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Nuevo libro de Vicente Botín

El periodista español Vicente Botín ha vuelto a la carga. Luego del éxito de su primer libro, Los funerales de Castro, ya se anuncia el segundo. Se titula Raúl Castro: La pulga que cabalgó al tigre (Editorial Ariel). Disponible a partir del 3 de junio, pero ya se puede encargar por internet.

Sinopsis

Un proverbio chino dice que “la mejor manera de evitar que un tigre te devore es montarte sobre él”. Pero el jinete no podrá desmontar, porque cuando lo haga, el tigre se lo comerá.

Raúl Castro nunca pudo bajarse del tigre y puede pasar a la Historia como el bufón de su hermano.

Es el Rasputín de Cuba, el hombre que desde la sombra ha jugado un papel decisivo en todas las etapas del castrismo. Es tan responsable como Fidel Castro de los éxitos y de los fracasos de la revolución.

Ha cumplido a cabalidad su papel de eterno segundón, pero detrás de su rostro achinado y barbilampiño, detrás de sus chascarrillos y de sus chistes malos, detrás de su cultivada bonhomía se esconde un hombre de temple de acero que todavía no ha mostrado su verdadero rostro.

Muchos misterios rodean también las relaciones entre los dos hermanos y es difícil precisar la influencia que Raúl ha ejercido sobre Fidel desde los orígenes y en los momentos claves de la revolución.

Con una exhaustiva documentación y testimonios de familiares y colaboradores hoy exiliados, este libro indaga en la desconocida figura de Raúl Castro, en su infancia y adolescencia de parrandero y bebedor, amante de las peleas de gallos y torero ocasional, que ha recibido de su hermano las ruinas del país que él ayudó a destruir

Las reformas que prometió se disolvieron como azúcar en el agua. Raúl Castro no tiene recetas para sacar al país de la crisis económica que asfixia a los cubanos, ni sabe cómo hacer frente a todos los que exigen de manera pacífica la puesta en libertad de los presos de conciencia y el respeto a los derechos humanos.

El tiempo se le acaba. Sin el carisma de su hermano será difícil que pueda ejercer el poder después de su desaparición. Está sólo en la trinchera, sin futuro, muerto. Como la revolución cubana.

Sobre el autor

Vicente Botín trabajó durante 38 años en la Televisión Española, en programas como Informe Semanal y En Portada.

Profundo conocedor de Sudamérica, es autor de más de un centenar de reportajes en la región. En 1999 fue nombrado corresponsal de TVE en Argentina y los países del Cono Sur.

Desde enero de 2005 hasta octubre de 2008, ocupó el mismo cargo en La Habana, desde donde, entre otros acontecimientos, informó de la enfermedad de Fidel Castro y el nombre de su hermano Raúl para sucederle.

Fruto de su experiencia en la isla caribeña fue el libro Los funerales de Castro, un retrato crítico de la revolución y de las terribles condiciones de vida de los cubanos después de medio siglo de dictadura.

Entrevista realizada por Tania Quintero a Vicente Botín en 2009, titulada Testimonios de un corresponsal.

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Confesiones de una periodista (2)

Los periodistas cubanos no podíamos hacer determinadas preguntas y mucho menos criticar al gobierno y a sus dirigentes. Pero los extranjeros sí. Ellos tenían carta blanca. Una de las entrevistas más sonadas fue la que Barbara Walters le hiciera a Fidel Castro en 1977 (foto).

Yo había comenzado a escribir para Bohemia en 1975, pero ocupaba una plaza de secretaria. Al mes me pagaban 163 pesos (menos de 7 dólares al cambio actual). A pesar de ello, logré buenos trabajos, escribí para las páginas económicas, culturales, nacionales e históricas, entre otras. En 1978 hice un serial sobre la presencia de  alemanes antifascistas en Cuba, en los años 40, trabajo que me valió una invitación a la República Democrática Alemana (RDA).

En junio de 1979 estuve tres semanas en la RDA, invitada por el ministerio de relaciones exteriores de ese país. Poco después de mi visita, del ministerio dijeron que yo había sido la periodista más productiva que los había visitado. Solamente de ese viaje en Bohemia publiqué 50 páginas (pueden ir a los archivos de la revista o a la Biblioteca Nacional y contarlas).

Junto con el elogio me gané una crítica: “Parecía mentira que fuera una periodista socialista, porque me había comportado como una capitalista”. Ellos no podían entender que me había comportado en la RDA como me comportaba en Cuba. Por ejemplo, no publiqué ni una palabra de la visita que hice a una fábrica de Berlín llamada Rosa Luxemburgo, porque yo quería hablar con los obreros y con quien quisiera, pero unas personas a nombre del partido, el sindicato y la administración me recibieron de una manera muy formal, en una oficina con café y galleticas dulces.

Al día siguiente, a la señora del ministerio de exteriores que me atendía, le dije que eso no era lo que yo quería y, por lo tanto, no iba a publicar nada. También tuve una discusión muy fuerte con esa misma funcionaria, porque sin consultar con ella, me entrevisté con el hombre que en ese momento era el presidente de la asociación de judíos alemanes-orientales. Y ése no era un tema que a la RDA le interesara divulgar. Con la periodista Cathérine Gittis fui al cementerio de los judíos en Berlín y los del departamento de prensa volvieron a disgustarse, dijeron que esa visita estaba fuera del programa.

