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Esmelina, la Constitución y la basura
Por admin - Las Leyes de Laritza - Marzo 13, 2010
Esmelina Carreño, 49 años, es una negra gruesa de carnes flojas y andar cansino. Desde hace seis años vive en la Ciudad de La Habana. Nació en Santiago de Cuba, en medio del macizo montañoso de la Sierra Maestra. Es la octava de doce hermanos que viene a probar suerte en la capital de todos los cubanos.
Uno de ellos, que emigró hace 25 años, le resolvió el cambio de dirección. El trámite ante las autoridades demoró, pero gracias a la Virgen de la Caridad, consiguió trabajo. La situación está difícil en cualquier parte de la Isla, pero en La Habana, el dinero se gana más fácil.
Su meta es mejorar la vida de sus tres hijas y nietos. Aún no los puede traer consigo, pero cada tres meses con una vecina, trabajadora de un policlínico, resuelve un certificado médico por quince días. Así puede justificar dos semanas de ausencia en su centro laboral. No importa que el certificado le cueste 20 pesos cubanos (menos de un dólar). No es nada comparado con la posibilidad de matar la nostalgia y volver a ver a su familia.
A Esmelina no le preocupa que pronto cumplirá 50 años. Su preocupación es una sola: necesita una casa donde vivir sin sobresaltos en La Habana. Para lograr sabe que tiene que reunir suficiente dinero. Por eso, aprovecha sus viajes a las provincias orientales para traer café, cocoa y queso, que después revende a los habaneros.
Sabe que se arriesga. La policía le ha revisado hasta cuatro veces el equipaje en el trayecto desde Santiago de Cuba a La Habana, unos 800 kilómetros. Ya tuvo que pagar hasta mil 500 pesos de multa (alrededor de 45 dólares), por trasladar ‘mercancías prohibidas’, que casi siempre se las decomisan. Pero aprendió a camuflagearlas y logrado llegar con ellas a la capital.
Sus sueños han comenzado a materializarse. En seis años, ha reunido lo suficiente para comprar un terreno en la periferia de la ciudad, en una zona apartada del municipio Cotorro. El inmueble no tiene título de propiedad, es del Estado. El poseedor anterior lo tenía en usufructo desde hace más de 40 años y se lo vendió. Eso tampoco importa, después que haga su casa lo legaliza.
Con esfuerzo propio, yalevantó un cuarto y un baño. Como no tiene licencia, consiguió los materiales de construcción en el mercado negro. Para Esmelina es vital poder independizarse. Vive agregada en casa de su hermano mayor.
Ya dio otro paso que la llevará cerca de alcanzar su meta. Tiene un techo donde vivir. Ha tenido suerte, los inspectores del Departamento de Enfrentamiento a las Ilegalidades, de la Dirección Municipal de la Vivienda, no han detectado la construcción ilegal. Si llegaran a descubrirla, el órgano estatal de oficio, iniciaría un procedimiento administrativo, regulado en el decreto Ley 227, y perdería lo construído.
Esmelina está consciente de que para llegar a ser propietaria, no sólo necesita dinero para los materiales, si no también para pagarle a un abogado especialista en problemas de vivienda, quien por ’la izquierda’ le arregle los papeles. De lo contrario, corre el riesgo de perderlo todo, o quedarse como arrendataria de lo que edificó, con el sudor de su trabajo.
Le pide a sus santos que demore la visita de los inspectores, hasta que termine su construcción y reúna lo suficiente para realizar el plan concebido. Mientras, ya dio el siguiente paso: trajo a la menor de sus tres hijas y a una nieta desde Santiago de Cuba.
Es aquí donde comienzan los obstáculos en la carrera por alcanzar sus sueños. Intenta matricular a la pequeña en la escuela, pero el centro le exige el cambio de dirección. Esmelina construye con esfuerzo propio una casa, pero todavía es ilegal. Y como no es propietaria, no puede solicitar a la Dirección Municipal de la Vivienda su consentimiento para que su nieta, nacida en otra provincia, pueda vivir y estudiar en la capital.
Es el primer requisito que exige el Decreto-Ley 217 de 22 de abril de 1997, que establece las “Regulaciones Migratorias Internas para la Ciudad de La Habana”. Dicha disposición prohíbe a los cubanos, proveniente de otros territorios del país, residir, domiciliarse o convivir con carácter permanente en la capital, sin autorización.
