lujo a la vez que pretendía tenderme una encerrona para estafarme. Quitarlos de encima no es nada fácil, por lo persistentes que son.

En Hong Kong la única nota discordante la dan estos personajes y una lujosa boutique, de cuyo nombre no quiero acordarme, que vende unas cajas pintadas bajo un nombre francés con la jeta del Che Guevara sobre ellas, que al grito de izquierdosos de todos los países uníos -pero claro, bajo la protección y la abundancia capitalista- americanos de la izquierda trasnochada jadean orgásmicos.

Tengo que hacer la pregunta, porque los paralelos no pueden ser más evidentes. Y la respuesta es no:  los habitantes de la China comunista no pueden ir libremente a Hong Kong, los comunistas aún patrullan armados las fronteras, para impedir que un pobre cantonés se dé a la escapada. Y sí, los hongkoneses mandan remesas a sus familiares y amigos en China y además invierten en los negocetes privados de éstos desde Hong Kong. No, no se permite la emigración de China a Hong Kong, y el que tenga la suerte de casare con un residente de la ex colonia es afortunado, pues recibe los mismos privilegios que un hongkonés nativo.

Por otra parte, el chino de China pasa más tribulaciones (que Jean Paul Belmondo en su película) para poder visitar Hong Kong. Solo los jerifaltes del partido, infiltrados y familiares de los residentes de la ex colonia son los que pueden hacer el viaje. Naturalmente, Pekín ha instalado una élite en Hong Kong, para chafarle y chuparle los recursos. El hongkonés les conoce hasta por el caminado y así lo señalan.

No puedo menos que pensar que cuando Carlos Alberto Montaner desea que Cuba sea como Hong Kong no se da cuenta que ya Miami es para Cuba como Hong Kong a la China Roja, con el mismo tipo de relación. Las dos dictaduras comunistas -la china y la cubana- en estos enclaves de exiliados, se dedican a sacarle hasta el tuétano de los huesos, a los exiliados y sus descendientes. Montaner, sin embargo, pierde la perspectiva.

El modelo para Cuba no puede el de Hong Kong ni el de Singapur o Macao, tendría que ser el modelo de la prosperidad precastrista actualizado con los avances en ciencia, cultura, tecnología y, sobre todo, con valores y principios. La recuperación del modelo que funcionaba antes de 1959 es lo que tendría que lograrse, y ya el modelo de prosperidad existe en Miami. Y la relación de esta ciudad con Cuba es lo mismo que se ve aquí con la voraz China. Si se descuidan, los chupan.

Luego de varios días en Hong Kong, maravillándome de la cultura culinaria, después de ver un pato amarillo gigante de goma en la bahía, y del agradable pasear por una ciudad donde los habitantes caminan por pasarelas modernas y por empinados callejones, y por los parques y jardines tradicionales y de la cultura china que se respira, doy el salto a lo que dejé hace más de veinte años detrás: estoy en la estación del tren con destino a la ciudad de Cantón, en la China roja.

La estación de trenes en Hong Kong es luminosa, ordenada y precisa. Hay trenes a las áreas rurales del antiguo protectorado, y un área reservada a “los viajes a China” tal y como la hay en el aeropuerto de Miami para los viajes a Cuba. Cambio la moneda local y muestro los billetes con la efigie de Mao a un simpático vejete que nos ha acompañado y quien se los lleva a ambos lados de la frente, saca la lengua y se lanza en una microdanza diabólica. La mayor parte de los visitantes a China la forman los comerciantes de pacotilla falsa, que van a Cantón a avituallarse de sus mercancías, una buena parte son turistas ideológicos americanos y europeos, que van a insuflarse una manguera de ideología nostálgica maoísta por el más recóndito de sus agujeros, y una buena parte son hongkoneses que van a llevar dinero o regalos a sus familiares.

