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‘Gusanos’ buenos y ‘gusanos’ malos

Fue Fidel Castro, con sus habituales arremetidas vitriólicas, quien en un discurso pronunciado el 2 de enero de 1961 en la entonces Plaza Cívica, hoy de la Revolución, le puso el mote de ‘gusanos’ a los cubanos que osaran criticar a su revolución de verde olivo o decidieran marcharse de su tierra. Ese día también por primera vez empleó la palabra ‘gusanera’ como sinónimo de contrarrevolución.

A partir de 1959, más de 2 millones de cubanos han emigrado de su país. Hablemos francamente. Cierto que en las primeras oleadas migratorias, a principios de la revolución, la inmensa mayoría de los que huyeron de la Isla eran individuos que abiertamente odiaban a Castro.

Muchos habían perdido sus propiedades, de un golpe nacionalizadas por los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra. Otros, pertenecientes a la pequeña burguesía local, hicieron las maletas y volaron hacia Miami, pensando que la ola revolucionaria del comandante único era un delirio pasajero.

En los primeros años, más de tres mil profesionales, excelentes médicos, ingenieros, arquitectos, académicos, intelectuales, casi todos representantes de la inteligencia ilustrada cubana, pusieron pies en polvorosa. Para denigrar a los recién exiliados compatriotas, la propaganda oficial los tildaba de batistianos, burgueses, latifundistas, explotadores… Y para rematar la sarta de insultos, la acostumbrada muletilla de ‘gusanos’.

Después las cosas cambiaron. En 1980, cuando el éxodo del Mariel, buena parte de las 120 mil personas que abandonaron el país que los vio nacer, era gente simple y humilde que nunca había tenido un duro, ni regenteado una empresa. Personas que habían sido educadas en escuelas donde todas las mañanas, luego de una arenga patriotera, con la mano en la frente, había que gritar “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

Como los cubanos de a pie no pueden salir libremente de su país, quienes desertan son los que pueden viajar: médicos, políticos, generales, artistas, peloteros y deportistas en general. Ciudadanos que mientras viven en Cuba, se destacan como “revolucionarios” y todo el tiempo viven con las máscaras de la doble moral puestas. En silencio asisten a las aburridas reuniones de los CDR y bien temprano van a votar en esa parodia de democracia que son las elecciones cubanas. Con una botella de ron y a ritmo de conga, asisten a marchas combatientes y manifestaciones en la Plaza de la Revolución. De ese modo cumplen con lo ‘políticamente correcto’. Para no llamar la atención y que para que el Partido y el Ministerio del Interior sigan confiando en ellos.

En el fondo de su alma, se la pasan esperando la oportunidad. Y a la primera de cambio, dejar atrás el socialismo tropical, la retórica absurda y los agobios materiales. A todos esos cubanos que votan con los pies (o sea, largándose), el gobierno de los Castro, los justifica diciendo que emigran en busca de mejoras económicas. Intenta poner a sus desertores al mismo nivel de mexicanos o haitianos, que desesperadadamente escapan de sus países. De admitir el discurso oficial, entonces hay que reconocer que en el aspecto económico, la revolución cubana fracasó.

Aún así, cuando uno se marcha de Cuba para vivir mejor, y sabe leer y escribir, como todos los cubanos que se van al exilio, si esa persona no es cínica, ni embustera, debe señalar a sus gobernantes como los grandes culpables de tantas penurias, que impulsan a los suyos a tirarse al mar en una balsa o casarse sin amor con un anciano español o italiano que bien podría ser su abuelo.

No se puede tener memoria corta. Aún recuerdo -cómo olvidarlo- cuando era un adolescente de 15 años, observar impávido los actos de repudios y agresiones físicas a los que decidían marcharse de la Isla. Luego, el viento se llevó al garete varios proyectos socialistas. El Muro de Berlín se vino abajo, y de la noche a la mañana, ese Estado de obreros y campesinos que fue la URSS, desapareció a velocidad inusitada. El mapa europeo cambió de color.

Pero la revolución de Fidel Castro, que ciertamente no fue instaurada por Moscú, se aferró como un poseso a bandera de la resistencia, el nacionalismo y las amenazas de las perfidias yanquis. Fue entonces cuando ocurrió un “milagro”. Los eternos ‘gusanos’ se convirtieron en mariposas. Para desgracia de los Castro, la escoria y los indignos cubanos, que no supieron reconocer la grandeza de su revolución, prosperaban y con el billete verde de su odiado enemigo, comenzaron a mantener a cerca de un 60 por ciento de la población cubana, según cifras extraoficiales.