En Bohemia publiqué un primer serial titulado “El país de los cochecitos”, algo bastante novedoso y ameno. Era la primera vez que salía de la isla y a mí me impactó ver a las madres con niños en cochecitos por todas partes. En la Cuba de 1979, encontrar a una mujer con su bebé en un coche era como encontrar un cosmonauta por la calle. Ese serial salió en cuatro partes y en él describía cómo era la gente, cómo vestía, el transporte y las carnicerías llenas de carnes, salchichas y quesos.

Comparada con Cuba, la RDA tenía mucho más desarrollo, aunque también era un Estado totalitario. Ellos tenían la cuestión ideológica ésa tan fuerte con la Alemania Federal y me dí cuenta que había un mal de fondo, pero no tuve una idea más exacta hasta que no leí libros como “La gran estafa”, del peruano Eudocio Ravines. Ese tipo de literatura me abrió bastante las entendederas, porque yo estaba en el bosque y no veía los árboles.

En 1982 pasé a la televisión cubana. Ya tenía 40 años y hubo quien pensó que a esa edad no iba a poder adaptarme a un medio tan diferente, con otras normas y estilos. Empecé atendiendo la sección cultural de la Revista de la Mañana; luego fui guionista en la Redacción de Países Amigos y de Conversando, entre otros programas, y reportera del Noticiero Nacional de Televisión. Mi último trabajo fue como realizadora de un espacio que se llamaba Puntos de Vista, de encuestas en la calle, un programa de debate y opinión que salió al aire entre 1986 y 1992. Hasta hoy, ha sido el programa más polémico que ha tenido la televisión cubana.

Después, estuve cuatro años cobrando mi salario sin trabajar, no me daban contenido de trabajo porque mi hijo, Iván García Quintero, en marzo de 1991 había sido detenido por la Seguridad del Estado, acusado de “propaganda enemiga”. Sin saberlo, había pasado a una lista negra y en la televisión prefirieron que yo cobrara mi salario sin hacer nada.

Entonces en septiembre de 1995, cuando Raúl Rivero crea la agencia de periodismo independiente Cuba Press, prácticamente no tenía nada que perder, a no ser el salario: 250 pesos, unos 10 dólares al cambio actual. Tenía 57 años, me faltaban tres años para jubilarme y decidí dar ese paso y arriesgarme como periodista independiente.

Tania Quintero

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De “comegofio” a dictador

¿Sabe alguien hoy en Cuba que la primera vez que el nombre de Fidel Castro salió publicado en la prensa, hace 66 años, fue calificado de “comegofio” por el periódico de los comunistas cubanos?

Lo dudo. En todo caso sobran los dedos de una mano para contar incluso a los más altos dirigentes de la nación y los historiadores que lo saben.

Tan pronto bajó de la Sierra Maestra, el comandante decidió evaporar ese delicado asunto que lesiona su vanidad napoleónica y evidencia  el anticomunismo durante sus años mozos, que él niega.

Igualmente Castro silencia su pasado gangsteril y otros pasajes de su vida. Por ejemplo, casi nadie sabe en la isla que a principios de los años 50, Castro visitó dos veces en su finca Kuquine, al entonces senador Fulgencio Batista, y lo alentó a que diera un golpe de Estado.

Los encuentros los solicitó Fidel y fueron logrados gracias al cuñado de Castro, el político Rafael Díaz-Balart, quien estuvo presente y comentó luego que los dos personajes se tuvieron mutua admiración.

Tampoco es conocido que cuando Castro se casó en 1948 con Mirta Díaz-Balart, en Banes, el senador  Batista -oriundo también de Banes y amigo del hermano de Mirta, Rafael-  le envió a los novios un cheque de mil pesos como regalo de bodas, que contribuyeron a financiar su fenomenal  luna de miel de dos meses en Miami y Nueva York, donde Fidel incluso se compró un lujoso automóvil Lincoln Continental, según narra su entonces cuñado Díaz-Balart.

Pero volviendo a los insultos al joven Castro. Fue efectivamente el diario Hoy, órgano del Partido Socialista Popular (PSP), el que insultó a quien algunos años después se convertiría en el “líder” del país.

¿Cómo  ocurrió?  El 14 de diciembre de 1944, el periódico Hoy publicó: “En el reaccionario Colegio de Belén se realizó una ridícula sesión para combatir el proyecto del ilustre senador Marinello, y uno de los discursos estuvo a cargo de un tal Fidel Castro, pichón de jesuíta, y que se mantuvo hablando tonterías, comiendo gofio durante más de una hora”.

Con el visto bueno de Batista, elegido  presidente de la República en 1940 con el apoyo del Partido Comunista  -que en 1943 cambió su nombre a PSP-,  su aliado desde 1937, el presidente de ese partido, Juan Marinello,  fue elegido representante a la Cámara en 1942, junto con otros cinco colegas del partido. Al año siguiente Batista,  nombró a Marinello ministro sin cartera, y en junio de 1944 obtuvo un escaño en el Senado, del cual fue vicepresidente dos años después.

