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CDR: el control social comienza en el barrio o en el caserío

Cuando el barbudo guerrillero Fidel Castro en la noche del 28 de septiembre de 1960 fundó un sistema de vigilancia colectiva en cada barrio, los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), la sociedad civil en Cuba se derogó hasta nuevo aviso.

Ni siquiera la Alemania nazi de Adolfo Hitler, con un amplio historial de intromisiones sociales, tenía estructurado un sistema vecinal de cooperación con los servicios de espionajes.

Probablemente lo más parecido sean las temibles Camisas Negras de Benito Mussolini, un cuerpo paramilitar protagonista de numerosos episodios de violencia y agresión física o verbal contra sus adversarios políticos en la Italia de los años 20 del pasado siglo.

Pero con los CDR Fidel Castro amplió el campo de acción. Igual arman un linchamiento verbal a un disidente, denuncian a un vecino por sospecha de ‘enriquecimiento ilícito’, que participan en una campaña de vacunación infantil contra la poliomielitis o la recogida de materias primas.

Si la acción represora de la Seguridad del Estado es el brazo derecho del régimen, los CDR constituyen un ente de legitimación de las políticas gubernamentales.

Por doble moral, irresponsabilidad o rutina, más de siete millones de personas en Cuba forman parte de los CDR. Desde los 14 años, casi de forma automática, los vecinos del barrio ingresan a la organización.

Hace dos décadas, además de la vigilancia colectiva, en tediosos debates políticos diseccionaban el último discurso de Castro, hacían guardias nocturnas para proteger intereses del Estado y efectuaban donaciones voluntarias de sangre.

Cada vecino aporta una cuota de cinco pesos (0.25 centavos de dólar) mensuales a la organización. En el siniestro mecanismo de control social diseñado por Castro, los CDR son un arma efectiva.

Acceder a un puesto de trabajo importante pasa por el tamiz del Comité de tu cuadra. Sin una carta del CDR o el visto bueno después de una investigación del partido, la juventud comunista o los servicios especiales, es imposible ascender en el extravagante tejido social cubano.

En el siglo XXI la organización es un ripio. Ya las rondas de vigilancias apenas se cumplen. Ni siquiera las fiestas entre vecinos, tomando caldosa y bailando reguetón.

Pero sigue siendo un oído primario para la policía política. Cualquier opositor o periodista independiente en la Isla es vigilado por uno o más miembros del Comité.

Ese espionaje amateur incluye anotar las matrículas de los autos de embajadas y extranjeros que visiten su casa. También, averiguar su nivel de vida, sus gastos, vicios y costumbres. Inclusive lo que come.

Ya el sistema autocrático va en caída libre. Y la injerencia de los CDR en la vida privada de los ciudadanos es mucho menor. No es raro que un presidente de la organización sea íntimo amigo de un disidente, y le avise cuando la Seguridad del Estado está indagando sobre él o se gane unos pesos extras como recogedor de la clandestina lotería local.

Todavía algunos ancianos intransigentes, tachados de lunáticos por muchos vecinos, a gritos les piden que participen en el remedo de elecciones del Poder Popular o en trabajos voluntarios.

La gente les hace poco caso. El otro frente de batalla de los CDR es el censo y control de todos los residentes. Para ello, existe un libro denominado Registro de Direcciones.

En ese libro, escrupulosamente se anotan los nombres, apellidos, edades y direcciones de todos los vecinos. Cuando se un ciudadano se muda a una nueva dirección, está obligado a pasar por el Comité para ser inscripto en Registro de Direcciones. Cualquier visitante temporal, sea cubano o extranjero, debe ser informado al CDR.

Basado en informes del comité, la policía detiene y devuelve a sus provincias de origen a las personas de otras regiones que residen de manera ilegal en La Habana.

Los CDR se localizan en cada cuadra en las ciudades y en caseríos cuando se trata de áreas rurales. El próximo nivel en la estructura es el Comité de Zona, luego la Circunscripción, después el Municipal, Provincial y por último el Nacional.

El dirigente de los CDR es conocido como Coordinador Nacional. Sus oficinas, repletas de burócratas y gastadoras de combustible son presupuestadas por el Estado. En Venezuela, Hugo Chávez formó colectivos parecidos. Quizás más peligrosos, pues andan armados.
A estos engendros, cuasi fascistas, el régimen los presenta como ONG. Es el gran aporte de Fidel Castro a la fiscalización de las personas que piensan diferente.

Iván García

Foto: CDR en Viñales, Pinar del Río. Tomada de My Travelling.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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