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Un poeta con la fortuna del espanto

Las hambres, la sed, las pasiones y las exigencias de la carne de Reynaldo Arenas le dieron abrigo y un pan extraño al poeta que escribía con sus manos. Y le dieron aire y delirio al novelista que hacía reventar en su cabeza de guajiro oriental las historias más estrafalarias, imaginativas y graves de la literatura cubana de los últimos 50 años.

Todas esas carencias y ambiciones, esas emergencias y otros reclamos que dejaron sin respiración a amigos y a enemigos, lo llevaron, poco a poco, en silencio y a empujones, hasta un piso alto de Nueva York. Allí, lejos de su casa, ya sabemos a quién llamó para que se lo llevara.

Arenas vivió sus 47 años sin regatear un minuto. Entregado a sus compromisos. A las que consideró que debían ser sus obligaciones como ciudadano. Y a procurar, como escritor, dejar una obra que le diera a los lectores el retrato de un tiempo, de unos hombres, de una sociedad en la que estaba (está) prohibido decir la verdad y cantar sin acompañamientos.

Se sabe que algunas veces, muchas a lo mejor, halló el amor y fue feliz. Él se encargó de sufrirlo y contarlo con esa prosa gráfica a la que siempre habrá que quitarle unos centímetros a una fruta y bajarle (o subirle) unos grados a ciertas temperaturas. Lo narró con un lenguaje duro servido en almíbar para que el aroma de las historias durara más que el impacto de los juegos y las musarañas.

A pesar de esos cuidados, de esa dedicación a la alquimia de la línea de verso y de los párrafos, por encima del deseo de hacer lírico lo que podía parecer salvaje, muchos de sus seguidores le encienden más velas al joven de las hazañas sexuales, al señor que esperaba los amaneceres en las playas de Mariano en rondas de amor y rebatiñas con soldados, que al escritor consagrado y tranquilo, sin prensa ya, callado en los estantes de las librerías y en el silencio de las bibliotecas.

Otras candelas arden en sus altares de hombre político. Están encendidas las 24 horas del día en muchos puntos de la geografía cubana y en todos los territorios del exilio. Y es que el Reynaldo Arenas rebelde, irreverente y transgresor también le hace sombra al artista.

Sus temporadas en las cárceles y en los campos, perdido en las arboledas de un parque habanero que, aunque se llama Lenin, le sirvió para esconderse de la policía, alimentan a esas personas agradecidas que no dejan de verlo como un opositor radical a la dictadura. Como alguien que puso su talento y la fuerza de su nombre y de su literatura en el lado en donde están los más débiles y desguarnecidos.

Arenas había nacido en 1943 en un poblado llamado Aguas Claras que, según su paisano Guillermo Cabrera Infante, pasaba por las ventanillas del tren de Holguín a Gibara, en la zona oriental. Se mudó para La Habana en los primeros años 60. Consiguió un trabajo en la Biblioteca Nacional y, en sus horas libres, en condiciones muy difíciles, escribió su primer libro: Celestino antes del alba.

La novela, lo único que pudo publicar en su país natal, le dio nombre enseguida y fuerzas para comenzar a trabajar en El mundo alucinante (1966). Y eso fue el fin de su carrera como autor en un medio en que ya estaban descritos y trazados los canarreos por los que debían pasar las carretas y los bueyes.

En 1973 fue a la cárcel por dos años. Arenas se quedó solo, desarmado y pobre en el campo de tiro de la policía. Como se dice allá, cuando no estaba preso, lo seguían de cerca los oficiales de búsqueda y captura.. Pasó semanas, meses y años escondido o en el trabajo de rescribir libros perdidos o despedazados. Preparó dos fugas clandestinas y, en una de ellas, en las inmediaciones de la base naval de Guantánamo, por poco muere bajo el fuego de las ametralladoras.