Como senador,  Marinello  presentó  un  proyecto de ley  para nacionalizar todos los colegios privados y convertirlos en escuelas públicas.

Los jesuítas, para expresar su rechazo a la propuesta,  organizaron un simposio en el Colegio de Belén en el que según narra José Ignacio Rasco -compañero de Castro en ese colegio y en la universidad- Fidel defendió  la enseñanza privada y a Rasco le correspondió defender la enseñanza estatal.

Debido a su incontinencia verbal y narcisismo, el joven Castro, de 18 años, de simpatías fascistas y falangistas  por entonces -como ha explicado su profesor de literatura y mentor,  el padre Armando Llorente-, habló  largo rato y calificó  la iniciativa de Marinello de “monstruosidad” copiada de Rusia y la Alemania nazi.

Fue una de las pocas ocasiones en las que Castro no estuvo en el bando equivocado. Pero ni eso lo salva históricamente. Al llegar al poder  puso en práctica  la monstruosidad por él denunciada antes, impuso un adoctrinamiento ideológico tipo soviético y nazi, e implantó el único  régimen comunista que ha habido en América.

Además, expulsó del país a los sacerdotes españoles, incluidos el padre Llorente y la Compañía de Jesús completa, a quienes acusó de “falangistas”, quizás para  neutralizar en su conciencia la admiración que sentía  por Jose Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, cuyo himno Cara al Sol cantó “20 mil veces y con el brazo en alto” con el padre Llorente, según ha contado dicho religioso.

En los  años 40 y 50,  primero como gángster de la banda Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR) que dirigía el más sanguinario de los pandilleros cubanos, Emilio Tro -furioso anticomunista-, y luego como miembro del Partido Ortodoxo, que dirigía el también anticomunista Eduardo Chibás, Castro combatió al PSP, que lo consideraba un “aventurero aliado de la burguesía”.

Al separarse del Partido Ortodoxo y crear un grupo nacionalista llamado Generación del Centenario, Castro no permitió en sus filas a ningún comunista, excepto su hermano Raúl. Tampoco quiso marxistas en “su”  Movimiento 26 de Julio.

Cuando el asalto al cuartel Moncada, el PSP calificó el ataque de “aventurerismo típico de las facciones políticas de la burguesía”, en una declaración  que fue reproducida por el Daily Worker, órgano del Partido Comunista de Estados Unidos.

Como el PSP se opuso a la lucha en las montañas y el llano contra el batistato, y participó en las farsas electorales de 1954 y 1958, el jefe rebelde  nunca disimuló su rechazo  por los comunistas.

No fue hasta  julio de 1958, cuando percibió que el comandante guerrillero vencería, que el PSP decidió enviar a la Sierra Maestra al más sofisticado de sus dirigentes, Carlos Rafael Rodríguez  –ministro sin cartera de Batista en 1944 en sustitución de Marinello-, aunque en un artículo en 1953 había tildado de “aventurerismo” el ataque al Moncada. Pero Castro  apenas  le permitió a Rodríguez  participar en nada.

La moraleja que quiero destacar aquí es que Fidel Castro no era comunista antes de 1959, como él dice. Y no lo era, no por estos encontronazos con el PSP, sino porque  él realmente nunca creyó  en ideología alguna -ni cree-, sino en las vías para alcanzar el poder y preservarlo.

Sí estudió a Marx y Lenin, y padecía de veleidades antinorteamericanas tomadas del nacionalismo  latinoamericano -sobre todo de Lázaro Cárdenas, Juan Domingo Perón y Eliecer Gaitán (quien admiraba la capacidad de Benito Mussolini para movilizar al pueblo)-, y del cubano Antonio Guiteras, una rara mezcla de nacionalista “antiyanki”, anticomunista y  terrorista.

Pero también estudió  a Curzio Malaparte y Nicolás Maquiavelo, teóricos de cómo llegar al poder a cualquier precio. Y según Rasco, al llegar a la universidad Fidel casi de memoria se sabía Mein Kampf, de Adolfo Hitler, y recitaba fragmentos de discursos de Mussolini y Primo de Rivera.

Una personalidad como la suya, con un ego tan colosal, no aceptaba someterse a ningún partido que no crease él mismo. El no soportaba rendir cuentas a nadie, ni creer en musarañas ideológicas que lo desviasen de su idea fija de llegar al  poder.

Aunque jure lo contrario, Castro abrazó el comunismo  sólo cuando percibió que aliándose con la Unión Soviética recibiría subsidios para ser dictador per secula seculorum y podría fabricar el diferendo con Estados Unidos para venderse al mundo como el David tropical que se enfrenta al Goliat gringo.

Si Fidel Castro hubiese nacido veinte años antes y la Alemania nazi hubiese estado dispuesta a subsidiarlo  en los años 30, él habría tratado de arrastrar a Cuba a la órbita fascista y de convencer a los cubanos de las virtudes del “nuevo orden” germánico. Claro, en ese caso, Estados Unidos sí habría invadido la isla para impedirlo.

