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Alan Gross (Nueva York, 1949), antes de su detención y ahora | img: The Cuban History

Alan Gross, atrapado en una historia de Guerra Fría

En la barriada de Zamora, aledaña al hospital militar Carlos J. Finlay, en el municipio Marianao, al oeste de La Habana, donde se encuentra confinado el contratista estadounidense Alan Gross, muchos vecinos desconocen el trasfondo de su historia.

Es un distrito pobre de casas bajas, calles polvorientas y aceras rotas. Al mediodía, el calor lo transforma en un lugar fantasmal. Ni siquiera los perros callejeros se animan a trotar sobre el asfalto caliente.

La gente se guarece de la canícula en sus casas o charlan del último capítulo de la novela de turno, el jonrón 31 de José Dariel Abreu con las Medias Blancas de Chicago o los próximos fichajes del Barcelona en un café privado y austero, montado en el portal de una vivienda.

Por estos lares, usted se entera del último hecho de sangre acaecido la noche anterior y, si te ganas la confianza del interlocutor, te llevan hasta la puerta de una casa donde un vecino de manera discreta vende pacotilla industrial y teléfonos celulares chinos.

Alan Gross, que se encuentra detenido en una celda del hospital a tiro de piedra del barrio, no es un tipo conocido. A Ernesto, un joven de la barriada, le suena el nombre. “Es el gringo preso por espiar en Cuba”, dice, pero desconoce pormenores de su caso. Otro joven que presume de estar bien informado, cuenta detalles:

“Por la antena (ilegal y que es un medio de información en muchos barrios de Cuba), me enteré que el americano ha hecho una huelga de hambre y dijo que este año sale vivo o muerto de su encierro. No sé por qué Obama no lo cambia por los tres héroes (espías de Castro presos en Estados Unidos)”.

Esa es la percepción que un segmento grande de cubanos de a pie tiene sobre el contratista Gross. Un espía que vino del norte a subvertir el estado de cosas en la isla.

Pocos saben lo que intentó introducir al país. Y cuando se enteran que Alan Gross trajo en maletines y mochilas dos iPod’s, once Black Berry, tres MacBoock, seis discos de 500 GB, tres teléfonos satelitales BGANs, entre otros equipos que el régimen de Castro considera ‘ilegales’, entonces ponen caras de tonto.

“Pero si todo eso se vende en Revolico (un portal de ventas que el gobierno censura). Que tramaba el yanqui, montar un red de espionaje con juguetes comerciales”, dice con una sonrisa Arnold, dueño de un pequeño taller para coger ponche de bicicletas y autos.

El delito que le imputa el Estado verde olivo, de “conformar redes paralelas para acceder de manera ilegal a internet”, solo es una contravención en sociedades de leyes estrafalarias al estilo de Cuba o Corea del Norte.

Los medios oficiales, esporádicamente, ofrecen escuetas notas, redactadas con el estilo aséptico de los amanuenses de la cancillería de relaciones exteriores que más que informar desinforman.

Las leen en los noticieros de radio y televisión y son noticia de primera plana en el Granma. Y van reforzando la opinión entre los cubanos que Alan Gross fue atrapado en un juego de espionaje.

Cuba es una nación desconocida para forasteros despistados. Hay dos monedas, y la que más vale no es la que cobran los que trabajan.

La prensa asegura que hace cinco décadas se ‘erradicó la prostitución y otras lacras típicas del capitalismo’, pero un anciano extranjero recibe más propuestas sexuales que Brad Pitt en una playa.

Para entender la narrativa diseñada por los expertos en comunicación del régimen de La Habana, debemos conocer una de sus claves: a partir de 1959, Estados Unidos es el enemigo público número uno.

De allá viene todo lo malo. 600 presuntos atentados a la vida de Fidel Castro: desde planificar asesinarlo con un disparo en la sien a inocularle un potente veneno que le hiciera perder la barba.

Los once mandatarios que han ocupado la Casa Blanca durante los 55 años de castrismo están lejos de ser unos angelitos. Han tramado agresiones, subversiones y atentados a Castro I. Pero el régimen los magnifica.

En ese contexto, Alan Gross fue una pieza útil para los servicios especiales de la isla. En cinco meses, Gross visitó cuatro veces Cuba con el objetivo de darle a la pequeña comunidad judía local acceso irrestricto a internet.

El 3 de diciembre de 2009 el contratista estadounidense fue sancionado a 15 años de cárcel por un tribunal cubano. Gross no era el “tonto inocente que fue engañado por la USAID”, como declaró en su juicio.

Sabía los riesgos que corría al introducir equipos informáticos en una nación totalitaria, donde las comunicaciones paralelas son un delito de Estado.

Según un artículo de la agencia AP de 2012, los reportes de su viaje indican que Gross sabía que sus actividades eran ilegales y que temía las consecuencias, incluyendo la posible expulsión del país. Uno de los documentos afirma que uno de los líderes comunitarios ‘dejó absolutamente claro que estamos jugando con fuego”.

En otra ocasión, Gross comentó: “No cabe duda, esto es un asunto muy riesgoso. La detección de señales de satélite sería algo catastrófico”.

Se podría apelar a la benevolencia del gobierno de Raúl Castro para que libere a un hombre de 65 años, enfermo y mentalmente deshecho, tras la muerte de su madre el pasado 18 de junio en Texas.

Pero la autocracia criolla tiene montado su propio juego con el contratista de la USAID. Aún tienen en cárceles estadounidenses a tres espías de la red Avispa, dos de ellos condenados a cadena perpetua.

Alan Gross fue la excusa perfecta para una negociación que éticamente no acepta la administración de Obama, pues sería situar al viejo judío al mismo nivel que los espías cubanos.

Gross es un auténtico cobayo de laboratorio, atrapado entre la política ambigua de Estados Unidos y las pretensiones de los Castro de traer de vuelta a casa a sus agentes. Una moneda de cambio que la Casa Blanca no quiere aceptar.

Iván García

Foto: Alan Gross (Nueva York, 1949), antes de su detención y ahora, aunque después de su última huelga de hambre y su estado depresivo por la muerte de su madre, el pasado 18 de junio, debe estar aún más delgado y desmejorado. Tomada de The Cuban History.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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