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El Vaticano: una apuesta de futuro de los Castro

Los flirteos de los Castro con el Vaticano no son nuevos. Después de todo, para los hermanos nacidos en Birán, Holguín, a 700 kilómetros de La Habana, en la casona de madera y pilotes altos donde vivían, Dios y la Biblia era algo usual en sus años infantiles.

Sus progenitores, Ángel Castro, descendiente de gallegos, y su madre Lina Ruz, veneraban a Jesucristo. La educación de los dos hombres que han regido los destinos de Cuba en los últimos 53 años tuvo una marcada influencia católica.

Por tanto, no debe sorprendernos el guiño de los Castro hacia el Vaticano. Ha sido una pirueta formidable. Puro malabarismo político. Una estrategia de futuro.

Luego de un período borrascoso y hostil contra los curas, católicos y de otras religiones, donde no pocos fueron a la cárcel o estuvieron recluidos en campos de trabajos forzados, Fidel Castro cambió su política de confrontación. Fue a raíz de la llegada al poder mediante el voto popular y democrático de Salvador Allende en 1971 en Chile, que Castro se replanteó su estrategia de fuego cruzado hacia el Vaticano.

América Latina era, y es, la región donde existe mayor cantidad de católicos en todo el planeta. El comandante barbudo comprendió de golpe que cualquier revolución, ya sea por la vía electoral o levantamiento armado, debía empezar por reconocer el papel que desempeñaban los sacerdotes, obispos y cardenales en una nueva propuesta de cambio social y en defensa de los excluidos de siempre en el hemisferio.

Desde el cura guerrillero Camilo Torres, en Colombia, al obispo brasileño Hélder Cámara, pasando por los teólogos de la doctrina de la liberación como Leonardo Boff y Frei Betto, Castro se percató que para impulsar su sueño de revolución continental se debía jugar con la baza del ferviente catolicismo en los países latinoamericanos.

Y comenzó a diseñar un novedoso enroque ideológico. El IV Congreso del Partido Comunista, en 1991, aceptó como militantes a creyentes de cualquier denominación.

Una contradicción filosófica mayúscula para los ateos y marxistas puros. Pero Fidel Castro decidió mirar lejos. Sabía que con la llegada de la democracia al continente, la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, había que cambiar las reglas de juego.

Comprendió que para subvertir eran más importantes las ideas que las balas. Y si esas ideas eran proclamadas desde un púlpito por un monseñor como el salvadoreño Arnulfo Romero, mucho mejor. La vía armada en América Latina no tenía futuro. El ELN y las FARC de Colombia se convirtieron en un atajo de terroristas y traficantes de drogas.

Era más conveniente refundar un antimperialismo de nuevo cuño, aprovechando las oportunidades brindadas por la democracia, aunque ésta sea imperfecta y esté repleta de corruptos que ven el poder como un trono, practican el nepotismo y despluman el erario público.

Precisamente el mal proceder de partidos tradicionales en el hemisferio permitió que por la puerta de atrás entraran ‘iluminados’ como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Con discursos exóticos, polarizados, disparatados… Llevando bajo el brazo la propuesta de un socialismo del siglo 21 que nadie sabe a ciencia cierta el rumbo que puede tomar.

Estos nuevos ‘padrecitos de la patria’ con desparpajo combinan teorías de Marx, Lenin, Bolívar, la Biblia y sus variantes indígenas como la Pachamama. Y, por supuesto, sin dejar de hacer reverencias a su manager político cubano.

Después que Castro estuvo en el umbral de la muerte en 2006, su hermano, el General  Raúl Castro, tomó las riendas del poder y allanó aún más el camino hacia Roma.

Cuando el 23 de febrero de 2010 murió el preso político Orlando Zapata, producto de una prolongada huelga de hambre y el mundo civilizado lanzó una fuerte campaña contra del régimen de La Habana, debido a la represión desmesurada contra opositores y las Damas de Blanco, Castro II supo de inmediato a quién debía telefonear.

Y llamó al Cardenal Jaime Ortega Alamino. Nacido en Matanzas en 1936, Ortega había sufrido en carne propia los malos tratos del gobierno verde olivo en los años 60, cuando estuvo confinado en un campo de trabajo forzado.

El Cardenal se convertiría en pieza clave del ajedrez político de los hermanos Castro. Fue el interlocutor por excelencia entre el gobierno, las combativas Damas de Blanco y el canciller español Miguel Ángel Moratinos. Las conversaciones posibilitaron la excarcelación de los disidentes que permanecían tras las rejas desde la oleada represiva de marzo de 2003.