Y ya en el siglo 21, sin los dólares estadounidenses ni los euros, entre otras divisas enviadas como remesas familiares, nadie en la isla puede hacer planes para arreglar su deteriorada vivienda, adquirir un un televisor, comprarle zapatos a los hijos o comer caliente dos veces al día.

Para el régimen, hay ‘gusanos’ buenos y ‘gusanos’ malos. Los buenos son los que viajaron a La Habana el 27 y 28 de enero de 2010, a reunirse con funcionarios del gobierno “en defensa de la soberanía nacional, la lucha contra el bloqueo y la liberación de los cinco héroes presos injustamente en cárceles del imperio”.

La reunión se celebró en el Palacio de Convenciones, al oeste de la ciudad, bajo un largo título: “Encuentro de Cubanos Residentes en el Exterior, Contra el Bloqueo y en Defensa de la Soberanía Nacional”. Según el periódico Granma, asistieron 300 delegados procedentes de 44 naciones, de ellos 144 de los Estados Unidos.

No importan que poco o nada hayan logrado estos ‘gusanos’ buenos. Todavía es necesario pedir permiso al Estado para poder viajar al exterior o visitar tu propio país. Si te marchas de forma definitiva, pierdes tu casa y otras propiedades. Y los cubanos que piensan diferente al discurso oficial, es decir los ‘gusanos’ malos, lo apartan de cualquier diálogo como si tuvieran la peste bubónica.

Estoy a favor de cualquier diálogo. Pero abierto a todos. No sólo para aquellas personas que desde la distancia aplauden, hasta enrojecerse las manos, la manera que los hermanos Castro rigen los destinos de Cuba.

Quisiera ver caminar por los pasillos del Palacio de Convenciones, al político liberal Carlos Alberto Montaner, residente en Madrid, charlando ensimismado con Haroldo Dilla, economista marxista que decidió vivir en Santo Domingo.

Cuánto me gustaría distinguir la recia humanidad del poeta Raúl Rivero, picando canapés de jamón y queso en el restaurante Bucán, junto al escritor Miguel Barnet, mientras otro bardo, Roberto Fernández Retamar se le acerca y le dice que esa noche lo espera en su casa para hablar de poesía.

O que mi madre, Tania Quintero, a la que una vez fue su amiga y compañera en faenas periodísticas, Rosa Miriam Elizarde, pueda preguntarle por su familia y su trabajo. Tampoco estaría mal que el prestigioso periodista Max Lesnik, con quien en el periódico El Mundo/América comparto un blog a dos manos titulado 90 Millas, me llamara y quedáramos para tomarnos un café en el hotel Parque Central, y allí civilizadamente disentir.

Por ahora nada de eso es posible. Los ‘gusanos’ buenos debieran empujar al gobierno a emprender el camino de la tolerancia y el respeto a las discrepancias. Entonces, esos encuentros de emigrados tendrían razón de ser.

En todo caso Max, si visita La Habana, pase usted a verme.

Iván García

Foto: Max Lesnik con Fidel Castro, del documental The Man of Two Havanas, realizado en 2007 por Vivien Lesnik Weisman.

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Avatares de un periodista independiente

Joder. Qué me hago ahora. Tenía planificada una entrevista con una señora en el barrio de Marianao que hace labor comunitaria con niños pobres. Por causas ajenas a mi voluntad tuve que postergarla.

Son las 8 de la mañana de un inusual y frío mes de enero de 2010. Miro la cartera, me quedan 28 cuc. Tengo que improvisar, por la entrevista fallida. Ya dentro de un ”almendrón” (viejo auto americano), decido compartir con ustedes avatares y sueños de un periodista independiente cubano.

Cuando en octubre de 2009 del diario español El Mundo, en su versión digital, me pidieron escribir a dos manos junto a Max Lesnik un blog de debate titulado 90 millas, la idea me pareció genial. También, si podía, me dijo el míster de la redacción con su tono de madrileño, algunas historias. Qué bien! Manos a la obra. Pero -siempre hay un pero- escribir en Cuba es digno de una hazaña de Tarzán.