La señora Carreño debe, además, pedir permiso al Presidente del Consejo de Administración del territorio, para que su hija y nieta convivan junto con ella. Y también presentar un documento expedido por la Dirección Municipal de Arquitectura y Urbanismo, que certifique que la vivienda cumple las condiciones mínimas de habitabilidad y que cada conviviente tiene 10 metros cuadrados de superficie techada.
Esmelina sabe bien cómo es el procedimiento, su hermano tuvo que realizarlo para que ella pudiera residir sin problemas en la capital. Sabe que es engorroso y agotador. Al verse entre la espada y la pared, decidió ofrecerle 500 pesos (25 dólares) a su hermano, para que le hiciera el favor de tramitárselo. Mientras, ha resuelto un ‘tránsito’ (permiso) por tres meses, para que la niña comience a recibir las clases.
Su nieta tiene 8 años y es una alumna aplicada. Acaba de llegar de la escuela y le pide a su abuela que le ayude a hacer la tarea de Educación Cívica que le puso la maestra. Para realizarla, es necesario consultar la Constitución de la República. Esmelina Carreño nunca antes había visto ese folleto ni leído esa ley. Empieza a leer y se va deteniendo en párrafos que le provocan dudas.
… “El Estado como poder del pueblo, en servicio del propio pueblo garantiza; que no haya hombre o mujer, en condiciones de trabajar, que no tenga oportunidad de obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus propias necesidades…. que no haya joven que no tenga oportunidad de estudiar…”
Olvida que tiene que ayudar a su nieta. Y se pregunta a sí misma ¿por qué, por no tener reconocida la residencia en la capital, a mi hija, ningún centro laboral o educacional la acepta?
Continúa leyendo: “…que no haya enfermo que no tenga atención médica; que no haya niño que no tenga escuela, alimentación y vestido…”
Vuelve a meditar: mi nieta padece una alergia severa en la piel y recibe atención médica, pero los medicamentos recetados para tratarla, no se lo expiden en la farmacia porque no puede acreditar su residencia en el territorio. La escuela tampoco aceptaba su ingreso por el mismo motivo ¿entonces de qué derechos me hablan?
En otro párrafo dicen: “…El Estado trabaja por lograr que no haya familia que no tenga una vivienda confortable…”.
Ahora comenta en voz alta.
-Entonces, por qué, si edifiqué mi casa con mi esfuerzo, sin ayuda del Estado, corro el riesgo de que me la quiten?
Por último, lee “que…todos todos los ciudadanos gozan de iguales derechos y están sujetos a iguales deberes…, que…la discriminación por motivo de raza origen y cualquier otra lesiva a la dignidad humana está proscrita y es sancionada por la ley…que el Estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, se domicilian en cualquier sector, zona o barrio de las ciudades y se alojan en cualquier hotel…”.
Cerró el folleto que por fuera dice Constitución de la República de Cuba. Ya no deseaba leer más. No obstante, se hizo la última pregunta ¿qué culpa tengo yo, y mi familia, de no haber nacido en Ciudad de la Habana? Acababa de descubrir una triste verdad. Nada de lo que decía aquella ley, se correspondía con lo que estaba viviendo.
Una gran mentira. Un papel le decía, que la Revolución le garantizaba derechos, pero por otra parte, le ponía trabas que le impedían vivir como persona. Antes no pensaba en eso, veía a su existencia desde una óptica diferente. Y se da cuenta de que por muchas dificultades que tenga que sortear para materializar sus sueños, puede tropezar con grandes obstáculos legales. Y sortearlos, demoraría una eternidad o en la práctica se volverían irrealizables.
Esa tarde, Esmelina comprendió que la Constitución de su país es letra muerta. Y si no la hacen cumplir, puede parar en la basura.
Laritza Diversent
Foto: zimlichproductions, Flickr
El resentimiento de Pedro Poul
Por admin - Las Leyes de Laritza - Enero 26, 2010
Pedro Poul habla con dificultad el creole. Aún así, cierra los ojos y susurra una oración religiosa. Se la enseñó su padre cuando era pequeño. Pensó que lo había olvidado luego de haberse sumado en 1958 a las guerrillas en la Sierra Maestra y haber profesado los dogmas del Partido Comunista de Cuba.