La jugada le reportó al régimen un poco de oxígeno político. A Raúl Castro no le quedaban fichas por mover. La otra alternativa hubiera sido sentarse a dialogar cara a cara con la oposición. Pero en cinco décadas, si alguien ha sido despreciado y ninguneado por el gobierno autocrático de los Castro, ha sido la disidencia interna.

Por varias razones, Jaime Ortega era el tipo ideal. Entre otras, por su condición de católico, deseoso de una iglesia nacional con un rol protagónico dentro de la sociedad cubana.

A no pocos disidentes en la isla, el Cardenal se les antoja un tipo dócil, dicen que es un pelele manejado por los mandarines criollos a su antojo. Algún día se sabrá si Ortega actúa movido por el deseo de que la situación en Cuba desemboque en una democracia, o presiones de otro tipo lo han impulsado a desempeñar un papel que algunos opositores y exiliados tildan cuando menos de cobarde.

La guinda de la tarta en la estrategia del General es la consolidación de un diálogo con el Vaticano. Método ya usado por su hermano y que permitió la visita de Juan Pablo II a Cuba en enero de 1998.

El próximo 26 de marzo, el Papa Benedicto XVI llegará Santiago de Cuba, donde honrará a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, con motivo del 400 aniversario de su aparición. En la tarde del 27 de marzo viajará a La Habana. A la mañana siguiente, ofrecerá una misa en la Plaza de la Revolución. Cuando tome el avión rumbo a Italia, las relaciones entre el Vaticano y el gobierno de Raúl Castro habrán quedado relanzadas.

El régimen cubano sabe que el trato con una institución milenaria como es la Santa Sede, especialista en manejar la política como una obra de orfebrería, siempre dejará resquicio para la crítica abierta o sutil de analistas y medios. Pero no les queda otra.

La población cubana, sin la devoción del resto de naciones latinoamericanas, desde hace un tiempo comenzó a regresar a las iglesias, sin dejar de practicar cultos sincréticos.

La estrategia de los hermanos Castro es el continuismo político de su legado, pero con un lavado de cara en cuanto al tema religioso. Por primera vez, el Estado permitió una peregrinación de la Virgen de la Caridad por todas las provincias. Después de 16 meses y más de 28 mil kilómetros recorridos con una amplia participación de la ciudadanía, la peregrinación culminó el pasado 30 de diciembre, en una misa al aire libre frente a la Bahía de La Habana.

A día de hoy, las relaciones con la iglesia católica cubana y el Vaticano ocupan un lugar importante para el General y sus camaradas. Es precisamente en los claustros auspiciados por la iglesia católica donde existen bolsones de tolerancia y democracia.

Desde un debate con personeros del régimen como Alfredo Guevara, un comunista moderado al estilo de Esteban Morales y el economista disidente Oscar Espinosa Chepe, hasta la disertación con preguntas libres al politólogo cubanoamericano de origen judío, Arturo López-Levy, profesor en la Universidad de Denver -y según fuentes bien informadas, primo de Luis López Callejas, yerno y mano derecha del General Raúl Castro.

Lo que intriga a observadores locales es si el contubernio con la iglesia católica cubana y el Vaticano podría desembocar en un estado democrático y de derecho. O solo es una táctica para ganar tiempo y concederle un espacio social más amplio al catolicismo en materia de educación y salud, sectores en horas bajas debido a la extensa crisis económica que vive la nación.

Hacer pronósticos del futuro de Cuba es como lanzarse a una piscina sin agua. Solamente ese conspirador eterno que es Raúl Castro sabe lo que se trae entre manos. Aunque a esta altura del juego, quizás el Cardenal Ortega tenga algunas pistas. Preguntémosle.

Iván García

Leer también: Ordeñando a Benedicto.

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Periodista oficial primero (1974-94) e independiente a partir de 1995. Desde noviembre de 2003 vive en Lucerna, Suiza. Todos los días, a primera hora, lee la prensa online. No se pierde los telediarios ni las grandes coberturas informativas por TVE, CNN International y BBC World. Se mantiene al tanto de la actualidad suiza a través de Swissinfo, el canal SF-1 y la Radio Svizzera, que trasmite en italiano las 24 horas. Le gusta escuchar música cubana, brasileña y americana. Lo último leído han sido los dos libros de Barack Obama. Email: [email protected]

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