He visto siete veces el filme de Robert Redford sobre el caso Watergate. Encarna al famoso reportero del Washington Post, Bob Woodward y su célebre fuente, Garganta Profunda. Una clase magistral de periodismo. Con avidez las historias que publican en las revistas Time o Newsweek. También los reportajes de El Mundo o El País dominical. Son una pasada. Ser periodista en el primer mundo debe ser gratificante.

Ningún funcionario te puede negar información pública. Ni pende sobre tu cabeza una ley terrorífica que te puede condenar a 20 años de cárcel. Tampoco en el barrio donde vives nadie te arma un “acto de repudio”, un linchamiento verbal, estilo fascismo alemán, donde lo menos que te gritan es la madre que te parió.

Nunca, en ese primer mundo donde se desayuna varios platos y con frecuencia puedes comer carne, te visita un cándido agente de la inteligencia para amenazarte, que si sigues escribiendo podrías ser procesado. Debe ser bueno ser periodista en el primer mundo.

En el civilizado, porque en Colombia o México, un sicario pagado por un cartel de la droga te puede acribillar a balazos. O en la Venezuela del delirante Hugo Chávez donde el bolivariano, sin contemplaciones te puede llenar de improperios en su programa televisivo Aló Presidente.

Tengo la costumbre de leer los comentarios que me dejan. Me gusta que me critiquen. Sobre todo cuando son criterios de peso. Si algo adoro del periodismo del siglo 21 es la retroalimentación. Escribo lo que pienso, sea en una crónica o un artículo de opinión. Trato de ser objetivo. Pero ni Fidel Castro ni Elián González se tomarán la molestia de darme una entrevista si se las pido. Para el gobierno, yo soy un mercenario.  Un traidor a mi pueblo y a la revolución socialista.

No me amilano. Me tomo el trabajo en serio. Creánme. Y soy un iluso, que piensa que en el fondo la gente es buena. Para este 2010 tengo mis planes. Quisiera que Raúl Castro me diera las respuestas que le niega a la bloguera Yoani Sánchez. También me gustaría entrevistar a Fidel Castro en su clínica particular.

La lista de encuentros sigue. A los deportistas cubanos Kendry Morales y Dayron Robles. Y luego que me firmen un autógrafo. Sería feliz si Usaín Bolt, el hombre que vino de otro planeta, el suizo Roger Federer, el argentino Lionel Messi o el español Pau Gasol, me concedieran unos minutos.  De los políticos, aparte de los Castro, con gusto charlaría para El Mundo o para mi blog Desde La Habana, con el preso de conciencia Oscar Elías Biscet o con el periodista cubano exiliado Carlos Alberto Montaner. De los estadistas extranjeros, me decanto por Lula y una entrevista polémica con el Papá Noel de Caracas.

Bueno, por qué no, también con el carismático Barack Obama y el insípido José Luis Rodríguez Zapatero, a quien le pediría que me explicara cuál es la posición de su gobierno con respecto a Cuba. Me faltaría un puñado de artistas y mi ojito derecho, Oprah Winfrey.

Es bueno soñar. Pero ya llegué al hotel Parque Central. Una tarjeta de internet de una hora me cuesta 8 cuc, un dineral. Guardo bien en la billtera los 20 cuc restantes. Para la próxima vez.

Daría lo que no tengo por intentar hacer extensos reportajes, polémicos y balanceados y con buenas fotos. Y porque alguna persona de la lista citada me concediera una entrevista. Pero eso son pendejadas. Ahora tengo que poner los pies en la tierra. Y además de esta crónica, ver qué más escribo para El Mundo y mi blog Desde La Habana. Después, puedo seguir soñando.

Iván García

Foto: ahisgett, Flickr

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Un tal Iván

En octubre de 2009 comencé a escribir para el diario español El Mundo, un blog a dos manos, llamado 90 millas, con el periodista cubano radicado en Miami, Max Lesnik, así como algunas notas, artículos, crónicas e historias sobre la vida del cubano y mi percepción del gobierno de los Castro. No pasaron muchos días cuando varios amigos (otros no tanto) se me acercaron. Después de felicitarme, me dieron algunos consejillos.

Un viejo zorro y experimentado reportero, en confianza y en tono apagado, me dijo: “Tira muchas curvas, enseña poco la recta, intenta hacer historias de color que no te traigan problemas, luego cobras y vive lo mejor posible, si andas con el AKM en ristre, el gobierno te va a pasar la cuenta”, me indicó el avezado periodista, vividor, oportunista y cínico como muchos en Cuba, que quieren tener un buen salario en moneda dura, sin tener grandes complicaciones con el status quo.