También están los chinos que regresan al redil, con cantidades industriales de papel sanitario, muy simbólico, claro. Entre ellos un empresario de Cantón, que aprovecha para hacer negocios por su cuenta en Hong Kong y esconder dinero fuera. Conozco a una chica que, en la primera parada del tren en la ciudad de Shezhen, se bajará a dos cosas: a ver a un traficantes de libros occidentales impresos en China y a ver a la manicure, a la que lleva esmaltes y productos de moda. Pasamos la  frontera. Lo anuncia un guardia hosco, con un uniforme tres tallas más grandes, sucio y ajado, frente al emblema rojo de la hoz y el martillo recién (re) pintado sobre un cochambroso muro.  La inscripción maoísta debajo del emblema está descolorida y borrosa, como de otra época, pero ahí sigue diciendo que todavía es vigente, aunque de modo solapado.

El recorrido en tren de Hong Kong a Cantón estuvo marcado por un fuerte contraste. Antes de cruzar la  frontera, los campos se veían bien trabajados y organizados, con casas de campo sin lujos, pero bien construidas, y con vehículos de trabajo aparcados frente a ellas, los campos seguían trazos geométricos bien determinados. Después del cruce, los campesinos se veían desnutridos y al lado de los terrenos tenían sus chozas, hechas con materiales de desecho. Los sembradíos más bien parecían conucos que campos de producción agrícola organizada. Desde el tren se veían militares en motocicletas y otros vehículos anticuados y, de tanto en tanto, un pueblo polvoriento. En la distancia, algunas casas de dudoso lujo, con entradas flanqueadas de palmas reales, evidentemente propiedad de algún que otro magnate partidista, y muchos bloques habitacionales prefabricados con ropa colgando por todas partes. El cielo, gris y plomizo: ya nos acercábamos a la nube de contaminación ambiental que se cierne sobre la ciudad de Cantón, por las industrias que se ceban del trabajo esclavo promovido por el régimen como una de sus grandes ventajas en los negocios.

La estación de trenes es un espacio desproporcionado, gigantesco, con un eco horrible. Me recuerda una escena cinematográfica de la novela 1984, de George Orwell. Pasamos bajo un domo enorme, y un tipejo uniformado se ofreció a llevarnos las maletas y un taxista ilegal a llevarnos hasta el hotel. La estación, hasta entonces vacía, pareció llenarse de repente de una enorme cantidad de personas. El taxista condujo como un poseso en medio de una ciudad oscura y lluviosa. Llegamos al hotel, un enclave para turistas, de un gran lujo, en contraste con la ciudad que le rodea, pobre y sucia. Sensación de déjà vu, recuerdos.

Guangzhou, que es el nuevo nombre de Cantón según la pronunciación local, se vislumbra desde la ventana del hotel. Si en la noche era simplemente oscura y desolada, con figuras que se deslizaban de un lado a otro en los callejones y con peatones cruzando la calle entre un tráfico no muy abundante, en la mañana la visión es otra. Gris, plomiza, desde la cúpula de polución que se cierne sobre la ciudad, hasta el color de los edificios, y el ánimo general de los transeúntes. Todo es gris. El tráfico es caótico, las líneas que demarcan las sendas están ahí como elementos decorativos solamente, los autos y autobuses las ignoran. Los intermitentes no se usan, y los taxistas van a la carga contra peatones y ciclistas. Se ven pocos ciclistas, hasta las bicicletas están escaseando en esta ciudad. Regresamos al hotel.

Una manada de prostitutas colombianas está en tratos con pacotilleros musulmanes, como nos había dicho antes un piloto americano. Los árabes no parecen ser muy generosos con las prostitutas, y éstas piensan que no hay una actuación estelar de los machos musulmanes que merezca un precio de amor, más bien piensan que deben pagar un poco más por la molestia. Los habitantes de la ciudad tienden a ser toscos, mal encarados y alérgicos a la sonrisa. Claro está, viven bajo una terrible dictadura, con carros jaulas minúsculos aparcados en las esquinas, listos para ‘sacar de paseo’ a cualquiera.