Lo irónico de esta pincelada biográfica es que 66 años después de ser acusado injustamente de “comer gofio”,  Castro lo empezó a comer  de verdad. Y hoy, con sus reflexiones, es el campeón mundial  en la materia.

Roberto Alvarez Quiñones

Cubanet

Foto: Fidel Castro en 1944, cuando estudiaba en el Colegio de Belén, en La Habana.

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‘Gusanos’ buenos y ‘gusanos’ malos

Fue Fidel Castro, con sus habituales arremetidas vitriólicas, quien en un discurso pronunciado el 2 de enero de 1961 en la entonces Plaza Cívica, hoy de la Revolución, le puso el mote de ‘gusanos’ a los cubanos que osaran criticar a su revolución de verde olivo o decidieran marcharse de su tierra. Ese día también por primera vez empleó la palabra ‘gusanera’ como sinónimo de contrarrevolución.

A partir de 1959, más de 2 millones de cubanos han emigrado de su país. Hablemos francamente. Cierto que en las primeras oleadas migratorias, a principios de la revolución, la inmensa mayoría de los que huyeron de la Isla eran individuos que abiertamente odiaban a Castro.

Muchos habían perdido sus propiedades, de un golpe nacionalizadas por los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra. Otros, pertenecientes a la pequeña burguesía local, hicieron las maletas y volaron hacia Miami, pensando que la ola revolucionaria del comandante único era un delirio pasajero.

En los primeros años, más de tres mil profesionales, excelentes médicos, ingenieros, arquitectos, académicos, intelectuales, casi todos representantes de la inteligencia ilustrada cubana, pusieron pies en polvorosa. Para denigrar a los recién exiliados compatriotas, la propaganda oficial los tildaba de batistianos, burgueses, latifundistas, explotadores… Y para rematar la sarta de insultos, la acostumbrada muletilla de ‘gusanos’.

Después las cosas cambiaron. En 1980, cuando el éxodo del Mariel, buena parte de las 120 mil personas que abandonaron el país que los vio nacer, era gente simple y humilde que nunca había tenido un duro, ni regenteado una empresa. Personas que habían sido educadas en escuelas donde todas las mañanas, luego de una arenga patriotera, con la mano en la frente, había que gritar “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

Como los cubanos de a pie no pueden salir libremente de su país, quienes desertan son los que pueden viajar: médicos, políticos, generales, artistas, peloteros y deportistas en general. Ciudadanos que mientras viven en Cuba, se destacan como “revolucionarios” y todo el tiempo viven con las máscaras de la doble moral puestas. En silencio asisten a las aburridas reuniones de los CDR y bien temprano van a votar en esa parodia de democracia que son las elecciones cubanas. Con una botella de ron y a ritmo de conga, asisten a marchas combatientes y manifestaciones en la Plaza de la Revolución. De ese modo cumplen con lo ‘políticamente correcto’. Para no llamar la atención y que para que el Partido y el Ministerio del Interior sigan confiando en ellos.

En el fondo de su alma, se la pasan esperando la oportunidad. Y a la primera de cambio, dejar atrás el socialismo tropical, la retórica absurda y los agobios materiales. A todos esos cubanos que votan con los pies (o sea, largándose), el gobierno de los Castro, los justifica diciendo que emigran en busca de mejoras económicas. Intenta poner a sus desertores al mismo nivel de mexicanos o haitianos, que desesperadadamente escapan de sus países. De admitir el discurso oficial, entonces hay que reconocer que en el aspecto económico, la revolución cubana fracasó.

Aún así, cuando uno se marcha de Cuba para vivir mejor, y sabe leer y escribir, como todos los cubanos que se van al exilio, si esa persona no es cínica, ni embustera, debe señalar a sus gobernantes como los grandes culpables de tantas penurias, que impulsan a los suyos a tirarse al mar en una balsa o casarse sin amor con un anciano español o italiano que bien podría ser su abuelo.

No se puede tener memoria corta. Aún recuerdo -cómo olvidarlo- cuando era un adolescente de 15 años, observar impávido los actos de repudios y agresiones físicas a los que decidían marcharse de la Isla. Luego, el viento se llevó al garete varios proyectos socialistas. El Muro de Berlín se vino abajo, y de la noche a la mañana, ese Estado de obreros y campesinos que fue la URSS, desapareció a velocidad inusitada. El mapa europeo cambió de color.

Pero la revolución de Fidel Castro, que ciertamente no fue instaurada por Moscú, se aferró como un poseso a bandera de la resistencia, el nacionalismo y las amenazas de las perfidias yanquis. Fue entonces cuando ocurrió un “milagro”. Los eternos ‘gusanos’ se convirtieron en mariposas. Para desgracia de los Castro, la escoria y los indignos cubanos, que no supieron reconocer la grandeza de su revolución, prosperaban y con el billete verde de su odiado enemigo, comenzaron a mantener a cerca de un 60 por ciento de la población cubana, según cifras extraoficiales.

