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Cambios de ruta

Dilma Rousseff ha emprendido su viaje hacia palacio por un sendero despejado, cómodo, sin peligros de trampas o pantanos. Es un traslado con una buena banda sonora y en compañía de su amigo querido Luiz Inácio Lula da Silva, que abrió ese camino, dio los machetazos iniciales y, después, la escogió a ella para siguiera con el trabajo de desbrozar la selva.

Esa marcha triunfal es un fenómeno en América Latina. Se produce en un país que vive un proceso democrático y en el que se puede tocar, ver y sentir el crecimiento de la economía y las ventajas para grandes sectores de la sociedad, antes olvidados en un territorio de geografía amplia y sin precisiones, unos puntos más allá de la miseria.

La presidenta electa de Brasil va en ese coche con el fulgor añadido de ser la primera mujer que ocupa ese cargo en su país -un subcontinente- y con un apoyo popular que une los resultados de la votación (12 puntos por encima de su adversario) a la herencia de su mentor.

La señora Rousseff no para de decir que honrará su compromiso preelectoral de acabar con la pobreza y dar oportunidades para todos sus conciudadanos. Ha prometido, además, no hallar descanso mientras haya brasileños con hambre y niños abandonados.

Ella seguirá, según ha dicho, las líneas generales de los programas de su antecesor que también le han dado relieve internacional a la nación y la han reafirmado en el liderazgo de la región.

Como debe ser, Dilma Rousseff le pondrá al mandato sus timbres personales. En esos aportes privados, en esos gestos de cosecha propia, es donde se espera que el nuevo Gobierno brasileño le reserve algunas infidelidades a Lula da Silva, un hombre que ha comparado los presos políticos de la dictadura cubana con los delincuentes de Río de Janeiro. Y se comporta como un abuelo complaciente con personajes como Hugo Chávez y Evo Morales.

Por allá se aspira a que su experiencia como luchadora clandestina y prisionera política durante dos años de una dictadura le haga comprender mejor el destino de los países que viven regímenes totalitarios y el de los que sufren bajo la amenaza de caer en manos de hombres embelesados por el poder total.

El veterano luchador y ex preso político, el presidente de Uruguay, José Mújica, ha dado una buena lección en ese sentido. Encontró una salida sabia donde se concilian sus ideas políticas y los tiempos que corren. Dijo que él es, efectivamente, un referente de la izquierda. Y también un referente de la tolerancia.

Raúl Rivero

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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