El viejo reportero conoce mi amor por el periodismo deportivo, y por ello usó la jerga beisbolera. “Dar curva” en la isla es narrar sobre la historia del malecón, el barrio chino o el Capitolio. Hablar de cosas curiosas o contar cómo un paquete de periódicos Granma tirado por una avioneta en las montañas orientales mató por la fuerza del golpe a una vaca. O sea, que escribiera “noticias” intrascendentes y dejara a un lado los artículos críticos.

Para escribir crónicas de color y tirar curvas, renuncio a escribir en El Mundo. Digo y cuento lo que pienso. Ustedes, los lectores, tienen la oportunidad de mostrar sus desacuerdos en los comentarios. Estoy muy lejos de creer que lo que escribo sean verdades absolutas. Quizás esté equivocado. Pero son mis opiniones sobre algún suceso, tema o personaje.

A estas alturas de mi vida, con casi 45 años, defiendo sin temor mis criterios. Tengo miedo de ir preso muchos años como prometen las leyes cubanas hacia todas aquellas personas que disienten públicamente. No tengo vocación de mártir. Pero no voy a cambiar mis ideas. Aunque vaya a parar a una celda tapiada de la seguridad del estado o una sucia galera de una prisión cubana.

Es sano el ejercicio de la discrepancia. Y también el debate de ideas y el diálogo con personas que piensen distinto. Pero cuando en Cuba un medio te critica o ataca, tiembla. Te están enviando un mensaje de ida y vuelta. Algo así como, cállate o te haremos talco.

Se sabe que el inicio de una ofensiva vigorosa por parte del aparato estatal, es el preludio de otras acciones. Desde actos de repudio hasta amenazas y humillaciones a tu familia. O en último caso, detenerte, sancionarte y mandarte a chirona.

Yo le preguntaría a un periodista de calibre como Max Lesnik o al abogado José Pertierra, si alguna vez han sentido sobre sus nucas el soplo paralizante de los servicios secretos de Estados Unidos o el abrazo de oso del gobierno gringo, por tener criterios discrepantes sobre el sistema norteño o manifestar admiración por la Revolución cubana.

Me temo que no. Cierto que en la Florida, en los años 70 u 80, un grupo de intolerantes cubanos, más terroristas que otra cosa, llegaron hasta el asesinato de personas que apoyaban a Castro. Pero en este siglo 21 algo debe haber cambiado en la Pequeña Habana. Y de más está decir que ninguna administración estadounidense instruye a sus medios oficiales, como la Voz de América, para intimidar a sus rivales políticos.

Estados Unidos es capaz de lo mejor y de lo peor. Cualquier loco que tenga un mal día, con una carabina al hombro y silbando una canción de Bruce Springsteen, liquida a una docena de personas como si estuviera practicando el tiro al blanco en una feria. Presiento que Lesnik o Pertierra y los compatriotas al otro lado del charco, tienen toda la libertad del mundo para escribir y decir lo que piensan.

En Cuba no. Y ese es el punto. Desde que nací, en 1965, nunca he conocido eso que se llama democracia. Y antes de morir, quisiera vivir en una sociedad plural, donde tu persona no le interese en lo más mínimo al Estado. Y si  los gobernantes no me aprecian, por ciertas leyes escritas en la Constitución, no se me encierre en una cárcel.

Me da igual quien esté en el poder. Sea comunista, liberal, verde, socialdemócrata, de derecha o de centro izquierda. Pero que haya ganado en unas elecciones. Me pregunto si esto es un sueño imposible. Creo que no. Por eso escribo lo que pienso.

Recuerdo que en una tarde fría y gris de febrero del 2003, el poeta y periodista cubano Raúl Rivero, con dos dedos en su máquina Olivetti Lettera-25 tecleaba: “Ningún mandato me puede impedir escribir en el país donde nací y nacieron mis abuelos. Soy un hombre que escribe”. Yo también.  Aunque tenga mucho que perder.

Con la paranoia típica de las personas hostigadas y con mis temores a cuestas, enviaré historias, artículos y crónicas sobre la realidad de mi país. Redactadas desde mi destartalado apartamento en la barriada de la Víbora, mi patria chica. No seguiré el consejo del avezado reportero. Escribiré muchas rectas, pocas curvas.

Iván García

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