Y ya en el siglo 21, sin los dólares estadounidenses ni los euros, entre otras divisas enviadas como remesas familiares, nadie en la isla puede hacer planes para arreglar su deteriorada vivienda, adquirir un un televisor, comprarle zapatos a los hijos o comer caliente dos veces al día.

Para el régimen, hay ‘gusanos’ buenos y ‘gusanos’ malos. Los buenos son los que viajaron a La Habana el 27 y 28 de enero de 2010, a reunirse con funcionarios del gobierno “en defensa de la soberanía nacional, la lucha contra el bloqueo y la liberación de los cinco héroes presos injustamente en cárceles del imperio”.

La reunión se celebró en el Palacio de Convenciones, al oeste de la ciudad, bajo un largo título: “Encuentro de Cubanos Residentes en el Exterior, Contra el Bloqueo y en Defensa de la Soberanía Nacional”. Según el periódico Granma, asistieron 300 delegados procedentes de 44 naciones, de ellos 144 de los Estados Unidos.

No importan que poco o nada hayan logrado estos ‘gusanos’ buenos. Todavía es necesario pedir permiso al Estado para poder viajar al exterior o visitar tu propio país. Si te marchas de forma definitiva, pierdes tu casa y otras propiedades. Y los cubanos que piensan diferente al discurso oficial, es decir los ‘gusanos’ malos, lo apartan de cualquier diálogo como si tuvieran la peste bubónica.

Estoy a favor de cualquier diálogo. Pero abierto a todos. No sólo para aquellas personas que desde la distancia aplauden, hasta enrojecerse las manos, la manera que los hermanos Castro rigen los destinos de Cuba.

Quisiera ver caminar por los pasillos del Palacio de Convenciones, al político liberal Carlos Alberto Montaner, residente en Madrid, charlando ensimismado con Haroldo Dilla, economista marxista que decidió vivir en Santo Domingo.

Cuánto me gustaría distinguir la recia humanidad del poeta Raúl Rivero, picando canapés de jamón y queso en el restaurante Bucán, junto al escritor Miguel Barnet, mientras otro bardo, Roberto Fernández Retamar se le acerca y le dice que esa noche lo espera en su casa para hablar de poesía.

O que mi madre, Tania Quintero, a la que una vez fue su amiga y compañera en faenas periodísticas, Rosa Miriam Elizarde, pueda preguntarle por su familia y su trabajo. Tampoco estaría mal que el prestigioso periodista Max Lesnik, con quien en el periódico El Mundo/América comparto un blog a dos manos titulado 90 Millas, me llamara y quedáramos para tomarnos un café en el hotel Parque Central, y allí civilizadamente disentir.

Por ahora nada de eso es posible. Los ‘gusanos’ buenos debieran empujar al gobierno a emprender el camino de la tolerancia y el respeto a las discrepancias. Entonces, esos encuentros de emigrados tendrían razón de ser.

En todo caso Max, si visita La Habana, pase usted a verme.

Iván García

Foto: Max Lesnik con Fidel Castro, del documental The Man of Two Havanas, realizado en 2007 por Vivien Lesnik Weisman.

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¿Por qué Fidel Castro, que tan bien la pasó cuando estuvo en la cárcel, permite que se maltrate a los presos políticos cubanos?

Fidel Castro ha sido un gran afortunado. Hijo de un gallego dueño de tierras en el Oriente de Cuba, pudo estudiar en escuelas católicas privadas, a cargo de padres jesuitas. No tuvo problemas para matricular la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana. Si hubiera sido en estos años, no hubiera podido hacerse abogado, por sus antecedentes “subversivos”. Porque ahora en Cuba, según él mismo dispuso, “la universidad es para los revolucionarios”.

Sus biógrafos aseguran que en sus años mozos alternó el pandillerismo con acciones cívicas que iban desde la organización de reuniones y manifestaciones callejeras, hasta la publicación de denuncias en los principales periódicos y revistas de la época. Castro siempre supo sacar provecho de las ventajas democráticas ofrecidas por una sociedad donde existía libertad de prensa y de asociación. Precisamente esas libertades le posibilitaron erigirse como líder opositor, porque si no hubiera sido por los medios de comunicación, todos capitalistas, nadie hubiera sabido quién era aquel oriental que se adaptó tan pronto a vivir en La Habana.

El golpe de estado de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, tampoco impidió a Fidel Castro continuar con su meta de llegar al poder por cualquier vía. Aunque era dictatorial el gobierno que ese día se instaló en el país, Castro no tuvo mayores dificultades para nuclear a casi un centenar de jóvenes de distintas provincias, reunir dinero y armas, y entrenarse en terrenos de las afueras de la capital. Actividades bien distintas a las que hoy realizan en Cuba los grupos disidentes, caracterizados por su pacifismo.

Lo demás es conocido: el 26 de julio de 1953 comandó el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, con muertos y heridos en ambos bandos. Salió ileso. Unos días después, el 1 de agosto, un militar negro lo encontraría escondido en un bohío, en las afueras de Santiago de Cuba. Antes de 1959, valga aclarar, había en la Isla militares pundonorosos. Ello explica por qué ese hombre no lo mató ni lo maltrató. Lo arrestó con el decoro del que hoy carecen los uniformados en las penitenciarias cubanas.