Marginado y perseguido, el escritor abrió con su imaginación las fronteras del quicio que le dejaron para moverse. Muchos críticos y estudiosos ven en esa necesidad de ensanchar la realidad la maestría que alcanza Arenas cuando mezcla la áspera naturaleza de la vida con sus sueños y sus mundos increíbles.

Es cierto que Reynaldo Arenas respondió con entereza, coraje y originalidad al rigor que le aplicó durante décadas la dictadura.

Por eso, y porque creo que él nunca quiso dividirse y usar una camiseta por la mañana y otra por las noches, dentro y fuera de su país este escritor arrastra a muchos cubanos que si no lo han seguido página por página leyeron y guardan en sus casas este texto que escribió en Nueva York el 7 diciembre de 1990:

«Queridos amigos: debido al estado precario de mi salud y a la terrible depresión que siento al no poder seguir escribiendo y luchando por la libertad de Cuba, pongo fin a mi vida. En los últimos años, aunque me sentía muy enfermo, he podido terminar mi obra literaria. Me siento satisfecho por haber podido contribuir aunque modestamente al triunfo de esta libertad. Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esa decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país. Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la isla los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy».

Ese no es el fin. A casi 20 años de ese documento estamos con Reynaldo y su aventura. El lance de un muchacho campesino que luchó contra Fulgencio Batista y después contra Fidel Castro y, en realidad, lo que quería era escribir en libertad de sus amores y de la gente de su pueblo, que se comía la tierra y fornicaba con calabazas cálidas y tiernas.

Quería contar esos mundos de los brujos que mueven los árboles del campo y salen en las noches en las seibas y los algarrobos como luces para anunciar una botija que nada más encuentran los valientes porque a los cobardes que encienden un quinqué les aparecen huesos, carbón y flores amarillas.

Quería que esas historias conmovieran y que los adolescentes recibieran la música de su poesía y se aprendieran los sonetos y los epigramas. Que los lectores captaran su vena de humor y los cuchillos escondidos en las páginas y que en eso se le fuera la vida. Si acaso se tenía que ir.

Cabrera Infante dijo que Reynaldo fue un rebelde con varias causas. Un hombre expansivo y barroco. «Decir que Reynaldo Arenas atravesó como un cometa la literatura cubana», escribió, «y no decir que fue un bólido salido del infierno es mentir a medias».

Reynaldo Arenas, al que con éxito dio vida en el cine Javier Bardem (Antes de que anochezca, filme de Julian Schnabel), es un fenómeno. Un tipo que quizás sólo quería enseñarnos esto: «Todo lo que pudo ser, aunque haya sido/ jamás ha sido como fue soñado».

Raúl Rivero

Foto: Lázaro Gómez

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Asuntos familiares

Los cubanos llevamos casi cuatro décadas descubriendo lazos de familia en el mapa del mundo. Así tenemos, hemos tenido hermanos y amigos en Kirguizia, Hue, y en Conakry. Pero los verdaderos, los reales, la gente de la sangre y la calle está lejos de nosotros.

Ahora resulta que es en Surinam y en Granada, en Jamaica y Haití y en ese semillero de bellas islas mínimas del Caribe donde hemos encontrado, por fin, nuestro legítimo entorno hogareño.

Ya no importa el curso de la vida de los hombres y mujeres de Budapest y Sofía, de Minsk y Cracovia que según la prensa y el gobierno era nuestra familia y recibía en discursos y artículos el tratamiento pomposo de “hermanos eternos”.

Duró unos años esa eternidad. Y la papelería que trató de sembrar el afecto impostado en la isla es sólo una parte de la memoria fugitiva.

En los años de hermandad con Europa del Este, las islas de este ámbito, los países de América, España y el sur de la Florida, por ejemplo, eran como estampas del pasado, unas visiones en los límites del olvido y la frivolidad.

Vino después el momento, siempre conducido por el capricho y las necesidades del estado, de volver la atención sobre esos territorios y rescatar, tratar de rescatar toda la sustancia que el oportunismo, el júbilo y el engaño había convertido en sitios peligrosos.

