Entre las imágenes enviadas desde Puerto Príncipe para el noticiero de la televisión cubana, emisión de la 1 de la tarde, correspondiente al pasado 20 de enero, aparece un hombre (sin duda una de las cientos de miles de víctimas del terremoto) afirmando que Cuba es el único país que en verdad le brinda ayuda a los haitianos en este momento de tragedia y sobrecogedores sufrimientos.
Se impone no poner en duda la sinceridad de este hombre. Después de todo, ya sabemos que aquello que uno cree puede ser tan cierto como la verdad, al menos para uno. Lo que sí resulta muy difícil de asimilar como expresión espontánea y bien intencionada, es la actitud de quienes intentaron otorgarle a la verdad íntima de este hombre categoría de verdad pública, amplificándola a través de un medio y en unas circunstancias que son propicios para la manipulación.
Téngase en cuenta que la gran mayoría de la gente en Cuba dispone únicamente de los medios estatales de información para enterarse (o creer que se entera) de lo que ocurre tanto en Haití como en cualquier otro sitio del planeta. Aquello que les digan mediante el noticiero nacional de la televisión puede no ser tan verdad como lo que ellos piensan, pero no hay modo de constatarlo.
Desde luego que no se trata de negar, o ningunear, el valioso aporte que brindan nuestros médicos y personal de salud inmersos hoy en la debacle de Haití.
Al margen, y aún por encima de la trama política que ha regido todas las variantes del llamado internacionalismo cubano, vale reconocer algunos de sus resultados, y muy en especial en este caso. Es una de esas coyunturas en las que si bien el fin no justifica los medios, tampoco hay por qué desaprovecharlos, dado el imperativo de la necesidad y la falta de otros recursos.
Asunto aparte, por su cariz manipulador y vergonzante, representa la tónica, mañosa a ojos vista, con que la televisión nacional está abordando las desgracias que hoy vive el pueblo haitiano. La ocasión la pintan calva, podría ser su divisa.
Por un lado, insiste en dejarnos abierta una brecha para que creamos que, en efecto, ningún otro gobierno del mundo ayuda a los haitianos más ni mejor ni menos interesadamente que el nuestro. Por otro lado, se dedica a desmenuzar hasta el mínimo pormenor los agravantes con los que, según ellos, el sistema capitalista está recargando este desastre, por demás de origen natural y potenciado por una historia tan larga y compleja como ignorada por nuestra gente.
Para mal de males esta situación le sirve en bandeja al régimen la oportunidad de intentar sacudirse -a su manera pícara, escurridiza- los cuestionamientos lanzados recientemente por algunos defensores internacionales de los derechos humanos y por organizaciones de descendientes de esclavos africanos.
La causa de lo cuestionado sigue intacta en nuestros predios, toda vez que sus expositores reprueban la desatención oficial ante las necesidades de los negros cubanos, cuya problemática, lejos de ser enfrentada con la profundidad y el método que exigen las condicionantes históricas, ha sido silenciada a golpe de remedios engañosos, demagogia patriotera, e incluso con el fuete de la represión.
Pero indudablemente el régimen aprendió que en circunstancias como las que hoy vive Haití, o como las que viviera años atrás la Sudáfrica del apartheid, la inversión política es un rubro de muy segura, y hasta más, de trascendente rentabilidad.
No obstante, ahora pifia en un detalle, el referido al presidente de Estados Unidos.
Empeñado con dientes y uñas en desacreditar a Obama (otro callejón sin salida, uno más, al que lo empuja Fidel Castro) el régimen demuestra estar utilizando la desgracia de Haití para ofrecerle a nuestros paisanos, digamos, nuevas pruebas de los desmanes de siempre y de las actuales inconsecuencias, frías ambiciones y prepotencia de la administración estadounidense.
De espaldas a toda realidad que no sea la que se inventan para darse gusto a sí mismos, nuestros caciques pasan por alto el dato de que organizar cruzadas contra Obama, negando su relevancia contra viento y marea (desaciertos aparte), equivale hoy a hacerle el juego a los racistas de este mundo, que son muchos, y a contrariar a los antirracistas, que, por suerte, pueden ser muchos más.
José Hugo Fernández
Tomado de Diario de Cuba
Foto: Juvenal Balán, periódico Granma. Más datos y fotos sobre los médicos cubanos en Haití en Cuba Debate y El Nuevo Herald.









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