Si un cubano intentara hacer en la actualidad lo que hizo Fidel Castro en 1953, sería ejecutado sin contemplaciones. Si fueran varios, todos serían fusilados. ¿O es que ya olvidamos lo que hicieron con el general Arnaldo Ochoa, Tony de la Guardia y los otros acusados de narcotráfico en 1989, un delito que no conlleva la pena de muerte en ningún Estado de derecho?

Por preparar y dirigir el asalto a un cuartel militar, Castro recibió una sanción de 15 años, benigna si la comparamos con los 18, 20, 25 y 28 años a los que condenaron a 75 opositores pacíficos en abril de 2003.

Pero como la suerte siempre ha estado de su lado, Fidel Castro sólo cumplió 22 meses. El 15 de mayo de 1955, él, su hermano Raúl y el resto de sus seguidores, salieron en libertad incondicional del Presidio Modelo, en Nueva Gerona, Isla de Pinos. Fueron excarcelados gracias a una amnistía general concedida por Batista, militar que pese a su fama de sanguinario no solamente preservó la vida de Castro cuando lo encontraron escondido en aquel bohío, sino impidió que le pusieran un dedo encima durante el tiempo que estuvo tras las rejas, primero en la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba y luego en Nueva Gerona.

Las condiciones en desde 1959 y hasta la fecha, han cumplido sus condenas los presos políticos cubanos, no tienen nada que ver con las que cumplieron en Isla de Pinos los asaltantes al Moncada. A ellos les permitieron permanecer juntos en una espaciosa celda común. El único aislado fue Fidel Castro, por ser considerado “el cabecilla”.

Para tener una idea de cómo pasó esos 22 meses, basta leer el libro La prisión fecunda, del periodista Mario Mencía, o visitar el Museo de la Revolución en La Habana. Si no la han quitado, ahí puede verse una foto donde aparece un Fidel Castro joven y rozagante, vestido de civil a pesar de su condición de preso, hablando con un guardia del presidio. Al fondo de la imagen se aprecia un estante con libros.

En su amplia y ventilada celda, el futuro “máximo líder” tenía una cocinilla eléctrica. Ni en esas condiciones se privó de comer sus platos preferidos. Se cuenta que una vez protestó porque no le permitieron tener un pequeño refrigerador. Actualmente, ni siquiera un ventilador portátil le permiten tener a los presos políticos en sus calurosas, oscuras y pestilentes celdas.

Castro también tuvo en Isla de Pinos productos de aseo para mantener limpio y pulcro el espacio asignado tras las rejas, porque no soportaba la suciedad. Después de cocinar y limpiar, el tiempo lo invertía en leer los libros que amigos y familiares le hacían llegar; escribir cartas de amor a Naty Revuelta, y redactar documentos con instrucciones políticas a Melba Hernández y Haydeé Santamaría, dos de sus colegas en el asalto al cuartel Moncada y quienes, por ser mujeres, sólo cumplieron siete meses en Guanajay, prisión que pese a su antigüedad sigue siendo una de las mejores de Cuba.

¿Por qué Fidel Castro, que tan bien la pasó cuando fue prisionero político, permite que se maltrate a los cubanos encarcelados por el “delito” de tener la valentía de discrepar públicamente de su autoritario régimen?

Buena parte de los 200 presos políticos cubanos tienen el doble o más de la edad que Castro tenía cuando permaneció 22 meses en presidio. Los presos políticos no han tenido juicios con las garantías procesales que tuvo Fidel Castro en la Audiencia de Santiago de Cuba, en octubre de 1953. Por su condición de abogado, le autorizaron hacer su propia defensa. Los actuales presos políticos, además, no han llegado a los calabozos tan saludables ni bien alimentados como el futuro guerrillero.

Maltratar como lo hacen, física y psíquicamente, a los presos políticos -y las consiguientes secuelas que esos maltratos dejan en sus familiares- constituyen delitos que algún día tendrán que ser juzgados en un tribunal internacional.

Mientras, tengamos presentes que si los militares de Batista hubieran actuado como lo hacen hoy los miembros del Ministerio del Interior, en particular los agentes del Departamento de Seguridad del Estado, difícilmente Fidel Castro hubiera podido hacerse con el sillón presidencial y gobernar ininterrumpidamente durante 51 años. Gracias, claro, a la ausencia de libertades, la censura, el terror y la represión.

Tania Quintero

Foto: Fidel Castro con su hijo Fidelito, durante una visita que el niño le hiciera a la prisión de Isla de Pinos, en julio de 1954. Alegres y bien vestidos los dos, como si estuvieran viendo el paisaje desde la terraza de un hotel. Fidel Ángel Castro Díaz-Balart nació de su matrimonio con Mirta Díaz-Balart, el 1 de septiembre de 1949.

Nota: A raíz de la muerte de Orlando Zapata Tamayo, y porque mantiene plena vigencia, he querido reproducir este trabajo, originalmente titulado “Cuando la suerte acompaña” y publicado el 16 de marzo de 2003 en Encuentro en la Red (T.Q.).