Ha sido y sigue siendo un regreso desconcertante y demoledor, a veces teñido de humillación y siempre doloroso pero nunca plano.

En ese ejercicio de trauma y desafío ha estado la sociedad cubana en los ‘90, cuando para el fin de siglo se anunció el delirio caribeño: ahora tenemos los líderes de esta región y hay que abrazarse a los nuevos hermanos eternos.

Confieso que me gustaría, cómo no, hallar un contacto fraternal en un barrio de Montego Bay, donde siempre quiso llegar José Lezama Lima. Pero primero quisiera que mi hermano Humberto, que está en Toronto, pudiera vivir y trabajar decentemente junto a mí, en La Habana.

Estoy seguro de que podría querer, como a una hija, a cualquiera de las inteligentes muchachas granadinas que ya se preparan en Cuba para estudiar carreras universitarias. Claro que para mí lo mejor sería que mi hija Cristina pudiera estar conmigo en libertad y sin penurias, sin el estigma de mi apellido, en la ciudad que ama.

A lo mejor, impulsado por la nueva convocatoria fraterna, puedo hacer relaciones con un músico de Guadalupe pero extraño las veladas y las descargas cubanas con Arturo Sandoval, las sesiones de poesía con Donato Poveda y el sonido, sí eterno, del saxofón de Paquito D’Rivera.

Quizás llegue a admirar a un actor de la isla de San Vicente, pero sufro la ausencia de los vicios de dicción de Orlando Casín, la cubanía de Reinaldo Miravalles y la simpatía y el cariño de Julito Martínez.

Un severo historiador de Martinica podrá conmoverme con un análisis de la realidad del Caribe, pero Manuel Moreno Fraginals no está más en su casa de Playa escribiendo la verdadera historia de Cuba, inmenso y sabio, dispuesto a explicarlo todo.

Habrá, desde luego, simposios, encuentros, saraos políticos y cumbanchas antimperialistas con talentosos escritores de Puerto Rico y República Dominicana, pero no están en Cuba Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante, Daína Chaviano, Zoe Valdés, Norberto Fuentes, Andrés Reinaldo, Carlos Victoria, Reinaldo Soto, Bernardo Marqués, Maria Elena Cruz, Roberto Luque, Pío Serrano o Manolo Díaz y otros amigos de verdad que andan por el mundo.

Esta es la época de abolir por decreto otros afectos. Es el momento histórico del Caribe y hay que ser majestuosos y espléndidos con la nueva familia. Generosos, vehementes para que el enlace vuelva a parecer definitivo.

Que conste: ahora hay que amar a los pueblos del Caribe. Ya está a punto la tinta para el torbellino a pesar de que los cubanos aprendieron que el cariño no admite contrabandos.

Raúl Rivero

Foto: Raúl Rivero y Zoé Valdés, durante la presentación del libro La Ficción Fidel. Madrid, mayo de 2007.

Publicado en Cubafreepress el 2 de septiembre de 1998.

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El ensayista de la ceguera

Para José Saramago, el flamante premio Nobel de Portugal, Cuba es una piedra y una rosa. Es decir, Cuba es más dura que una piedra y está más viva que una rosa. Tiene razón, sólo que el autor de “Todos los nombres” y “Ensayos sobre la ceguera”, puede estar confundido con la Cuba que nombra y el origen de la fuerza y la vitalidad que vislumbra.

Saramago hizo esas afirmaciones en medio de una pachanga marxista durante la Cumbre de Oporto, en un acto en el que habló como presidente de la Asociación de Amistad Portugal-Cuba.

Un hombre que ha llegado a la gloria literaria con el rigor con que se adentra en los complejos temas que asume, por la profundidad de sus indagaciones y el valor con que investiga y maneja sus ficciones, debía represar su emoción política para hablar de un país que no conoce o del que tiene noticias y versiones parciales.