El extranjero no escucha la palabra ‘Gracias’ de nadie, todo el mundo piensa que estamos aquí para dispensar dinero a diestra y siniestra por servicios inexistentes. Todo el mundo aquí parece necesitar con urgencia una ducha y una muda de ropa limpia, más un plato de comida decente y caliente. Los mercados agrícolas, sin productos locales, sólo con alimentos preempacados de dudosa calidad, pero con mucho color en las etiquetas -y quizás una buena cantidad de productos químicos bajo la cáscara. No hay un mango ni un higo, ni un mamey ni un aguacate a la vista, ni una mazorca de maíz, ni un ajo, todo esto lo hay en versión de economía centralizada en tres o cuatro paquetes demasiado cercanos a la fecha de vencimiento. Ni hablemos de la ausencia de pescados o mariscos, cerdo o carne de res. Ni de la oportunidad de cazar o pescar para llenar el caldero, salvo la pesca de la claria cantonesa o similar en los muy contaminados ríos y canales locales. Los supermercados están medianamente surtidos de productos de tercera o cuarta calidad.

La policía con sus uniformes demasiado grandes campea por todas partes, e internet está espiado por completo. Esta gente tiene hambre, siembran unos matojos en sus techos o sus balcones para suplementar la dieta que pueden poner en la mesa entre remesa y remesa de Hong Kong, pero a la vez desprecian a los hongkoneses y dicen que no son la verdadera China. Esta es la verdadera China, la de personas que no miran a los ojos al hablar, que mienten a conciencia y que temen a la libertad. Eso  es, tienen miedo de la libertad y lo que ésta significa, es mejor esperar que el amigo o pariente en Hong Kong mande más dinero para servir falsa comida española en un falso restaurant español con un falso chef español. Llamo para hacer una reservación y el ‘chef Antonio’ es un fantasma inexistente.

La comida local, cantonesa como la de Hong Kong, es pésima, a diferencia de la de Hong Kong que es exquisita porque es cocinada con amor y servida con arte. Esta comida es una mezcla de fritanga y hervidura tirada como quiera en un plato grasiento. Así y todo, la propietaria me grita en la cara que esto es China, que Hong Kong es una China falsa. Qué cara tiene me digo, luego que ha exprimido a su familia o amigos del otro lado de la línea fronteriza para que le monten este tinglado. Salgo convencido que la verdadera cultura cantonesa está en Hong Kong, y también allí está la verdadera cultura china. Y la verdadera cocina. En Hong Kong tienen una  academia de la lengua cantonesa y todos los colegios enseñan mandarín y cantonés, aquí solo se enseña el mandarín, como mandan los mandarines de Pekín.

Ya es de noche y por todas partes se ven chicas jóvenes. Pese a la política de un solo hijo y el rechazo a las niñas, me doy cuenta que sí bien en el campo quieren niños para que trabajen la tierra, mucha de esta gente quiere niñas para ver si se casan con un extranjero o un hongkonés, no para salir de este infierno, sino para atraer al extranjero a este infierno y montar un negocio que permita la subsistencia. No se atreven a ser libres, los únicos actos de rebelión que se atreven a llevar a cabo son cruzar la calle por cualquier sitio, conducir como cretinos sonámbulos, y pasar por encima a cuanto extranjero vean con sus oxidadas bicicletas.

La ciudad es una amalgama de edificios deformados por caóticas tuberías que bajan por las fachadas:  donde quiera que hay baños, hay tuberías que bajan por toda la fachada, hay plantas por todas partes, ni una sola flor ni una sola fruta. El único color en los edificios despintados lo pone la ropa en las tendederas, todo de color muy triste, de un color río sucio, como el de un canal que atravesamos para ver Shaiman Island, el enclave europeo del siglo XIX, que es hoy un lugar triste y desolado con la sola excepción de la tranquila y desierta misión católica y un parque vigilado por policías y esbirros de civil. Nadie se atreve a saludar a un extranjero.

Regresamos al hotel, pues nadie sabe dónde está la parte vieja de la ciudad, ni los jardines tradicionales, y nos gritan “no photos, get out of here”. En un par de lugares vemos unas cuantas ruinas de viejos caserones entre los míseros rascacielos, las colmenas de esclavos típicas del comunismo. Entre la maleza de lo que debió ser un huerto popular maoísta, se ven las ruinas de una muralla histórica a la cual han arrancado piedras y tejas para construir no se sabe qué cosa, todo está enrejado, la sensación de opresión es pesada e insoportable. Todo es gris, las dictaduras se viven en blanco y negro. Al otro lado, al final del éxodo, la vida cobra color.

