Home / Las Crónicas de Raúl / Carlos Fuentes: sin saber lo que es la muerte

Carlos Fuentes: sin saber lo que es la muerte

Todavía no sabemos si las profecías del calendario maya se cumplirán en diciembre y se acabará el mundo una mañana clara. Pero es seguro que con la muerte de Carlos Fuentes (Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928-Ciudad de México, 15 de mayo de 2012) los vaticinios de los sabios se cumplen de manera trágica y parcial porque se apaga la vida del fundador de un universo único hecho de imaginación pura, experiencia, compromiso, inteligencia, lucidez y pasión.

Se murió un hombre que miraba el asunto con la misma filosofía que muchos grandes escritores asumen los secretos de la musa. Si existe, que me sorprenda trabajando, debía pensar el autor de La región más transparente, con una resolución sin ambigüedades ni dudas lo mismo frente a la espera de la inspiración que de la muerte.

Cuando le daba el último repaso a un libro terminado lo hacía con las primeras páginas de otro adelantadas, como si se las hubiera robado al tiempo de la obra que entregaba a la editorial y al hombre que tecleaba en silencio en la inmensa soledad del valle de México. Era de los que anunciaba los títulos para sentirse comprometido y para que nadie proveniente de la tierra y de otras posibles dimensiones volátiles pudieran apoderarse de su idea o aprovecharse del ocio y el sosiego para sorprenderlo.

Fuentes compartía su entrega permanente a la literatura con lo que consideraba una obligación como intelectual: su presencia en la vida política de su país, del continente americano y del mundo entero. Para cumplir con esa otra zona de su vocación, para correr a gusto con el riesgo de quemarse en la actualidad y en los problemas más complejos y graves, tenía la complicidad del periodismo, sus pasajes reservados en todos los aviones, su noción renovadora de la importancia de los medios de prensa y la palabra viva de conferenciante con sus anécdotas, sus citas agudas y sus juegos verbales.

Llega ahora el tiempo de los críticos y sus estudios sobre las novelas, los cuentos, el teatro, los ensayos, el periodismo y los guiones de cine del señor que escribió Aura y La muerte de Artemio Cruz y que es, desde los años 50, un ídolo. Una especie de todopoderoso regional con dominios universales para el que siempre se encontraban reparos y no era posible para levantarle altares y jurarle fidelidades porque estaba vivo, era un triunfador, un tipo brillante que, además, llevaba el talento, como la elegancia, por fuera, en los botones de las guayaberas y en la solapas de los trajes de lujo.

Los escritores de su generación en aquella zona del mundo y todas las promociones que han llegado después tienen sus deudas y, como mínimo, algunos párrafos empeñados con la obra de un intelectual que le dio a la lengua española un poderío original y al continente unas contraseñas para que todos aprendieran a conocerse mejor y vieran en sus transparencias anunciadas las bondades de los espejos.

Creo que todos sus libros y el afán que lo llevó a la fatiga y, a veces, como le gustaba decir, al cansancio y a los copetines, estaban destinado a un objetivo que él mismo dejó escrito hace tiempo y cómo para que no hubiera dudas sobre sus derivas: «No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres».

Carlos Fuentes no salió nunca de esa exploración, pudo ser libre y dejar claridades enmascaradas en los conflictos de sus personajes y en las historias que contó en su vida.

Por lo que he conocido, creo que el escritor ha sido un batallador, un individuo que no se dejaba encerrar en cercos, ni permitía que el roce de los cuchillos le quitarán la delicia del sueño o el placer del amor que era para él la meta más cierta de la existencia.

Lo vi hace unos años en Berlín cuando la muerte le había picado cerca, en alguien muy querido de su entorno familiar. Hablamos un poco y en voz baja. Salí de allí convencido de que el hombre no se iba a reponer de aquel golpe. Y poco a poco, día a día, vi como volvía a sus libros, a sus artículos periodísticos, a sus viajes, a su gran obra, supongo que con una cicatriz y unos dolores que no enseñaba nunca.

El mexicano dejó escrito que la muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello para igualarlos al cobarde, al pobre, al feo. «No es el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es». Ahora él lo sabe.

Raúl Rivero

About admin

Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*


*

Get Adobe Flash player