Claro, la política es así y seguramente era el momento, el carrusel de la jerigonza semántica, la fanaticada eufórica y nuestro gran prosista se lanzó al micrófono con esas metáforas desvaídas, sacadas, al parecer, del discurso de un cederista de Quivicán.

Admiro a Saramago desde que leí “El año de la muerte de Ricardo Reis”. Ese libro, inscrito ya para siempre en la historia de la literatura universal, dio a conocer al maestro portugués y fue, al menos para mí, una forma de homenajear y revivir al más importante intelectual de aquella región, el poeta Fernando Pessoa.

Aquí, en medio de esa roca que él describe casi no llegan sus libros ni los de otros autores importantes, pero con el ingenio y la generosidad de quienes la habitamos (y de algunos que han tenido que abandonarla) a veces logramos leerlo.

Los grandes sectores de la población que viven en las zonas peligrosamente marcesibles de la rosa, desde luego, no conocen a Saramago y si lo vieron últimamente en la prensa local, fue a junto a banderolas y consignas y no como el prosista que conoce otra parte del mundo.

Creo en la imaginación y sé que a veces sólo gracias a ella se puede vivir en Cuba, pero creo también en la responsabilidad del escritor de esta y de todas las épocas (no lo perdones, Señor, ellos sí saben lo que hacen) y es por eso que considero que el lúcido narrador portugués debía tocar la roca, verla en toda su dimensión, sentir el perfume y ver los pétalos de la rosa completa, a ver si sostiene el nombre de Cuba en la cúpula.

Es cierto que está viva, pero desde luego, en la voluntad de los hombres y las mujeres que salen a luchar todos los días por sus familias y que esperan cambios para su porvenir, libertad para sus iniciativas y bienestar para sus descendientes.

No son los discursos retóricos los que marcan la fortaleza y la vitalidad de una nación, sino el afán de ciudadanos en su batallar ante un grupo de poder que le impone la aspereza y cancela el futuro.

Aunque las metáforas me parecen gastadas y municipales es verdad, José Saramago, Cuba resiste y está viva, pero no es la misma Cuba de la que usted habla.

Cuando leí en La Habana esas declaraciones y adiviné en la tinta de los periódicos el entusiasmo del fabuloso prosista, me pregunté: ¿Cómo este hombre sin conocer Cuba -aunque haya pasado un par de veces, fugaz, por la isla- puede hablar en público de ella, con tanta anchura y desenfado?

Pensé: ¿Será mago Saramago?

Raúl Rivero

Publicado en Cubafreepress el 22 de octubre de 1998.

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Deudas de juego

El treinta aniversario de la publicación en este país del libro Fuera del juego no se celebró con una edición de lujo de aquellos poemas irreverentes y deslumbrantes. La fiesta se fue haciendo año tras año, con copias mecanográficas, tiradas en mimeógrafo, manuscritos, en libretas escolares y recitales con sordinas en peñas literarias.

Fue así una fiesta difusa y permanente a la que han llegado tres generaciones de poetas cubanos, como a un banquete, a disfrutar, conocer y reflexionar con los versos de Heberto Padilla.

Estas tres décadas sólo han podido envejecer los ejemplares y ajar las hojas releídas y subrayadas porque el mensaje y la voz del poeta están vigentes, renovadas y señalan, implacables, las heridas de una sociedad paralizada en el medio del siglo XX.

Fuera del juego y Heberto Padilla llevan 30 años sin recibir una mención en la prensa oficial cubana. Esa circunstancia les ha garantizado la presencia definitiva en la historia de la literatura cubana y en la historia, a secas.

La poesía se conserva intacta pero como Heberto vive en el destierro, está lejos y sus nuevos libros y artículos periodísticos, en este mismo diario, sólo llegan de forma intermitente y peligrosa a su isla, la persona, el hombre que es el poeta se ha transformado.