Personajes con pinta de ‘segurosos’ se ofrecen para darnos giras por la ciudad, previo pago de varios cientos de yuans. No se atreven a aceptar pagos en dólares de Estados Unidos o de Hong Kong. Tiene que ser la moneda local, con la efigie de Mao. “No, gracias, vamos a todos lados por cuenta nuestra”, respondemos. Es la única ciudad del mundo de todas las que he visitado en que los taxistas no hablan con sus pasajeros, ni siquiera lo intentan. Es una ciudad deprimente.

Un lugareño me dice que han sembrado palmas reales como las de Cuba, la isla que no se toca. O la dictadura que no se toca, le corrijo al chino. Es un hombre de a pie, que ni bicicleta tiene, y está trabado en la contradicción de odiar a Hong Kong y pedir que le manden dinero para sobrevivir. Y ni hablar de unos ‘Buenos días’, o de la palabra ‘Gracias’. “Qué es lo que quiere”, ladrado en la cara, parece sustituir al saludo. El lugar de ‘Gracias’ lo ha tomado la expresión ‘Ok’, como si automáticamente merecieran cualquier cosa que reciben. Nada se mueve sin un “regalo”. Muy sintomático también que algunas banderas tienen un compresor que les sopla aire para que ondeen permanentemente y en la dirección deseada. Ni el viento es libre.

Mientras tanto, el periódico del partido -en inglés y para turistas- como gran historia de éxito propone la saga de una campesina que “ha llegado, que se ha hecho”. La pobre mujer ha tenido éxito como criada para chinos ricos y extranjeros, y exhorta a las mujeres sin educación universitaria a “emprender una carrera en el servicio doméstico con la gran oportunidad de aprender a cocinar platos occidentales y quizás aprender otro idioma”, pero con la misión de enseñar a los extranjeros los “valores chinos”. Vaya valores, donde la vida de un niño vale tan poco que su suerte está echada por la política de “un matrimonio, un hijo”, que la cúpula partidista no la ve como algo que ellos tengan que cumplir. Esas imposiciones son para el populacho esclavo.

Un carrera muy próspera de la cual no habla el periódico es la de matón a sueldo: por el equivalente de 32 dólares americanos, un matón viene del campo, hace su trabajo y liquida al que sea. Muchos ‘segurosos’ retirados se dedican a esto. Al cabo de un par de días por la calle, comienza uno a distinguir al ‘seguroso’ por los zapatos y las gafas de sol Ray Ban. Una manera de dejarles saber que ya uno se ha dado cuenta de que andan tras de ti es decirles “nice shoes” o “cool glasses”. Nada les molesta más que se rían de sus zapatos de ‘segurosos’. Estos mismos personajes se encargan de controlar la prostitución con rusos y africanos, además del negocio de los mendigos, a los cuales instalan en lugares céntricos y al final del día le quitan el poco dinero recogido.

Una carrera desdichada, sin dudas, es la de rockero, especie social vigilada por los cuatro costados y última carta de la baraja chinesca. En el mercado de guitarras uno puede encontrar cualquier cosa, desde falsificaciones a guitarras hechas en China por Fender y Gibson bajo los marcas de Squire y Epiphone, sin que sorprenda mucho. Hay otras que tambien son fabricadas aquí por esas marcas bajo su nombre propio aunque no para la venta local. Aparecen, y con precios muy similares a los de los Estados Unidos, pero sin número de serie. Los instrumentos también son de una procedencia imprecisa. El chico de la tienda lo escucha todo, listo para en cualquier momento dejar todo atrás. La chica del café sueña con un buen hombre que la rescate del tedio en que se vive en Guangzhou.

Charlie Bravo

Foto: Dulcería en el hotel Mandarin Oriental de Hong Kong.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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