Cuando la madre vio a sus dos hijos, no les comió a besos ni les abrazó llorando. Se limitó a mirarlos y apenas rozó la mano de uno de ellos. El equipo médico del hospital de campaña instalado en el campo de fútbol de la zona industrial de Puerto Príncipe, conformado por colombianos e israelíes, quedó sorprendido por la frialdad de una mujer que acababa de recuperar a dos pequeños que ya creía fallecidos.
Les habían rescatado los bomberos de los escombros una semana después del terremoto, un milagro en el que pocos creían ya, una suerte que no corrieron sus otros tres hermanos, que perecieron sepultados en su casa.
Hay algo que sorprende en este país azotado por un sinfín de tragedias. Los haitianos son chillones, explosivos, discuten por cualquier nimiedad a gritos, parece que fueran a matarse entre ellos, pero frente a la muerte y al dolor físico son fríos, parecen suecos. Será porque tienen un umbral de dolor elevadísimo y no expresan en esos casos el menor sentimiento.
En los hospitales, amputados, heridos, enfermos, apenas emiten quejidos, no derraman lágrimas, ni siquiera los niños, soportan el sufrimiento con un estoicismo envidiable. Si te acercas a sus camas, te miran con esos ojazos negros penetrantes, sonríen cuando les dices algo amable, pero no dan la impresión de que les preocupara su desgraciado destino.
Ante los edificios derrumbados, cuando aún existían posibilidades de encontrar vivos, una esperaría que los familiares permanecieran anclados en sus alrededores hasta que las esperanzas se hubieran extinguido. O que las madres de los cientos de niños fallecidos en sus colegios se hubieran instalado junto a las ruinas velando sus almas o aguardando un milagro.
No he visto a nadie hacerlo, con escasísimas excepciones. Es como si aceptaran que algo fatídico les espera siempre a la vuelta de la esquina y no mereciera la pena sufrir demasiado por ello.
“En el tsunami todo el mundo acudía a reclamar a sus muertos, aquí nadie lo hace”, comentaba a El Mundo, el alcalde de Sri Lanka, Ramith Prasanna. Estima que no quieren gastar en funerales un dinero que siempre les falta.
La incansable hermana María Romero, natural de Teruel, de la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, que no para un instante en el hospital de La Paz, donde están concentrados los médicos y enfermeros españoles, piensa que “han sufrido tanto, que el sufrimiento es parte de su vida” y quizá por eso se revisten de una coraza que les insensibiliza.
A ella, lo que le impresiona, es la valentía de los haitianos, reflejada en una anécdota que le relató un policía que llegó herido. “En el terremoto le quedó un brazo atrapado por un muro. Cuando se dio cuenta de que no podría salir sin amputarlo, sacó su cuchillo y comenzó a cortarlo. Pero comprendió que no lo lograría y alguien le consiguió una sierra. Él solo, sin ayuda, terminó segándolo. Me dijo que no tenía brazo, pero había conservado la vida”.
Tampoco he visto ningún cortejo fúnebre, pero sí se oyen cantos alegres, que no tristes, por las noches, en algunos de los improvisados campamentos de desplazados
Quizá tenga razón una simpática norteamericana voluntaria en el Hospital de la Cruz de Leogane, Suzi Parker. “La gente es muy fuerte y está acostumbrada a vivir en situaciones difíciles. Tienen un sentido trágico, pesimista de la vida. Piensan que después de un problema, siempre llega otro y por eso no sufren tanto como nosotros”.
Salud Hernández-Mora
Enviada especial de El Mundo a Haití









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