Culto, irónico, incisivo, dotado para el buen humor y el juego de palabras, Heberto es recordado aquí por sus amigos y compañeros de viaje en la literatura en una dimensión relativamente real pero los jóvenes escritores exageran siempre a favor del poeta todas esas cualidades que en los años ‘60 lo convirtieron en un personaje célebre y acosado en esta ciudad.

Ahora, por ejemplo, los nombretes que llevan supuestamente con pesar todos los escritores de la generación de Padilla son de la autoría del poeta de El justo tiempo humano.

Aventuras amorosas, desplantes, insultos a funcionarios, frases cortantes, bofetadas a escritores extranjeros, definiciones sobre el amanecer, anécdotas desconcertantes y otras invenciones rodean hoy los años de esplendor y tristeza, de fama y frustración que vivió Heberto cuando la burocracia y la policía, con la indiferencia y el miedo de muchos de nosotros convirtió su vida en “el caso Padilla”.

Su poesía y todo lo que hizo conmovió más tarde o más temprano a decenas de escritores que pudieron ver en su obra y en su actitud civil una vuelta a la manera de encarar la vida y la literatura de José María Heredia y José Martí.

Los treinta años de Fuera de juego, desde luego, pasaron por debajo de las mesas de las redacciones de la prensa oficial. Sin embargo sé que se hizo, por ahí, en una computadora, una edición limitada. Recibí invitaciones a varios recitales de poemas del libro y muchos de los escritores de los llamados “viejos” tuvieron que disponerse a responder, otra vez, esta pregunta: “¿Es verdad que usted conoció a Heberto Padilla?”

Raúl Rivero

Foto: Heberto Padilla. Publicada en El País y tomada del blog de Manuel Díaz Martínez.

Publicado en Cubafreepress el 4 de diciembre de 1998.

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Como viví la Primavera Negra

El 17 de marzo por la noche mi cabeza estaba en otra parte. No tenía un centavo en el bolsillo y debía comprar un complejo lácteo vitaminado, que entonces costaba 4 dólares, a mi hija Melany, de apenas mes y medio de nacida. El desmesurado apetito de la bebita, había obligado a la pediatra a indicar que complementaran el vitaminado lácteo con el pecho materno.

En ese entonces, era periodista independiente de la agencia Cuba Press dirigida por el poeta y periodista Raúl Rivero. Escribía para un sitio digital de la Sociedad Interamericana de Prensa y crónicas e historias para Encuentro en la Red, web que hacían cubanos emigrados en España, que por ese tiempo era de lo mejor, periodísticamente hablando, que se promovía fuera de Cuba.

Pero el pago a los artículos llegaba cada dos o tres meses. Y el día antes de que el gobierno desatara la razia contra 75 opositores y periodistas libres, yo estaba pidiendo el agua por señas. Era un marzo caliente. La invasión a Irak por parte de tropas norteamericanas era inminente. La noche antes, había hablado con mi esposa la posibilidad de vender algunas ropas mías y un reloj, para poder comprarle el alimento a la niña.

Esa madrugada me quedé a dormir en la casa de la niña, para ayudar a la madre que estaba extenuada con la costumbre de la pequeña Melany, de despertarse en plena noche y quedarse dormida hasta el amanecer.

Al filo de la medianoche, del martes 18 de marzo, regresé a mi hogar, en el barrio de La Víbora, donde vivía con mi madre, mi hermana y una sobrina. Con un cansancio de siglos y unas ojeras por el piso.

En el balcón vi a mi madre, Tania Quintero, también periodista independiente, haciéndome unas señas incomprensibles. Cuando llegué, me contó que se habían llevado detenido a varios periodistas y disidentes.

El sueño que tenía se me quitó de golpe.  Ahí no paraban las malas noticias. Se estaba produciendo detenciones masivas en toda la isla. Al día siguiente, nos enteraríamos que a casi un centenar de personas las habían detenido y de forma minuciosa registrado sus domicilios.