Su cántico religioso estuvo dormido en su subconsciente durante más de 50 años. Le pide a Papa Legbá (el Eleguá del panteón Yoruba en el Vudú haitiano) por la tierra que vio nacer a su padre, arrasada por un terremoto, y “ocupada por los yanquis”. Pedro Poul repite lo que escucha. Los cubanos, dice, están afligidos por los sucesos en Haití y “molestos por la intervención de tropas americanas” en la pequeña nación.
A pie juntillas cree lo que dicen los medios cubanos, que los estadounidenses se quieren apoderar de las minas de oro haitianas. Por Telesur, vio a Chávez hablando sobre la “invasión” y en la televisión cubana, al escritor de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, Heriberto Feraudy, acusar al ”monstruoso imperio, de no perdonarle a ese pueblo, haber sido la primera república negra en el continente”.
La prensa oficial no explica que Haití que el terremoto casi acabó con el gobierno y todas sus instituciones. Y que sus insuficientes infraestructuras estatales y sociales se acabaron de desmoronar con el sismo. Tampoco mencionan que fue su presidente, René Préval, quien solicitó a Obama ayuda urgente de los Estados Unidos. Ni dicen que la devastación y el caos, impiden que la ayuda internacional pueda ser con urgencia. Y que la desesperanción y el hambre han provocado escenas de violencia.
Los cubanos no saben que la principal cárcel de Puerto Príncipe quedó destruída ni que por las calles andan sueltos ladrones, violadores y asesinos, que con pistolas, machetes o palos, tratan de saquear lo poco que quedó en pie en casas y comercios e intentan cogerla por la fuerza en los locales donde se ha ido almacenando la ayuda humanitaria.
Ni siquiera por una vez, los gobernantes cubanos dejan de lado las diferencias políticas. Y son incapaces de sumarse a los esfuerzos de otras naciones, Estados Unidos incluido, por ayudar a cientos de miles de haitianos, quienes aguardan espera los beneficios de una operación global, que puede duplicar la cifra aportada cuando en 2004 un tsunami devastó varios países asiáticos.
Es más fácil hacer campañas de descrédito, que con modestia sumarse a un empeño humanitario, junto a naciones con diferentes ideologías y sistemas sociales. Ante una urgencia como la de Haití, no importa cuál sea el color de la bandera ni cómo se llame la persona o la ong con la cual vas a tratar de salvar vidas y reconstruir un país devastado. Tampoco importa quién o quiénes dirijan todas esas labores urgentes ni quién aporta más o menos.
Actitudes y sentimientos que no necesitan ahora los haitianos. Lo que ellos necesitan es que se unan esfuerzos y lo antes posible se envíen brigadas y materiales que en tiempo récord edifiquen viviendas antes de que lleguen las lluvias y la temporada ciclónica, el próximo mes de junio. Fenómenos naturales que acabarían de devastar la destrozada tierra y su gente.
Pedro Poul hizo hizo suyo el mensaje de los medios oficiales y a otros trasmite el odio durante 51 años inculcado hacia Estados Unidos, el enemigo número uno de la Revolución Cubana. Sin embargo, no se cuestiona que una vez el Partido Comunista le exigiera dejar atrás sus raíces y su religión. Ni que sus nietos no conozcan la vida y tradiciones de su abuelo haitiano.
Tampoco se detiene a meditar, si es la hora de buscar culpables. Y si los miles de desamparados, heridos y enterrados bajos los escombros, en estos momentos necesitan que salgan a la luz disputas ideológicas. Todo lo contrario.
La opinión pública cubana sólo conoce un punto de vista de la tragedia haitiana. El punto de vista difundido por los medios de comunicación, que en el caso de Cuba equivale a decir el mismo de los gobernantes. ¿Qué más puede esperarse de un gobierno que por orgullo y discrepancias políticas, cuando varias regiones de la Isla fueron arrasadas por dos potentes huracanes, en septiembre de 2008, rechazó la ayuda humanitaria?
Actualmente, la posibilidad de cooperación entre Cuba y Estados Unidos es nula. Y no sucederá mientras el gobierno cubano siga echándole la culpa de todos los males de la humanidad a su eterno enemigo. Aunque para lograrlo, tergiverse y manipule los hechos, según sus intereses.
Gracias a la sistemática desinformación, en el alma de algunos cubanos anida el resentimiento. Es el caso de Pedro Poul. No por aquéllos que una vez le exigieron renunciar a la herencia cultural de su padre haitiano. Si no por aquéllos que hacen todo lo posible por levantar a un pueblo en desgracia.
Laritza Diversent
Foto: American Red Cross, Flickr










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