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Hay muertos que salen muy caros

Hay muertes que se pueden evitar. La de Orlando Zapata Tamayo es una de ellas. Deja un mal sabor de boca al gobierno cubano. Que en pleno siglo 21, un hombre muera producto de una extensa huelga de hambre para reivindicar un puñado de derechos, siempre va a resultar una bofetada a los más elementales principios de la condición humana.

No es problema de soberbia o de dejar claro quién lleva la razón. El implacable poder de un Estado, no debe, no puede, aplastar sin miramientos la vida de un ser humano. Sobre todo cuando esa persona estaba purgando una sanción injusta de 36 años tras las rejas.

La fuerza del que tiene el poder radica en saber hacer buen uso del mismo. El gobierno de los hermanos Castro, no se va anotar ningún mérito con sucesos como los de Orlando Tamayo Zapata. Todo lo contrario. De muchas maneras, pudieron y debieron, impedir su muerte.

Ahora este cadáver tiene un simbolismo demasiado grande. Hay muertos que salen muy caros. No se puede hablar con políticos de otras latitudes y sostenerle la mirada, cuando usted sabe que tiene en la cárcel a más de 200 presos de conciencia.

No se puede charlar de ética y humanidad cuando en una cárcel de la Cuba profunda, por una huelga de hambre, fallece un hombre de 42 años, negro y de origen humilde, como Orlando Zapata Tamayo. El punto no es discutir de ideología o desbarrar sobre los grupos y personas que piensan distinto.

Lo que el gobierno de mi país debiera grabarse con tinta imperecedera, es que la necedad y el capricho no son armas útiles a la hora de regir los destinos de una nación.

Ya no está Zapata Tamayo. Dejó de existir el 23 de febrero a la 3 y 15 en el hospital Hermanos Ameijeiras, a donde fue conducido por las autoridades del penal, cuando su defunción era inminente.

Su muerte es un mensaje de ida y vuelta, de lo que no se debe hacer en política de estado. Antes tenían un opositor, sin un arma, que reclamaba cosas que se podían negociar, ahora tienen un mártir.

No es primera vez que en cárceles cubanas, producto de una huelga de hambre, muere un opositor pacífico. Ya el 24 de mayo de 1972 el líder estudiantil Pedro Luis Boitel, excompañero de Fidel Castro, falleció por la misma causa.

Mientras tecleo esta nota en la mañana del 24 de febrero, me vienen a la mente otros muertos. Los 4 pilotos de las avionetas Hermanos al Rescate, derribado en aguas internacionales por aviones de combate de la fuerza aérea revolucionaria, en 1996. Con aquella acción, desde La Habana Fidel Castro  le dió el bolígrafo al entonces presidente Bill Clinton, para que firmara la injusta Ley Helms-Burton.

Siento indignación. Ni siquiera conocí a Orlando Zapato Tamayo. Charlando con  algunos de sus compañeros en el Movimiento Alternativo Republicano, percibo que estoy lejos de compartir su ideología. Pero a estas alturas de la revolución, se debiera detener la maquinaria de odio y violencia.

Nada resuelve. Sólo incrementa la escalada de resentimientos y polariza los razonamientos políticos. Por parte del gobierno de Raúl Castro -cuyo segundo aniversario de su nombramiento como presidente coincide con este deceso-  falta cordura, diálogo y deseos de destrabar la penosa situación económica y política de Cuba, y de la cual él y su hermano son los principales responsables.

Creo que fue el ícono de la lucha por los derechos civiles, Mahatma Gandhi quien dijo que las huelgas de hambre son un arma efectiva cuando logran ablandar el corazón de tu enemigo. A todas luces, la huelga de hambre de Orlando Zapata Tamayo, no pudo ablandar el corazón de los Castro.

Iván García

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Orlando Zapata Tamayo cambia la vida por la libertad

Si viviésemos en un mundo civilizado, donde el orden jurídico fuese respetado, las prácticas del régimen castrista serían motivo de enjuiciamiento público cuando se configura un nuevo escenario de tragedia, del cual los detentores del poder en Cuba son los primeros responsables, al evidenciar una crueldad alucinante en esta nueva demostración de total irrespeto por el ser humano.

Orlando Zapata Tamayo, prisionero político, opositor pacífico en el reino de los hermanos Castro, es una víctima más a añadir a la larga lista de crímenes del régimen dictatorial instalado desde hace cincuenta años en Cuba. Ni siquiera al borde la muerte, sus carceleros, con Fidel a la cabeza y Raúl de ejecutor, son capaces de hacer una introspección y tener un gesto de respeto por la vida humana.

Leer más en: Cuba Puntos de Vista

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La fortaleza, los libros y la ciudad

La Habana desde La Cabaña

Del 11 al 22 de febrero, La Habana es centro de la 19 Feria Internacional del Libro. Luego, durante un mes, las principales ciudades cubanas, recibirán la muestra de manera itinerante.

La sede, la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Una edificación en forma de polígono, compuesta por numerosos baluartes, fosos, cuarteles y almacenes. Su construcción se inició en 1763 y finalizó once años después, en 1774. Es la más grande de las edificaciones militares construídas por España en América. Además de alojamiento para las mejores unidades del ejército español en Cuba, sirvió para resguardar a La Habana de los ataques de corsarios y piratas.