Mi madre y yo esperábamos en cualquier momento nuestra detención. Andábamos con un cepillo de dientes y una cuchara. Hablé con mi esposa y de forma tétrica le dije que en cualquier momento podrían venir por mí.

Estábamos con el corazón en un puño. Fueron días cargados de espanto. No entendía las razones del gobierno para encarcelar a un grupo de personas que se oponían de forma pacífica o escribían sin mandato.

Amigos periodistas como Raúl Rivero, Ricardo González, Jorge Olivera y Pablo Pacheco, por decreto estatal, dormían en celdas tapiadas de de la policía política. Escuchaba radio por la onda corta y la denuncia del mundo era espectacular. Castro, en su calculada estrategia, creía que con la guerra de Irak,  iba a desviar la atención sobre el asunto. No fue así.

Con el paso de los días, se desató una poderosa ráfaga de ataques en los medios cubanos contra la oposición. Y comenzó el circo. Juicios sin garantías y una serie de topos infiltrados en la disidencia y el periodismo salieron a la luz. Con horror recuerdo que había 7 peticiones fiscales de penas de muertes.

El delito era disentir y escribir artículos que no eran favorables al gobierno. Como “pruebas contundentes”, la fiscalía presentaba máquinas de escribir, radios portátiles, libros, hojas blancas de papel y dinero. No se ocupó ni una sola arma de fuego o material explosivo.

“Castro ha enloquecido”, pensé. Mientras más analizaba diferentes variantes, menos lógicas me parecías las conclusiones. Es cierto: el gobierno había preparado el golpe con meticulosidad.

El Proyecto Varela, del opositor Oswaldo Payá Sardiñas tenía a Fidel Castro más arriba de los cojones. Cualquier mandatario democrático de paso por La Habana, le pedía que cumpliera con las leyes de su propia Constitución, que autorizaba a realizar reformas de leyes cuando se habían recogido 10 mil firmas.

Y eso era lo que había hecho el movimiento de Payá. Incluso, el propio ex presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, en un discurso en el aula magna de la Universidad de La Habana y ante el propio Castro, le había exigido cumplir los requerimientos jurídicos.

Esto acabó por exasperar a Castro, quien desde 1998 tenía encarcelado a 5 espíasn de una red de 12, desarticulada en Estados Unidos. Y ninguna maniobra jurídica había hecho posible la condonación de la sanción. Y se decidió a jugar fuerte.

Hizo reformas a la carrera en la Constitución, para perpetuar su sistema político. Y lanzó la tenebrosa Ley 88, conocida como ley mordaza, que te podía llevar a prisión por más de 20 años, sólo por disentir o escribir, bajo la acusación de estar al servicio de una potencia extranjera.

Las condiciones estaban creadas para desatar la razia contra la oposición. La guerra de Irak fue la cortina de humo que Castro usó para que se evaporara la noticia.

Ningún opositor o periodista estuvo seguro de su situación en los meses posteriores. Mi madre y mi familia se vieron forzados a partir al exilio. Yo preferí ver crecer a mi hija. Me sentí con todo el derecho del mundo a estar a su lado y verla decir sus primeras palabras en el país ella donde ella nació y donde nacieron sus padres y sus abuelos. Eso no me lo iba impedir Fidel Castro. Incluso, a riesgo de ir a prisión.

A 7 años de la fatídica Primavera Negra, poco ha cambiado en Cuba. Fidel Castro espera la muerte en una cama escribiendo sus memorias y una letanía de reflexiones personales sobre cualquier acontecimiento en el planeta.

Su hermano Raúl, sin grandes cambios, ha seguido su misma política represiva contra quienes se les oponen. Los sigue descalificando y despreciando. En el aire de la República sigue flotando la intimidante Ley 88. Cuando el gobierno considere, puede llevar a la cárcel a los que disienten. Sin ninguna contemplación.

A estas alturas de la revolución y la lógica erosión del poder, los Castro están decididos a perpetuarse hasta la muerte. Nadie les va a hacer cambiar de ideas. Ni la presión internacional. Ni la plática franca de los líderes de países que desean que Cuba se sume al conjunto de naciones democráticas.

Han pasado 7 años de la encarcelación de 75 opositores.  Y la vida por estos lares sigue igual. Nada ha cambiado.

Iván García

Foto: La Víbora, barrio perteneciente al municipio 10 de Octubre, el más poblado de la Ciudad de La Habana.

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Linchamiento verbal

1997 fue un año especialmente represivo para el periodismo independiente cubano. Marcó el reinicio, con nuevo ropaje, de los actos de repudio instaurados por el gobierno de Fidel Castro en 1980 con la intención de humillar y desmoralizar públicamente a quienes pretendían dejar el país por el puerto del Mariel.

Raúl Rivero los definió con exactitud: linchamientos verbales. Y el propósito era ése, “lincharlo” a uno con palabras. El ingrediente principal: un centenar de fanáticos e incondicionales del régimen, dispuestos a intimidar gritando improperios, ofensas y calumnias, según un guión previamente diseñado por siniestros cerebros del Departamento de Seguridad del Estado.

En el 97 una docena de periodistas independientes, casi todos de Cuba Press, tuvimos que soportar delante de nuestros domicilios a esas jaurías vociferando durante dos horas seguidas.

Yovani tenía 17 años y fue testigo del acto de repudio que la Seguridad del Estado me organizó la noche del lunes 10 de febrero delante del edificio donde vivía con mi madre de 82 años, mis dos hijos, mi nuera y mi nieta, entonces de dos años y medio.

-Fue algo alucinante. Si no lo hubiera visto, no lo hubiera creído. No imaginé que la revolución fuera capaz de semejante bajeza ni que hubiera gente tan miserable que se prestara a hacerle eso a una mujer de tu edad, me diría al dia siguiente Yovani.

Entre los movilizados aquel lunes había un hombre de la raza negra que estuvo a punto de morir en Angola. “Llegué del trabajo y en la casa encontré una citación urgente. A las 8 de la noche debía estar en Carmen y 10 de Octubre. Pensé que sería para una de las tantas actividades a las cuales los militantes estamos obligados a asistir. La noche era fría y había mucho viento. Habrían unas 90 personas y continuaban llegando. Le pregunté a una compañera y me respondió que tampoco sabía el motivo de la citación. En eso empezó lo que pensé sería un acto político y resultó ser un mítin de repudio contra la periodista Tania Quintero, una mujer de 55 años, respetada en el barrio. Sentí tanta rabia y vergüenza que di media vuelta y me fui”, le confesaría después este hombre a un amigo común.

Quien sí no se avergonzó y hasta el final me ofendió fue Antonio.

-¿Y ese quién es?, le pregunté a la persona que una vez terminado el “linchamiento verbal” me contó hasta el más mínimo detalle.

-Tania, es ese tipo grande, gordo y maricón que hace poco se mudó pa’la cuadra.

-¿Sí, y dónde vive?

-En un pasillo, en la acera de enfrente.

-Pues no tengo la menor idea de quién se trata.

Los vecinos habían quedado desconcertados por la virulencia del sujeto. “Hay que cuidarse de él”, comentó un viejo jubilado. Y añadió: “Pero sin perderlo de vista”. Quizá por ello muchos ojos lo seguían al verlo entrar y salir de su vivienda.

Cuando Antonio y yo coincidíamos en la cola del pan, la bodega o la carnicería y estaba presente alguien del vecindario que recordaba su rol de mercenario en el acto de repudio, el aire se volvía tenso. Conocedora de la expectación generada, me mantenía inmutable. A fin de cuentas, los vecinos no querían un enfrentamiento verbal. Ellos sólo deseaban que una vez, aunque fuera una sola vez, su mirada se cruzara con la mía.