Por orden de Fidel Castro, el 3 de enero de 1959, Ernesto Che Guevara ocupó La Cabaña y estableció allí su comandancia. A partir de esa fecha, se transformaría en una unidad militar de los guerrilleros. Y también en una gigantesca prisión. En sus húmedas celdas -las mismas donde ahora alegremente se venden títulos literarios- se hacinaban cientos de presos políticos y comunes.

En los patios, donde hoy corren fascinados los niños y juegan a los escondidos detrás de robustos cañones del siglo 18, se fusiló en serie. Se cuenta que en los primeros días de la revolución, el Che habría supervisado personalmente fusilamientos de partidarios de Batista acusados de crímenes. En esos mismos fosos también fueron fusilados opositores de Castro. En 1991, tras varios años de remodelación, la antigua fortaleza fue convertida en el Parque Histórico Militar Morro-Cabaña.

La 19 edición de la Feria del Libro se dedicó a Rusia. En varios pabellones se venden a granel autores como Tolstoi, Chéjov, Gogol y Pushkin. No vi ningún libro de Solzhenitsin, Pasternak o Nabokov. De quien sí deben haber vendido ejemplares, es de Evgueni Evtushenko, símbolo del deshielo post-estalinista. Porque el polémico poeta es uno de los más de 200 intelectuales, escritores y artistas rusos, entre ellos el Ballet Bolshoi, que viajaron a la Isla como invitados especiales, a propósito de la Feria.

Hace 18 años, Rusia dijo adiós a la ideología comunista, pero en Cuba, un aliado tan fiel de Mosú que en 1976 incluyó un acápite en la Constitución resaltando las “relaciones indestructibles entre ambas naciones”, todavía consideran disidente cierta literatura, música y cine rusos.

Al haber sido dedicada a Rusia, esta Feria ha traído un chorro de nostalgia a partidarios de los hermanos Castro. Comenzando por el presidente, quien nunca ha ocultado su veneración por la epopeya soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Según el profesor Jaime Suchlicki, de la Universidad de Miami, “el ejército soviético parece haber fascinado siempre a Raúl, quien exhibe fotografías y estatuas de generales soviéticos en su oficina de La Habana”.

Junto con el canciller ruso Serguéi Lavrov, el general Raúl Castro presidió la inauguración, el jueves 11. En jornadas posteriores, la gente se volcó en masa a los diferentes recintos de La Cabaña.

La Habana - Feria del Libro 2010

Entre una vista impresionante y única de La Habana, y una multitud de libros y quioscos con una amplia oferta gastronómica en las dos monedas que circulan en la Isla (el peso cubano y el peso cubano convertible), miles de personas se apiñaban en los pabellones en busca de novedades literarias.

En pesos, la moneda nacional, se vendieron pocos libros de pegada. Más de lo mismo. A la entrada, regalaban el título Niños del Milagro (Editora Abril, 2004), sobre operaciones de los ojos a niños venezolanos, escrito por los periodistas cubanos Katiuska Blanco, Alina Perera y Alberto Ñúñez. En medio de una muralla humana y con un poco de suerte, podías adquirir novelas de plumas universales o policíacos del español Juan Madrid.

Por moneda dura la oferta era amplia. Sobre todo para los niños. Ricardo Rojas, 43 años, sentado con su hija de espaldas al mar, con un sol brillante y un viento molesto, comenta: “Gasté 54 pesos cubanos convertibles (unos 50 dólares) en libros para mi hija. Cuando llegue a la casa tendré que aguantar la discusión de mi mujer, por la plata dilapidada sólo en libros. Pero son obras didácticas que le servirán en su formación”.

Al menos Rojas pudo darse ese lujo. La mayoría se lo piensan dos veces a la hora de abrir el monedero. Los libros son caros, tanto los vendidos en pesos, como los de moneda convertible. Nora Díaz, estuvo cinco horas con sus tres hijos dando vueltas como un trompo por todos los pabellones. En su bolso tenía 120 pesos (4 dólares) y 6 pesos cubanos convertibles (5 dólares) para gastar entre libros y algo de comer.

Al final compró un par de cuentos infantiles de un autor ruso, un libro de cocina y cuatro manzanas, que ella y sus hijos se comieron sentados desde lo alto de la Fortaleza de la Cabaña, mirando las quietas aguas de azul intenso del Oceáno Atlántico y los escasos barcos fondeados, esperando para entrar en el puerto habanero. Nora no cree que fue una jornada perdida. “Es un remanso de tranquilidad ver desde aquí la ciudad. Regresamos con pocos libros, pero ilusionados”, dice hechizada con el espléndido paisaje.

A pesar de su pasado tenebroso, la visión que ofrece el recinto de La Cabaña es fabulosa. Sólo para contemplar La Habana desde el otro lado de la bahía, vale la pena desafiar las colas, las carteras vacías, los disgustos cotidianos y el deficiente transporte público. Haya o no haya Feria del Libro.

Iván García

Fotos: CaIQBN, Flickr e Iván García

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