Me fuí de Cuba el 25 de noviembre de 2003 sin que Antonio supiera que aquella mulata canosa con quien tantas veces coincidió en las colas era Tania Quintero. La misma a la que a él, sin conocerla, la noche del 10 de febrero de 1997 su intolerancia lo había llevado a gritarme una consigna surrealista ¡Que le quiten la ciudadanía!

Tania Quintero

Foto: Screaming But Unheard, del pintor inglés Neil Houghton.

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Kerline sola en Puerto Príncipe

La poeta haitiana Kerline Devise tiene que haber escrito su libro Mis cuerpos, Ediciones ZV (Lunáticas, París 2009), en una habitación con espejos en todas las paredes, en el techo y en las ventanas. Ella y el misterio de su anatomía -de las vísceras latentes a las temperaturas de la piel- son el tema único de sus versos sensuales, hechos para que se puedan leer como murmullos.

A mí me gustan esas confesiones de Kerline Devise (Puerto Príncipe, 1976), escritas con el impulso inicial de quien se propone decirlo todo y, en un momento, con un cambio del tiempo verbal y la sabiduría de un surrealismo recibido en ayunas, apaga la luz o deja caer un fuetazo que deslumbra.

Dense Bernhardt, autora del prefacio de Mis cuerpos, habla de un viaje al país del amor y aclara que el poemario necesita descodificación, «él es el instante, en la violencia de los sentidos exaltados donde la conciencia se fragmenta».

El escritor Juan Abreu cree que Kerline nos hace invitaciones al más antiguo de los viajes, el que realizamos a través de nuestros cuerpos y en el que se encuentran «inesperados paisajes, nuevos peligros, ardores, inmensidades atrapadas en una húmeda protuberancia; y descubrimos que el placer viene a ser algo así como la saliva de la muerte».

Abreu escribe en el prólogo de la colección de poemas que se trata de un libro que parece explorar el goce, pero que no abandona otras aproximaciones menos placenteras. «De esa dualidad», dice, «emana su atractivo. Como si la luz proyectada por el deseo sexual y sus aledaños, estuviera siempre poblada de sutiles bolsones de sombras».

Zoé Valdés tradujo los poemas al español, hizo la edición bilingüe y los publicó. El viernes me llegó de París un sobre con el cuaderno y estas líneas de la escritora cubana: «Te mando el libro de Kerline Devise. Ella se ha quedado sin nada, pero al menos con vida».

Y con su poesía, digo yo. Estos versos son suyos: «La tierra se encaprichaba con tu presencia/ Mi miedo fue derramado en el suelo/ Oía perros entrar en mi hambre/ Caminos, meditaciones».

Raúl Rivero

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Un pastel para Lezama

A José Lezama Lima le gustaría estar en su casa de Trocadero. Desde el Malecón llegan unos nortes frescos que suben rápidos por el Paseo del Prado de La Habana y ese aire sería el primero en traerle la bulla de los dos elefantes que pasarían por su ventana. Dos bestias que sólo él comprendería porqué el elefante es el número nueve en la charada china.

El autor de Paradiso cumplió 99 años. Como no es una cifra redonda, lo recordó su hermana Eloísa. Los pícaros preparan el guateque para el año que viene.

El poeta, después de mirar ilusionado a los dos elefantes, se iría a su patio morado a tomar un café con leche y a comer unas empanadillas de carne y otras de guayaba.

Antes de dormir, a leer a Don Luis de Góngora, lo mejor de la fiesta, la única manera decente de celebrar su llegada a una edad tan compleja que, al revés, lo rejuvenece y, unida por los ceros, le sirve de antifaz.

Al patio sií, bajo la noche negra, a recitar como si cantara estas líneas que escribió en esa misma casa sobre Don Luis: «Góngora culmina posiblemente en todas las lenguas románticas el vencimiento de la prueba heliotrópica. Su índice de luminosidad fija el centro por donde penetra el rayo metafórico y su tiempo de permanencia dentro del haz luminoso».

Raúl Rivero

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